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‘Doggie bag’, mi versión castellana

Hidehito Higashitani
sábado 01 de octubre de 2011, 20:16h
Hace unos años tuve la ocasión de viajar con un familiar mío, periodista y residente casi perpetuo en Nueva York, que se juntó conmigo en Madrid para recorrer unos pueblos de Castilla y León teniéndome a mí de cicerone. Quería conocer aquellas zonas rurales en busca de los encantos especiales de la vida tradicional de la región, tan distinta de la de la ciudad de su residencia habitual. Un día, después de visitar un pueblo con monumentos de incomparable interés histórico, entramos con buen apetito en un Parador Nacional para almorzar.

Después de que nos entonara el estómago una buena porción de típica sopa castellana, pedimos de segundo plato, por la fama que tenía la carne de aquella zona, unos filetes de ternera. Como era de esperar, nos pusieron unos abundantes y exquisitos trozos de carne que presentaban un aspecto envidiable y que, sin exagerar, se salían prácticamente por el borde del plato debido a su extraordinario tamaño.
Ya saben, queridos lectores, lo inmensos que suelen ser los trozos de carne de ternera que nos ponen en los restaurantes de esta región. O por lo menos así parece a los ojos de un viajero como yo, llegado de Extremo Oriente, que está acostumbrado a la cocina de refinada presentación visual de variadas especies de platitos pequeños con exiguas porciones de comida dentro.

Yo, al examinar el menú, le había advertido antes a mi familiar que no podría terminar con todo el plato de ternera porque debía de ser abundandísmo aunque, eso sí, la carne sería sin duda de una calidad extra y de un sabor exquisito. Empezamos a comer. Efectivamente la carne estaba divinamente preparada por el cocinero y estábamos contentísimos, pero al fin y al cabo pasó lo que yo había advertido: mi compañero no pudo acabar con todo el plato. Entonces, por la lástima que sentía por tener que dejar medio acabada la carne tan exquisitamente preparada, él me propuso pedir al camarero que le hiciera un paquete para poder llevarlo consigo.

Es que en muchos restaurantes de Nueva York y también de todo aquel país, en caso de que el cliente no haya podido terminar todo el plato, existe la costumbre de pedir que preparen un paquetito –llamado vulgarmente ‘doggie bag’, es decir ‘bolsa canina’- con lo que haya sobrado para que el cliente pueda llevarlo a casa y aprovecharlo al día siguiente o darlo a su perro (de aquí el origen etimológico de la expresión en inglés).

Según la opinion de mi compañero, es mucho mejor pedir un ‘doggie bag’ que dejar el plato con lo que haya sobrado, porque es una muestra de gentileza hacia los cocineros como prueba de que la comida ha gustado de verdad al cliente. El me contó además que un colega suyo francés de Nueva York se mostraba muy en contra de aquella costumbre americana por considerarla poco educada y un amigo suyo italiano no era nada partidario, con una visión más práctica, de ese hábito porque le resultaba nada agradable a su paladar la comida sobrante del día anterior y por el temor a una posible intoxicación alimentaria. Es verdad que cada uno tiene su razón para justificar su postura según su forma de pensar muy propia de la mentalidad de cada pueblo.Y él, esta vez, parecía que quería saber la reacción de los españoles con respecto al mismo tema.

De todos modos, nosotros propusimos la idea al camarero de nuestra mesa, hombre cordial y de buenos modales, dignos de un establecimiento de elegancia, que se quedó algo desconcertado al oír nuestra propuesta. “Bueno, la verdad es que… –nos balbuceó tímidamente el camarero- eso no se suele hacer aquí, pero de todos modos consultaré con mi maître a ver si es posible.” Y al cabo de un rato el camarero vuelve a nuestra mesa con una sonrisa de oreja a oreja y dice “De acuerdo, caballeros, les prepararemos un paquetito para ustedes, que dice mi jefe que no hay problema.”

Cuando estuve en Nueva York hace unos meses, cené en una conocida casa de ‘trattoria’ elegante cerca de Carnegie Hall. Al no poder terminar mi riquísimo plato de ‘lasagne al forno’, tuve que pedir que me prepararan ‘un paquetito para llevar’, sin atreverme a usar aquella expresión tan vulgar de ‘bolsa canina’. La reacción fue rapidísima. El camarero de mi mesa, que era originario de Nicaragua, me contestó amablemente sin consultar con nadie ‘¡En seguida, señor!’ Parece que aquel simpático camarero nicaragüense también había aprendido bien aquella sabiduría neoyorquina de ‘doggie bag’. Ni que decir tiene que al día siguiente pude disfrutar mi almuerzo casero, calentado con el horno mircroondas, aprovechando el sobrante de mi voluminoso ‘lasagnóne’ de la noche anterior.

Aunque no me convence demasiado la imposición de algunas costumbres norteamericanas en el mundo actual, lo de ‘doggie bag’ puede ser una excepción. Es más razonable y además hay que reconocer que encaja de maravilla con el espíritu ecologista que está tan de moda hoy en día en el mundo entero.

Hidehito Higashitani

Catedrático de la Dokkyo University

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