CON OTROS OJOS
Marañón y las siete virtudes cívicas
martes 16 de agosto de 2011, 08:10h
La reciente publicación del libro de Antonio López Vega sobre Gregorio Marañón nos brinda una excelente ocasión para reflexionar acerca del significado de su figura en y desde la España de hoy. Quede claro, pues, que no es mi intención adentrarme en el libro ni, mucho menos, realizar una evaluación crítica de su contenido (dado que, además, en su momento apareció en este periódico una excelente reseña del mismo). Diré para no hurtar mi opinión que el grueso volumen de López Vega es una biografía rigurosa y documentada, en la que cualquier lector —desde el erudito al simple interesado- hallará las claves fundamentales para entender la trayectoria del insigne médico en el contexto de la sociedad de su tiempo. Pero, como antes apuntaba, mi intención aquí y ahora no es glosar la susodicha obra sino, si se me permite la osadía, utilizar su aparición casi como excusa para traer la figura de Marañón al presente. O, en otras palabras, situar las innegables virtudes cívicas del gran humanista en las coordenadas actuales para trazar un diagnóstico —en negativo- de las carencias imperantes. Por eso, de manera esquemática, me gustaría referirme a las “siete virtudes cívicas” que distinguieron a nuestro prohombre y que, en mi opinión, seguirían haciendo falta —más falta que nunca- en nuestro momento histórico.
En primer lugar, sin duda alguna, el liberalismo. El biógrafo así lo entiende también cuando ha elegido como subtítulo para su estudio “Radiografía de un liberal”. Marañón es, en efecto, prototipo de liberal auténtico, profundo, de verdad, y lo es no sólo en sus opiniones políticas, sino en sus actitudes, sus modos, su talante. Y lo es además en unas circunstancias históricas en la que era especialmente difícil serlo, en unos momentos en los que el liberalismo, el parlamentarismo y la democracia misma parecían antiguallas que se llevaría el viento de los más expeditivos —y ¿por qué no decirlo?, más atractivos para muchos- movimientos totalitarios de uno y otro signo. Ahora que la adscripción liberal se ha convertido en una percha en la que se cuelgan los más variopintos ropajes, al albur de los vientos dominantes, no podemos por menos que echar en falta aquel otro liberalismo que surgía de convicciones profundas, tan sincero que hoy nos parece hasta un poco ingenuo.
Por ello mismo aquella actitud liberal llevaba aparejada como condición sine qua non la tolerancia, segunda virtud a la que quiero referirme. Ya sé que hay quien cuestiona la raíz misma de la tolerancia, en la medida en que -se argumenta- el mismo concepto de tolerar conlleva hasta cierto punto un distanciamiento no lejano al desdén. Pero yo quiero entender aquí la tolerancia como aparece en Marañón, es decir, en su sentido prístino: como aceptación —de buen grado- de la diversidad de opiniones, como acogimiento del contrario, como antídoto de la cerrazón o el dogmatismo. Por eso mismo, como antes decía, el auténtico liberal es tolerante, porque nunca se cree en posesión de la verdad y, sobre todo, obra en consecuencia. He aquí la clave: miremos a nuestro alrededor y constatemos qué poco resiste el barniz de supuesta tolerancia de muchos —a uno y otro lado del espectro político- cuando se trata de respetar y admitir creencias o comportamientos ajenos.
El compromiso constituye la tercera gran virtud marañoniana. A diferencia del compromiso político usual, de matriz marxista, Marañón entiende el compromiso del intelectual sin alharacas ni miradas al catecismo, sin adoctrinamiento ni sectarismos. No es por ello el compromiso del militante —que al final acaba siendo un burócrata o funcionario del partido- sino, podríamos decir, un compromiso con la sociedad —a la que se pretende servir- y hasta un compromiso con su tiempo —a cuya altura se pretende estar-. Es, en fin, el compromiso de un profesional que no quiere dejar de serlo, pues el mejor servicio que puede hacer a su país es precisamente desempeñar lo mejor posible aquello para lo que se ha formado durante largo tiempo.
Ese planteamiento conduce por mera coherencia a la cuarta virtud, que no es otra que la persistente voluntad de realizarse en el trabajo. En muchos comentarios señaló el doctor con modestia que su mérito radicaba tan sólo en el tiempo y el esfuerzo que dedicaba a sus tareas. Es obvio que en su caso no era sólo eso, pero con tal afirmación Marañón ponía el dedo en la llaga en una de las más escandalosas lacras hispanas, ayer y hoy: la improvisación, la falta de continuidad, la chapuza, en una palabra. En nuestro hombre encontramos, elevada a su máxima expresión, esa cualidad que en distintas ocasiones he señalado por mi parte como imprescindible para el progreso social: la búsqueda de la satisfacción del trabajo bien hecho.
Y una vez más, una cualidad tira de la siguiente, como efecto o consecuencia casi natural. Frente a una elite hispana tradicionalmente atrincherada en la especulación o la jurisprudencia, Marañón, mucho más pragmático, opta por la medicina. En una nación refractaria durante siglos a la ciencia —sobre todo a hacer ciencia: de ahí el unamuniano “¡que inventen ellos!”-, don Gregorio demuestra que en España cabe realizar una labor científica que no sólo aspira a parangonarse con los más avanzados países europeos sino que incluso puede estar en la vanguardia de la investigación mundial de su especialidad. En este sentido, Marañón es también el eximio representante de una generación que hizo de la famosa europeización española no sólo un objetivo teórico sino una realidad que revirtió en una mejora sustantiva del país en todos los órdenes.
Precisamente por ello, nuestro protagonista podía sentirse razonablemente satisfecho de lo que él y su generación estaban realizando. De ahí viene la sexta virtud, que también en este caso contrasta con el ambiente secular hispano: frente a la tradición quejumbrosa o negativa —pesimista, por decirlo en términos rotundos- del intelectual ibérico, Marañón se nos presenta como hombre moderado, constructivo, emprendedor. No desconoce los grandes males de la nación pero en vez de elegir la impronta apocalíptica de un Costa —tan en boga en aquellos tiempos cercanos al 98- toma resueltamente la vía contraria, auspiciando medidas concretas y efectivas, con la convicción de que un largo camino se hace siempre a la postre paso a paso. Al maximalismo del todo o nada, Marañón opone reformismo y gradualismo.
En fin, la séptima y última virtud es en cierto modo un compendio de todo lo señalado, pero merece que se la destaque por sus connotaciones, que hoy es usual poner bajo sospecha. Me refiero al patriotismo de Marañón, que no es el patriotismo gritón a la vieja usanza ni, mucho menos, el patriotismo salvador de tantos fantoches, como los ridiculizados por Valle-Inclán. Es el patriotismo callado, cotidiano, laborioso, propugnado por otras figuras eminentes como Ramón y Cajal o José María Salaverría. Decía este último que, en contraste con el exabrupto, el desánimo o la insolidaridad —parece que determinados males son difíciles de desarraigar de esta tierra- hace falta un patriotismo trabajador: “no es imprescindible mejorar la filosofía de Kant”, argumentaba con ironía, sino que basta que cada cual se aplique a contribuir al edificio común con el estudio, el trabajo o lo que mejor sepa hacer.
Se me dirá que pretendo presentar un Marañón inmaculado, modelo de virtudes. Nada más lejos de mi intención. Hay en su vida, en sus opiniones y sus actitudes aspectos discutibles o criticables -como en la vida de cualquier hombre- desde su convivencia con el franquismo a sus teorías sobre la sexualidad o el feminismo, hoy francamente superadas. Pero no dejan de ser los rasgos —positivos y negativos- de un hombre de su tiempo. El predominio de los primeros es, en cualquier caso, abrumador. A la luz de su ejemplo, la cuestión básica sería más bien -como diría Ortega- si estamos nosotros a la altura de nuestro tiempo.