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TRIUNFO DE LA COMEDIA EN TIEMPOS DE CRISIS

Veinticinco años menos un día, la mejor comedia de Antonio Álamo

viernes 14 de octubre de 2011, 22:43h
Veinticinco años menos un día, de Antonio Álamo
Directora de escena: Pepa Gamboa
Escenografía: Antonio Marín
Intérpretes: Richard Collins-Moore, Ana Fernández, Moncho Sánchez-Diezma, Joserra Leza, Ione Irazabal, Candela Fernández, Juanfra Juárez, Joshean Mauleón y Jöns Pappila
Lugar de representación: Teatro Español. Madrid

Por RAFAEL FUENTES
“Un teatro no es más que un pacto con el absurdo” escribía Julio Cortázar en su relato “Instrucciones para John Howell”, narración que ha servido de punto de referencia central y trampolín a Antonio Álamo para su comedia Veinticinco años menos un día. La comedia de Antonio Álamo conserva cuestiones esenciales de esa breve narración de Cortázar como es el teatro considerado una metáfora de la vida –o dicho de otro modo, la vida entendida como una representación escénica- o la aceptación de lo imprevisible y azaroso en ese juego bastante teatral de nuestra existencia. Lo que inyecta Antonio Álamo a ese fondo conceptual es una considerable dosis de sentido del humor, combinando eclécticamente la diversión satírica e inverosímil de la vanguardia con esa mecánica implacable del humor característico de una comedia clásica, lo que arranca al John Howell de Veinticinco años menos un día toda la carga de angustia que invade al John Howell del cuento “Instrucciones para John Howell”.

Como ven, es difícil escapar al impecable círculo de espejos que Antonio Álamo ha construido apoyándose en el narrador argentino. A partir del personaje teatral John Howell, creado por Cortázar, Antonio Álamo ha ideado una obra imaginaria: The tea is ready, escrita por un no menos imaginario P. D. Green, cuyo nieto la reivindica ante el público actual narrando las jugosas anécdotas y sorprendentes vicisitudes del drama estrenado por su abuelo, protagonizado, obviamente, por el personaje John Howell, que hubo de ser interpretado de forma improvisada por un espectador, de manera análoga al John Howell ideado por Julio Cortázar. Se cierra así el laberinto circular de espejos de barraca de feria que multiplican hasta el infinito el espectro –tan real como rematadamente falso- de John Howell.

Para este recurso André Gide inventó una expresión: “mise en abyme”, literalmente puesta en abismo, traducido a veces como “construcción en abismo” o bien “relato enmarcado” o “relato interno” de una historia insertada dentro de otra historia como las muñecas rusas Matriuskas, aunque bien puede decirse que Álamo ha realizado una super mise en abyme, realmente sin fondo, cuyo primer propósito es la parodia de los dramas burgueses en torno al adulterio que siguen la estela de Ibsen, al estilo de los que Noël Coward hizo triunfar en los años veinte y treinta en Inglaterra. Esa parodia es desternillante y en ella se asienta toda la hilarante comicidad que hace reír ininterrumpidamente al público, con una intensidad creciente en tanto avanza la función.

El flemático y excéntrico nieto de P. D. Green nos explica la historia de The tea is ready, comentando la representación que sucede a sus espaldas al mismo tiempo que dicta a los actores unas instrucciones que son ejecutadas de un modo tan mecánico, obtuso y desnortado que pulverizan la obra a la vez que provocan la carcajada irreprimible de los espectadores. Antonio Álamo parece aplicar tan al pie de la letra la teoría de la interpretación –por llamarlo algo- expuesta por David Mamet en Verdadero y falso, que logra producir efectos verdaderamente descacharrantes. La parodia sirve, a su vez, para fulminar la aburrida cursilería que envuelve al teatro británico estilo Noël Coward y sus egocéntricos dilemas morales. Todo ello salta por los aires destrozado por las carcajadas que provocan unos actores perdidos en sus personajes, tan maravillosamente caracterizados por los fantásticos vestidos de época diseñados por Carmen Montaraz como errantes para atrapar el sentido de una acción escénica que se les escapa.

El autor no prescinde de ningún recurso que haga reír, mezclando eclécticamente sarcasmos sumamente cultos e ingeniosas reflexiones junto a astracanadas, burlas y chistes fáciles. Todo vale con tal de hacer reír. La parodia sirve también a Antonio Álamo para subrayar el carácter intrínsecamente artificial del arte dramático, exhibiendo sus trucos y enseñando el reverso oculto de una representación teatral obligando, incluso, a que los tramoyistas intervengan haciéndoles salir a escena y colaborar con sus gracias y bufonadas en la fiesta teatral que se celebra sobre las tablas como un torbellino sin control.

En realidad, solo con la apariencia de un torbellino sin control. En este “pacto con el absurdo”, como definiese Cortázar el teatro, el descontrol de la pieza The tea is ready, con su actor subversivo que desconoce o se alza contra el diálogo previsto, desconcertando a los restantes componentes de la compañía desata un pandemónium, cuyo desorden está sometido a la impecable disciplina de Pepa Gamboa, directora de escena cuya trayectoria profesional se compenetra perfectamente con el teatro de Antonio Álamo y extrae de él su máximo partido. Los actores cantan, bailan, dialogan, se pierden en el diálogo, se reencuentran en él, ejecutan con precisión pasos previstos o deambulan sin sentido por el escenario, con la perfección de un mecanismo de relojería tan complejo como modélicamente afinado por Pepa Gamboa, imprimiéndole la cadencia y ritmo exactos para que un vodevil produzca todo su estimulante efecto. Esa impecable dirección se ve favorecida por interpretaciones como la de Richard Collins-Moore cuya pulcra y atildada excentricidad sirve de excelente carta de presentación a la histérica comicidad interpretada por Ana Fernández, y el ejercicio gestual de Joserra Leza que alcanza sus propósitos con una admirable economía de medios dentro de un elenco que sale muy airoso del reto de interpretar a un personaje que debe interpretar a un segundo personaje.

Es sabido que un autor que utiliza esta fórmula de mise en abyme recurre a ella para comunicarnos “algo” que no desea contarnos directamente, sino a través de una historia inserta en otra historia. Esto sucede, obviamente, con Antonio Álamo que siempre ha considerado la trivialidad como el mayor pecado de un escritor. Además de burlarse de un teatro psicologista trasnochado y reivindicar la artificiosidad propia del teatro, la peripecia del tranquilo espectador de una obra que repentinamente es obligado a representar ante el público un personaje –John Howell- cuyo guión desconoce, pasando súbitamente de despreocupado ciudadano a actor improvisado bajo los focos y la mirada atenta de un abarrotado auditorio, nos comunica el mismo desconcierto que todos sentimos cuando somos arrojados a tomar decisiones en la comedia social y la misma rebelión interna cuando las circunstancias nos fuerzan a desempeñar un papel que no sentimos como nuestro. ¿Qué haría usted si de un modo expeditivo le plantaran en el centro de un escenario, a la mitad de una comedia cuyos diálogos y desenlace desconoce? ¿Qué sentimientos despierta en usted una situación social en la que tiene que fingir reacciones que no son las suyas? ¿Seguiría por intuición el guión que cree le hará salir airoso, o romperá la baraja con el escarnio y el escándalo que trae consigo quebrar las expectativas que se han depositado en usted?

Esta analogía entre teatro y vida posee un ilustre abolengo filosófico, que se remonta nada menos que al pensamiento estoico, donde se nos invita a desempeñar con disciplina y entereza la máscara que nos ha tocado llevar en la vida. Un paralelismo fabulosamente explorado por el teatro barroco de Shakespeare, Lope, Tirso o Calderón y que llega hasta clásicos contemporáneos como Luigi Pirandello.

Antonio Álamo –y Julio Cortázar- se inserta con naturalidad en esa ya más que centenaria tradición del teatro como metáfora de la vida, imprimiéndole un sesgo muy actual. La tradición estoica y barroca señalaba cómo nos identificamos – o nos debemos identificar- con la máscara que nos ha tocado en suerte. En tanto que Veinticinco años menos un día, título que parodia el lenguaje jurídico, nos invita a que nos rebelemos contra la máscara que nos identifica, incitándonos a ser infieles a nosotros mismos. El personaje John Howell escapa de sí mismo como de una cárcel a la que ha sido condenado, solo para descubrir que esa salida le conduce a otra prisión aún mayor. De esta manera, y citando a uno de los maestros de Julio Cortázar, su compatriota Jorge Luis Borges, la obra trata de convencernos de que “somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Esta idea está en el punto de origen del propio teatro de Antonio Álamo quien, en una de sus primeras obras, Los borrachos, nos presenta la insensata celebración de los científicos que diseñaron la primera bomba atómica tras comprobar su eficacia en la población japonesa. Se trataba de científicos que trabajaban con la física cuántica donde las partículas subatómicas tienen un comportamiento impredecible que se sale de la estadística. Y esto mismo ocurría con el personaje que encarnaba al director del Laboratorio Nacional de Los Álamos que creó el arma nuclear, Julius Robert Oppenheimer, que de forma análoga a una partícula subatómica reacciona de un modo impredecible y se rebela contra el texto de la obra que está representando. Lo mismo que John Howell, invitándonos a aceptar el riesgo de lo aleatorio e imprevisible de la existencia sin intentar controlar el futuro.

La cuestión es que estos problemas filosóficos que subyacen en el trasfondo de Veinticinco años menos un día no llegan a provocar ningún efecto emocional sobre el público, ni inquietud, ni alegría, ni angustia, ni preocupación ni sentido de la liberación, ni cualquier otra estela efectiva en los espectadores que les haga sentir y meditar. El dramaturgo ha puesto tanto énfasis en querer hacer reír que el público se divierte a carcajada limpia y punto. Las demás emociones quedan precintadas, sabemos que están pero no las sentimos, quizá por el ansia del dramaturgo de no dejar decaer un segundo la comedia, quizá por no haber logrado que nos identifiquemos con ningún personaje –ni con John Howell- sino solo con el brillante espectáculo en su conjunto.

Si quieren solo reír vayan sin duda a ver Veinticinco años menos un día, pero si prefieren experimentar una variedad compleja de sentimientos que nos obligan a meditar, lean mejor el relato de Cortázar. O hagan las dos cosas para comprobar las imprevisibles y sorprendentes variaciones cuánticas que puede tener un mismo tema en manos de uno a otro autor en sus diferentes pactos con el absurdo.
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