COLUMNA SALOMÓNICA
Crónicas venecianas. El sucesor del Papa
lunes 22 de agosto de 2011, 08:30h
José María Herrera habla de la designación del cardenal Scola como arzobispo de Milán y la buena relación de éste con el Papa.
La noticia de la designación del cardenal Scola como arzobispo de Milán aún coletea en Venecia. Esto no es extraño porque ahora se reza menos que se ve la tele y a los católicos les gustaría conocer las misteriosas razones del traslado de su patriarca. Salvo el de Papa, no hay en la Iglesia título más ilustre. El patriarcado de Venecia es la pole position en la carrera por la Santa Sede. De los ocho pontífices elegidos en el siglo XX, tres llegaron a Roma directamente desde Venecia. El paso de Angelo Scola a la sede ambrosiana podría considerarse, por eso, una degradación.
Sin embargo, Scola y Ratzinger se llevan muy bien. Los detractores de Benedicto XVI creen incluso que es su hombre de confianza y que ha recurrido a él para tratar de aplastar el último reducto italiano del catolicismo obrero y democrático. Esta hipótesis no desentonaría completamente con la de aquellos otros que ven en un nombramiento tan atípico una llamada de atención sobre el personaje. El Papa estaría de alguna manera indicando quién le gustaría que fuese su sucesor. No olvidemos que, además de una espléndida formación intelectual de raíces germanas, Scola comparte con el Pontífice la idea de que la Iglesia debe capitanear una especie de frente religioso contra el ateísmo contemporáneo.
A ese fin creó en 2004 la Fundación Oasis, dedicada a la promoción del conocimiento recíproco entre Occidente y el Islam. Además de organizar múltiples encuentros, la Fundación edita una revista en cuatro versiones: italiana, francesa y árabe, inglesa y árabe, e inglesa y urdu, la lengua mayoritaria de Pakistán e India. Scola cree que el multiculturalismo forma parte esencial de la sociedad globalizada y que, en vez de negarlo o rechazarlo, debemos aprender a vivir con él, aceptando que todos los pueblos constituyen una única gran familia humana. Un libro del profesor Gomarasca, “Mestizaje: ¿convivencia o confusión?”, publicado hace dos años por la editorial del patriarcado, recoge las posiciones generales del cardenal, para algunos, y a pesar de su traslado a Milán, el candidato más firme a suceder a Benedicto XVI.
Gomarasca explica la elección de la voz “mestizaje” para el título de su libro evocando el comportamiento de los españoles que se mezclaron en América con los indígenas. Mientras los estados modernos, volviéndole la espalda a la tradición cristiana, hallaban pretextos para reinstaurar fuera de Europa la esclavitud y el genocidio, la católica España gestionó su imperio tratando de integrar los pueblos que lo formaban bajo el principio de la fraternidad universal. Ese espíritu de convivencia, no exento de contradicciones, es el que algunos católicos, guiados por Scola, pretenden recuperar ahora en el trato con el mundo musulmán. La religión, fuente de infinitos conflictos entre razas, debe servir en el futuro como cauce para la constitución de una comunidad universal sustentada en la creencia compartida en Dios y en la hermandad de los hombres.
Que todo esto haya surgido en Venecia no tiene nada de raro. Durante siglos la ciudad fue el puerto donde se encontraban Oriente y Occidente. Exploradores y diplomáticos tuvieron aquí algo más que un buen fondeadero. Veneciano era Marco Polo y veneciano fue el cardenal Gasparo Contarini, quien a punto estuvo de lograr la reconciliación de protestantes y católicos en los primeros momentos de la Reforma. Otros, como el cardenal Bessarion, quien peleó por la unificación de católicos y ortodoxos, o el conde Bardi, quien trató de abrir la comunicación con el lejano oriente, reconocieron el papel mediador de Venecia regalándole sus fabulosas colecciones, el primero de códices griegos y el segundo de arte oriental.
Tampoco es pequeña la contribución veneciana a la Iglesia. Contando sólo pontífices, nada más y nada menos que cinco nombres: Paulo II, Gregorio XII, Eugenio IV, Alejandro VIII y Clemente XIII. A pesar de ello, su actitud contraria a cualquier idea puritana e intransigente del cristianismo, la llevó a protagonizar numerosos conflictos con el papado, que excomulgó varias veces a toda la ciudad. Un monumento a Paolo Sarpi, el teólogo que a principios del siglo XVII defendió los derechos de la Serenísima frente a las pretensiones de Roma, recuerda aquellas luchas. Ese mismo espíritu quizás fue el que llevó a dos de sus patriarcas a acometer grandes reformas al ocupar la sede de Pedro: Juan XXIII, instigador del Concilio Vaticano II, y Juan Pablo I, cuya misteriosa muerte aún ligan algunos a su pretensión de limpiar el Banco Ambrosiano. Aunque el humo de los escrutinios papales depende del aleteo del Espíritu Santo, parece que ya hay movimientos. El asunto es interesante de suyo, pero lo es aún más si se recuerda que tanto Malaquías como Nostradamus profetizaron que sería el último Pontífice antes del Juicio Final.