www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La Guerra de las Malvinas

miércoles 22 de junio de 2011, 11:08h
En la primavera de 1982, un grupo de trabajadores argentinos desembarcó en las islas Georgias del Sur. No formaban parte de contingente militar alguno, sino de la empresa Chirstian Salvesen, contratada al efecto para desmantelar una antigua factoría ballenera en Puerto Leith. Hasta aquí, nada de particular. Tampoco parece especialmente relevante que se les ocurriera izar una bandera argentina aunque, a juicio de las autoridades británicas, aquello era una provocación en toda regla. Inglaterra ordenó desalojarlos de inmediato, y Argentina respondió con el envío de un destructor a la zona. Así, un incidente tan nimio supuso el desencadenante de la Guerra de las Malvinas, hace ahora justo 29 años.

El asunto venía de antiguo. Más concretamente, desde 1764, fecha en la que el navegante francés Louis Antoine de Bougainville establece una colonia en las Malvinas por orden del rey Luis XV. Casi todos los colonos procedían de la localidad francesa de Saint-Malo; de ahí que bautizasen a las islas como Malouines, de donde deriva el nombre actual. Poco después, Francia se las vendió a España y a partir de 1810, pasaron a manos argentinas a raíz de su independencia. Sin embargo los ingleses, tan aficionados ellos a quedarse con lo que no es suyo -por ejemplo, Gibraltar-, las ocuparon militarmente en 1833 porque así les vino en gana, y hasta hoy. Durante todo este tiempo, Argentina ha venido reclamando inútilmente lo que sin duda alguna le corresponde, pero fue en 1982 cuando se decidió a actuar. En mala hora.

Para muchos, la guerra de las Malvinas fue una cortina de humo tras la que esconder el descontento popular y la tremenda crisis económica que vivía entonces la Argentina de Galtieri. Exaltar el orgullo nacional a costa de invadir un territorio considerado como propio era una distracción excelente y, de paso, una oportunidad de ganar puntos ante la calle, a juicio de la Junta Militar. Sin embargo, lo que podía haber sido un éxito -quien da primero, da dos veces, y los argentinos tomaron la iniciativa con su invasión- se tornó en una debacle sin precedentes.

Por de pronto, Buenos Aires subestimó la capacidad de reacción británica para resolver un conflicto a más de 8.000 kilómetros -opinión en la que coincidía Jonh Nott, entonces ministro de defensa inglés-, de ahí que mandase únicamente infantería, aunque sin artillería pesada ni helicópteros. Tampoco se preocuparon de acondicionar una pista de aterrizaje en Port Stanley para sus efectivos. Y a nivel político, el hecho de que Estados Unidos mantuviera buenas relaciones con Argentina y de que estuviera detrás el supuesto paraguas de la OEA invitó al optimismo. Craso error. Los norteamericanos acabaron apoyando a los británicos, como era de esperar; apoyo al que se sumó de forma importantísima Chile. Gracias a ello y a la tenacidad de Margareth Thatcher, la situación revirtió a las pocas semanas. La Dama de Hierro estaba dispuesta a recuperar las Malvinas costase lo que costase. Para ello, envió a la zona a 10.000 de sus mejores efectivos, perfectamente equipados y adiestrados. De nada sirvió el arrojo de la aviación argentina, cuyas misiones contra objetivos británicos fueron tan audaces como, a la postre, inútiles. Los argentinos, peor pertrechados y nefastamente dirigidos, capitularon el 14 de junio de 1982.

Aquella tragedia supuso un duro golpe para todo el país, además de la muerte de casi 700 soldados. Un precio demasiado alto para algo que nunca debió pasar. Y que ahora Cristina Fernández de Kirchner ande revolviendo con el tema…hay quien no aprende jamás.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.