Hasta el próximo martes 28 de junio, el Teatro Real acoge la pieza más clásica del mundo del ballet, El Lago de los Cisnes, que ha traído a la capital a una de las compañías que lleva décadas representándolo dentro y fuera de su país. Se trata del Ballet del Teatro de Novosibirsk, compañía integrada por más de cien bailarines y una de las más reconocidas de Rusia, junto a la del Bolshoi de Moscú y el Mariinski de San Petersburgo.
La inalterable belleza de lo clásico ha vuelto a conquistar al público del Real, que desde el estreno del espectáculo el pasado jueves ha premiado no sólo el magnífico trabajo de los miembros de la compañía dirigida por Igor Zelensky, sino también la indiscutible calidad del director de orquesta Evgeny Volynsky. El director ruso se pone al frente de la Orquesta Titular del teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, para elevar desde el foso toda la riqueza de los timbres, las tonalidades y, en definitiva, de la armonía de la música de Chaikovski. Desde los momentos más característicos de poderío orquestal de la obra hasta los delicados remansos líricos, donde “aparecen” los diferentes solistas de la orquesta, como en el bellísimo Pas d’action de Odette y el Príncipe, en el segundo acto, junto al arpa y al chelo.
Y en tiempos de escenografías arriesgadas que integran las nuevas tecnologías para contemporizar obras clásicas, sin duda, llama la atención la puesta en escena de la compañía rusa, que apuesta, aún más si cabe, por el clasicismo sin paliativos. Paisajes inmóviles de fondo, juegos de luces con finos telones translúcidos cuidadosamente pintados se combinan con estancias de palacio y elegante vestuario por los que no han pasado los años, para albergar, sólo eso, a la danza más pura que junto con la música cuenta la trágica y romántica historia alumbrada por el genio ruso, quien nunca llegó a conocer el gran éxito de su obra. Su estreno en el Teatro Bolshoi de 1877 fue uno de esos fracasos estrepitosos y dejó al compositor, de carácter inseguro, sumido en una gran decepción, a pesar de que su figura ya gozaba de una gran importancia en su país. De hecho, las crónicas de la época hablaron de “una puesta en escena cicatera, una coreografía pobre y una dirección musical incompetente”.

Claro, que aquella coreografía no fue la que ha pasado por todos los teatros de danza del mundo desde entonces. A la muerte de Chaikovski en 1893, el director de los teatros Imperiales encargó, a modo de homenaje al compositor desaparecido, una remodelación del libreto, de la que se encargaría el hermano menor del autor, y una nueva coreografía, que realizó Marius Petipa junto a su asistente, Ivanov, y que es la que se hizo mundialmente famosa, convirtiéndose en el ballet más representado de la historia. Y una compañía tan representativa de la cultura rusa como la que estos días se sube al escenario del teatro de la Plaza de Oriente lleva a gala precisamente representar sin alterar en absoluto aquella original coreografía de Petipa, que, por otra parte, no osó en desvirtuar la tragedia de la historia de amor alumbrada por el compositor ni siquiera “endulzando” el final, como en ocasiones se hace, para que en vez de en la muerte, el amor del Príncipe y de Odette continúe en la vida. También desde entonces, la tradición ha querido que la protagonista encarne los dos papeles femeninos, Odette y Odile, o lo que es lo mismo, el Bien y el Mal.
Tres bailarinas, Olesia Novikova, Elna Vostrotina y Natalia Ershova, se alternan estos días para tan exigente papel, junto a sus compañeros solitas, Leonid Sarafanov, Roman Polkovnikov, Ivan Kuznetsov y Semyon Velichko, que se turnan para interpretar al Príncipe Sigfrido. Completan el reparto Mikhail Lifentsev, en el papel de Von Rothbart, Yulia Kutnyakova como la reina, así como el aplaudido Konstantin Alexentsev, que borda con energía su personaje del bufón, y por último, los integrantes del Pas de trois.