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La inteligencia del pulpo

José María Herrera
sábado 24 de septiembre de 2011, 18:20h
Seguro que al leer el título de este artículo lo primero en que se pensará es en el pulpo Paul, aquel simpático animalejo que pronosticó con acierto la victoria en el mundial de futbol de la selección española. Lamentablemente, la página de hoy no va de fenómenos deportivos, sino de ciencia. Acabo de leer el número de Septiembre de The Scientist, el magacín de la vida científica, y me he quedado pasmado al enterarme de que los pulpos tienen inteligencia, una inteligencia fuera de lo común.

Imagino que es una forma de hablar. Para afirmar que el pulpo posee inteligencia hay que reducir antes el campo semántico del vocablo a extremos delirantes. Aunque los biólogos evolucionistas no suelen tener dificultades con esto –alguno ha llegado a escribir que la ameba es un ser racional-, la gente común quizá se escandalice de la libertad con que usan “nuestras” palabras. Esto es lo que ha hecho Peter Godfrey-Smith, filósofo, buzo y fotógrafo submarino, al conectar la noción de cognición, tan cara a los evolucionistas, con la filosofía de la mente, tan cara de suyo. Fruto de ello ha sido el descubrimiento de que el pulpo es una criatura listísima, capaz no sólo de realizar operaciones tan meritorias como camuflarse, esconderse en rendijas estrechas o disuadir a los depredadores con picaduras venenosas, sino de aprender a abrir un bote viendo cómo se hace en la pantalla de un televisor. Admito, desde luego, que se trata de algo notable, máxime si se considera lo poco que logran aprender los seres humanos mirando ese cacharro, pero hay que reconocer también que llamar a todo esto “inteligencia” es como llamar “vino” al tinto con gaseosa.

Los expertos no piensan así. De hecho, y antes de que emergiera Godfrey-Smith, creían ya que el pulpo es un animal inteligente, capaz de hacer cosas imposibles, por ejemplo, para un caracol. Lo nuevo es la comparación de la inteligencia del pulpo con la del hombre, hazaña que Smith ha realizado en colaboración con un grupo de científicos marinos australianos. Por más que la presencia de estos sea siempre motivo de inquietud –les remito a mi artículo “Las botellas de sir Shackleton, explorador”-, el maridaje de filosofía y biología ha dado resultados muy chocantes, aunque no sepamos de momento quien es el trasatlántico y quién el iceberg. Básicamente se trata de esto. El pulpo es un molusco cefalópodo, un invertebrado. Mientras los vertebrados poseen un cerebro que gobierna toda la actividad neuronal del organismo, los invertebrados, encallados en una fase evolutiva intermedia, disponen de nudos de neuronas independientes. La tesis de Smith es que el pulpo, que es un octópodo, posee tantas mentes como patas, y por tanto una multiinteligencia o inteligencia tentacular, valga la expresión.
Cómo pueda funcionar un organismo en cuyo interior se yuxtaponen diversas mentes es cosa difícil de imaginar, pero todavía más problemático es saber si el pulpo, a diferencia, por ejemplo, del artista de vanguardia, posee una identidad estable, comprometida psíquicamente con lo real, o si se trata de una suma de identidades relacionadas tangencialmente entre sí, a la manera del estado de las autonomías. ¿Estaremos ante el típico misterio que obliga a forzar las costuras del lenguaje?

En el registro lingüístico del aficionado a la ciencia ningún vocablo se repite más que “fascinante”. Desde el electrón a la supernova todo desencadena en él el mismo cosquilleo sexual. No tiene nada de raro por eso que Jean Boal, biólogo de la Universidad de Millersville, Pensilvania, haya declarado al conocer las investigaciones del señor Smith que “es fascinante pensar que haya una cognición cefalópoda”. El mismo estupor que me produce a mí saber que partiendo de Aristóteles la filosofía haya llegado al señor Smith, le produce al señor Boal que una especie cuyos antepasados son la almeja, el caracol y la babosa –seres de los que dice que no son muy brillantes- haya podido deparar esa especie de sociedad anónima mental que es el pulpo.

Hay que reconocer que la cosa es asombrosa, aunque más fascinante que el hecho de que el pulpo posea inteligencia o inteligencias es que haya inteligencias que lo crean. Como no pretendo aprovecharme de la ventaja que es seguir hablando mientras los partidarios de esta hipótesis permanecen sumergidos estudiando cefalópodos, me limitaré a mostrar mi recelo ante estudios cuya posibilidad depende de grandes pérdidas de significado. Los evolucionistas se obstinan en comportarse como si no hubiera escisión entre el mundo natural y el humano. Entiendo que no les queda otro remedio para ser coherentes, pero empeñarse en afirmar que la inteligencia recorre de punta a rabo la creación y que se trata siempre de lo mismo, aunque a diferentes escalas, no deja de ser un capricho impropio de un mundo familiarizado con la atonalidad y el dodecafonismo. Igual que los cristianos insistían en abrir las Sagradas Escrituras para explicar fenómenos que sólo se pueden leer en el libro de la naturaleza, ellos propenden demasiado a menudo a buscar lo que acaso exista únicamente como lenguaje. Aun aceptando que nuestras facultades de conocimiento evolucionaron como lo han hecho porque el mundo es como es, habría que precaverse de no llevar esto tan lejos que redujéramos al absurdo la idea misma de evolución. La inteligencia, en el modo en que opera en nosotros, no tiene nada que ver con lo que hace el pulpo. Si, movidos por una visión de la inteligencia tan ecléctica como para incluir en ella a Kant y a los moluscos australianos, olvidamos este detalle, tarde o temprano nos veremos obligados a decir, como Albert Camus ante un grupo de intelectuales de izquierda que se negaban a reconocer las atrocidades del camarada Stalin, que así como hay una inteligencia inteligente hay una inteligencia tonta, y esto, me temo, sería peor para todos, incluidos especialmente los biólogos evolucionistas.
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