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Profilácticos

José María Herrera
sábado 25 de junio de 2011, 17:16h
Los periódicos informaron el pasado catorce de marzo de que los habitantes de Konin, Polonia, habían erigido un monumento a Juliuz Fromm, inventor del preservativo. La noticia se divulgó rápidamente causando el estupor de algunos lectores: ¿acaso ignoran los polacos que el uso de estos artilugios se remonta a tiempos muy antiguos?, ¿y los periodistas, tampoco han leído nunca nada sobre el asunto? Luego supimos que la cosa no fue como decían. Ni en Konin se había levantado ningún monumento, sólo se había cubierto uno ya existente con un condón gigante, ni sus habitantes desconocen la verdadera aportación de su paisano al mundo de los profilácticos, el latex. En cuanto a los informadores, la otra pata de esta historia, admitamos que la cosa carece de importancia: ¿quién recuerda sus palabras de un día para otro?
Dos meses después los mismos periódicos informaban del hallazgo en el Archivo de la Nobleza, sito en Toledo, de dos preservativos pertenecientes al duque de Béjar. Fabricados a principios del siglo XIX y, por lo tanto, bastante más viejos que el señor Fromm, aparecieron dentro de un sobre guardado en un libro de cuentas remitido por el administrador del señorío de Béjar a su titular. Aunque no se sabe qué diablos hacían allí –los expertos han descartado la posibilidad de que fueran usados como señaladores-, el misterio ha causado un cierto revuelo, pues, al parecer, el titular del ducado era por aquel entonces una mujer. El asunto ha abierto innumerables expectativas, teóricas y prácticas, y ya hay incluso quien, emulando a los ediles de Konin, partidarios de crear en su ciudad el museo del preservativo, ha propuesto erigir en Béjar el correspondiente centro de interpretación.

Desde que la historia se convirtió en arma política, la costumbre de describir el pasado a partir de los vestigios existentes ha dado paso a una historia hecha con noticias infundadas y prejuicios. Se explica así que las mismas personas que ayer pensaban que el preservativo era un invento muy reciente hablen ahora de persecuciones inquisitoriales y de usos clandestinos motivados por disposiciones eclesiásticas de las que no teníamos noticia. Por este camino se llega siempre al mismo lugar, esa forma de olvido que hoy se conoce como memoria histórica. ¿No les parece que, en vez de insistir en los lugares comunes habituales, sería preferible tratar de reconstruir las condiciones en que se fabricaron aquellos utensilios? La parte material del proceso no encierra desde luego ningún misterio, pues está claro que quien sabe utilizar tripas de cerdo para embutir salchichones es capaz de embutir con ellas cualquier cosa, pero: ¿qué me dicen del problema de las medidas, asunto sobre el que se ha pasado de puntillas a pesar del desconcertante grosor de los condones del duque de Béjar, glande de España? Dado que estos tuvieron que confeccionarse, como todo en aquella época, de forma artesanal, surge el espinoso problema de las medidas: ¿tuvo que someterse el noble español a un examen de sus atributos o se limitó simplemente a dar unas vagas indicaciones? Claro que también cabe la posibilidad de que estemos completamente equivocados, y que los condones no fueran algo tan exótico ni tan clandestino como presuponen los partidarios de culpar de todo a la Santa Inquisición, sino, al contrario, un objeto corriente. Pruebas de ello no faltan.

Por ejemplo, una litografía de Nicolas Tassaert titulada “La amante cautelosa” –precursora decimonónica de la campaña “póntelo, pónselo”- o las frecuentes alusiones a estos cachivaches en las memorias de Casanova.

Nuestros tatarabuelos estaban convencidos de que el inventor del preservativo había sido Gabriele Fallopio, el mismo de las trompas, quien recomendó a mediados del siglo XVI su uso profiláctico en el libro que consagró al morbo gálico. Pero también se equivocaban. Unas excavaciones realizadas hace treinta años en el castillo de Dudley, Inglaterra, dieron al traste con aquella hipótesis, pues allí se hallaron varios ejemplares aún más viejos, al parecer hechos con intestino de cordero estirado. En realidad, y al igual que sucede con el eslabón perdido, los avances arqueológicos obligan a remontar una y otra vez el curso de la historia en busca de un origen que jamás desvelaremos.

Aunque el hombre de hoy se figure ser el padre de todas las cosas, muchas, especialmente las relacionadas con el sexo, son tan antiguas como la propia humanidad. Resulta bastante improbable que lleguemos a encontrar nunca un preservativo de la edad de hierro, pero no descarten ustedes que cualquier día de estos, revolviendo tumbas y sarcófagos, pongamos el de Riciberga y su esposo el rey Chindasvinto –en cuyo epitafio se dice que fue “impío, injusto e inmoral”- aparezca una condonera visigoda o algo por el estilo. Cosas más raras se han descubierto.
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