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Los jóvenes y la nueva cultura

Javier Zamora Bonilla
martes 12 de abril de 2011, 13:11h
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman ha definido los tiempos presentes como una “modernidad líquida” en la que las categorías tradicionales se diluyen. Lo cierto es que no es una situación completamente nueva. La tradición metafísica occidental ha buscado desde sus orígenes un ser sustancial, permanente, inmutable, que nos dé certeza de la realidad o, mejor dicho, que nos garantice la certeza de nuestras impresiones y, desde la misma, poder construir unos valores sociales, pero ya Heráclito nos enseñó que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, porque el ser del río no es nada sustancial, permanente e inmutable sino que es su fluir, sus “corrientes aguas”, que decía Garcilaso.

A los hombres les cuesta moverse en situaciones de indefinición, por lo menos en los aspectos fundamentales de su vida, y por eso seguimos preguntándonos por el ser de las cosas, por la realidad, como Dámaso Alonso le preguntaba al Charles River “qué instante era tu instante” dentro de ese inmenso fluir por sus orillas bostonianas hacia el Atlántico. O como Quevedo, que se asombra de que de la gloriosa Roma sólo quedara el Tíber: “¡Oh, Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura, / huyó lo que era firme, y solamente / lo fugitivo permanece y dura”.

Bien señaló José Ortega y Gasset que cuando se produce una crisis histórica las creencias o vigencias sociales se ponen en cuestión y son sustituidas por nuevas ideas que acabarán convirtiéndose en creencias o vigencias sociales en la medida en que la mayoría social las asume, o esté en ellas, por utilizar la terminología orteguiana. Este cambio puede ser más o menos progresivo o, por el contrario, rápido. Si es así, sería el tiempo de las revoluciones.

La transformación de las categorías sociales se ha acelerado en Occidente desde finales de los años sesenta. El proceso evolutivo que ha llevado a esta transformación, no obstante, venía de atrás y ofrece variantes significativas y ritmos distintos en cada país. Esta transformación sigue en marcha y se ha acentuado con factores como la interconexión en tiempo real que permiten las nuevas tecnologías, las cuales hacen posible que buena parte de nuestras relaciones sean virtuales; o la acentuación de la cultura de la imagen frente a formas tradicionales de cultura como el libro; o el distanciamiento de la inmensa mayoría de la población de las estrictas morales religiosas, el cual ha llevado a que hoy se vean con total naturalidad las relaciones sexuales prematrimoniales o el divorcio o las parejas homosexuales, por ejemplo.

Para los jóvenes, cuestiones como las citadas anteriormente forman parte de la normalidad de su vida. Si comparamos la sociedad actual con la de hace unas décadas, vemos que los avances en ámbitos que permiten una mayor libertad individual son realmente notables. Hoy los jóvenes son mucho más libres y liberales de lo que lo fueron sus padres. Una situación como ésta, mirada objetivamente, debería llevar a los jóvenes a ejercer la libertad de que gozan y a sentirse satisfechos con su tiempo, pero no es así. Cualquiera que conviva con ellos se da cuenta de que en la mayoría hay una profunda insatisfacción, de que en el fondo viven con naturalidad la libertad de que disponen pero que no saben bien en qué usarla. Se quejan de que no les dejan hacer, pero no está claro qué quieren hacer, ni creo que ellos mismos lo tengan claro, ni que sepan singularizar quiénes son los que no les dejan hacer.

Por ejemplo, los jóvenes critican los sistemas democráticos porque no les parecen verdaderamente tales, pero no es fácil que, ni siquiera en una Facultad de Ciencias Políticas y Sociología como la mía, sepan expresar de qué forma cambiarían el sistema, cómo lo democratizarían. Pueden hablar de la necesidad de hacer el sistema político más participativo, pero no está claro que individualmente quieran implicarse en nuevas formas de participación que conlleven un esfuerzo personal, una mayor capacidad de análisis y de actuación responsable.

Su insatisfacción se debe a que han vivido en un mundo de certezas (educación garantizada y bastante bienestar asegurado en la mayoría de los casos, incluso numerosos lujos que les parecen normales) y ven, en cambio, un futuro incierto y “el sistema”, por decirlo con su propia terminología, no les da respuesta. De pronto, salen de la seguridad y entran en la “modernidad líquida” que supone empleos inestables y mal pagados para su, en muchos casos, amplia formación –frente a unos años atrás en los que chicos mal formados abandonaban en España los estudios para encontrar buenos sueldos en el sector de la construcción–.

Los que consiguen entrar en el mundo laboral, incluso cuando tienen algún trabajo estable, ven que sus sueldos son mucho menores que compañeros peor formados, cuyo único mérito es que llevan allí más tiempo, lo que no siempre se traduce en que hagan mejor el trabajo, en muchos casos simplemente porque tienen dificultades para manejar bien los programas informáticos. Y esos mileuristas que contrastan diariamente sus sueldos con dosmileuristas peor formados que ellos, pero que llegaron antes, son privilegiados, porque otros muchos jóvenes sólo consiguen trabajos inestables, cuando los hay, que hacen muy difícil un planteamiento de vida con cierta perspectiva a largo plazo, pues en el fondo el hombre sigue buscando algunas certezas. La amplia tasa de paro que afecta a los jóvenes en España acentúa aún más esta situación, pero no es un fenómeno exclusivamente español. La insatisfacción de los jóvenes afecta a todo el Occidente y, en cierta medida, a todo el mundo, aunque en otros lugares con agravantes distintos, como en los países árabes.

Si esta situación que viven los jóvenes se agrava y ven a las viejas generaciones como privilegiados, el conflicto estallará. Ya hay síntomas, por eso cualquier política tiene que saber dar respuesta a los jóvenes en la parte de razón que tienen, que no es poca.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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