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Impuestos sobre la salud

José María Herrera
sábado 15 de octubre de 2011, 19:37h
El parlamento danés acaba de aprobar un impuesto sobre los alimentos ricos en grasas saturadas, perniciosas para la salud. Entre los productos afectados están los aceites vegetales, la mantequilla y la leche. Como el veneno ya no es la dosis, cualquiera que se acerque a ellos, aunque sea sólo una vez, tendrá que acoquinar la correspondiente gabela. Dinamarca se sitúa así a la vanguardia de la guerra contra los malos hábitos alimenticios que recortan la vida. La noticia, debido quizá al declive de Zapatero, no ha tenido aquí mucho eco, pero todos cuantos conocen el sentido político de la expresión “países de nuestro entorno” saben que terminará tarde o temprano afectándonos.

La aparición de un nuevo tributo suele ser siempre algo desazonador, mas en este caso hay que felicitarse de vivir en una época en la que los Estados velan tan desinteresadamente por la salud y, en vez de privarnos de las cosas dañinas, para merma de nuestra libertad, dan un uso humanitario, no recaudatorio, a sus impuestos. Que esta clase de prácticas recuerden vagamente las de la vieja Iglesia, institución que comerciaba con el purgatorio o las dispensas de cuaresma, no significa nada. Sólo un insensato convencido de que la salud es el equivalente contemporáneo de la salvación puede suponer que esquilmar al contribuyente apelando a su fe religiosa sea algo parecido a sacarle las túrdigas invocando las verdades de la medicina y la estadística. El cuerpo, al revés que esa chatarra de la historia que es el alma, constituye algo muy real, y lo mismo sucede con el Estado, una organización que, a diferencia de la Iglesia, no predica el bien, sino que lo realiza.

Leviatán ya no es un monstruo, y la prueba es que un país como el nuestro, en el que a pesar de todo sigue poseyedo tres cabezas, nacional, regional y municipal, una tasa sobre las grasas presumiblemente despierte muchas simpatías. A los políticos les encantará porque así podrán invertir más en los votantes y a estos el tributo les tiene que parecer muy apropiado porque tratándose de salud cualquier sacrificio es poco. Lo único deseable es que se acometan reformas acordes con la bondad de nuestras instituciones. Publicitar su altruismo, que diría un concejal. Una posibilidad sería, por ejemplo, uniformar a los subinspectores de hacienda con cofias almidonadas con una cruz roja en el centro y recomendarles añadir a sus liquidaciones comentarios del tipo: “es por su salud, ciudadano”. Con el tiempo, esta clase de medidas han de revertir sin duda en el prestigio de los recaudadores, muy mal vistos debido a su condición de funcionarios, y producirán un efecto similar al que tuvo la pornografía sobre el sexo, o sea, volverán conveniente lo que antes se consideraba repulsivo. Por seguir con el casposo lenguaje edilicio, poner en valor la salud permitirá que en el futuro gente a la que le orinan en la cara se espante al ver sobre la barra de una cafetería una rebanada untada con zurrapa, y esto, no lo duden, marcará el principio de una nueva sobriedad.

Sé que habrá gente reaccionaria que se pregunte cómo es posible que la mantequilla cumpliera tan bien sus funciones en la época del último tango y ahora resulte ser una sustancia enemiga de la conductividad celular. Mi desconocimiento me impide explicárselo. Sólo sé que el hecho de que nos sintamos asqueados con un universo repleto de elementos mortíferos no justifica que sigamos conduciéndonos como si la salud fuera un dios con cabeza de chacal a cuyos pies se postran exclusivamente los soldados de los ejércitos de salvación. Desde que la doctrina de la evolución descubrió que lo importante no somos los individuos, sino eso que se transmite a las generaciones venideras, la salud se ha convertido en un bien público y las autoridades sanitarias deben luchar por ella con todos sus medios: pedagógicos, fiscales y, si me apuran, penales. Con las grasas saturadas, como con las células terroristas y las bacterias asesinas, no caben contemplaciones. Debemos emular a la generación de la ceja (un nombre que ni pintado para sus empeños) en su lucha contra el tabaco, ese veneno que antes afectaba a la mayor parte de la población y que ahora, gracias a una hacienda pública de progreso, mata o deja impotentes sólo a los ricos que pueden pagarse la cajetilla.

El asunto no es para frivolidades. La grasa, al igual que la nicotina o el alcohol, es una sustancia que impide al organismo alcanzar su máximo rendimiento biológico. Se trata de algo políticamente muy serio que no puede dejarse ya en manos del ciudadano particular. Hay que exigir al gobierno que salga de las urnas el veinte de Noviembre que convoque a los partidos, los sindicatos mayoritarios, las organizaciones empresariales y los intelectuales, con la Veneno a la cabeza, para promover (implementar, diría el casposo edil de antes), un pacto higiénico-presupuestario de Estado que resuelva la mortandad española. La libertad está muy bien, pero quien pretenda utilizarla libremente, que la pague.
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