paso cambiado
¡Salvad al soldado Rubalcaba!
viernes 07 de octubre de 2011, 08:38h
España está en situación agónica. El PSOE contribuyó a ello de forma decisiva, y por ello también está en estado terminal. Las cenizas del zapaterismo se aventan, mientras a la pira funeraria se suman nuevos inquilinos, como ahora el gran inquisidor José Blanco. Pero nada de esto es ya relevante. Ni los culpables, ni los imprudentes, ni los sectarios. Lo importante es que España está en la UCI, y hay que sacarla de ahí como sea.
España necesita un enorme acuerdo de voluntades. Más aún, necesita configurar una voluntad única como Nación. Le guste esto a quien le guste, satisfaga esto o no las ensoñaciones particulares de quienes se han creído la burbuja de nuevas nacioncitas a cuenta de los excedentes de la prosperidad. Guste o no a unas u otras ideologías, a unos u otros sindicatos.
La fuerza de una Nación, del club selecto de las diez grandes economías del planeta, se nos ha ido por la boca, además de por el estómago de sus diecisiete fracciones. Nos hemos pulido la herencia familiar y estamos al borde de no pagar las nóminas de diciembre. Y, por ello, todo lo anteriormente relevante del debate político (pongamos Eta, o lenguas, o agua, o memoria histórica, o aborto o lo que sea) es en este momento secundario.
El previsible triunfo de Rajoy en las próximas elecciones no es, como seguramente le gustaría a él o a los suyos, el final victorioso de una guerra, sino el comienzo de la siguiente batalla. Porque el candidato del PP está obligado a un papel que la Historia le exige: construir un liderazgo capaz de aglutinar todas las fuerzas posibles contra un insidioso enemigo: nosotros mismos.
Porque el problema no son los mercados, sino los españoles. O emprendemos una tarea común para salir de ésta, o nos montamos en los vagones de ganado para que nos incineren en Wall Street o en Bruselas.
Por eso, Rajoy debería (si se me permite el atrevimiento, porque hará lo que le dé la gana) juntarse en el minuto uno de su presunta victoria con Mas y con Urkullu; con Méndez y Toxo; con los minoritarios que salgan de las urnas si les da un ataque de racionalidad; y, por supuesto, con el PSOE, para cortarse las palmas de las manos con un cuchillo y hacer un juramento de sangre. Para salir de ésta, porque se puede salir si se empeñan los que pueden hacerlo.
Ni siquiera hace falta luz y taquígrafos. Basta con acuerdos en la sombra, si es que es muy incómodo un Pacto de la Moncloa. Lo que importa es que se transmita la necesidad de que los españoles actuemos de una vez como Nación capaz de enfrentarse a un problema colectivo mucho más peligroso que una invasión.
España es un país solidario. Si tuviera que enfrentarse a un terremoto en Cataluña o a unas inundaciones en el País Vasco, todos los connacionales se volcarían hasta la extenuación. Y si el seísmo fuera en Valencia, los vascos y los catalanes se matarían por ayudar. La cuestión es simplemente transmitir a los españoles de todas las ideologías y procedencias que el tsunami ha arrasado desde Galicia a Andalucía, y toca apechugar con los destrozos y reconstruir el futuro.
Hemos pasado treinta años en el desmontaje nacional, y cuando nos enfrentamos a un problema no sabemos con quién de los nuestros contamos. Ni siquiera sabemos si todos somos de los nuestros. Es hora de aclararlo.
Y, para eso, nadie sobra, pero un interlocutor es esencial: el PSOE de Rubalcaba. Si no gana, porque no lo parece, a él le tocaría la misión más patriótica. Y a Rajoy una anterior. Salvar al soldado Rubalcaba.