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Nostalgia de los parques

José María Herrera
sábado 22 de octubre de 2011, 19:02h
Los parques no son lo que eran. Basta con darse una vuelta por cualquier ciudad para comprobarlo. La mayor parte de ellos, fruto del frenesí constructivo de la época del pelotazo, son más lugares de expansión, vetados a los automóviles, que auténticos parques. Su sentido responde a aquel espíritu de la burbuja que llevaba a talar un bosque para construir una zona verde. Espléndidos a veces, pese al exceso de cemento y la falta de vegetación, estos parques atraen a padres con carrito, deportistas, mascotas y expatriados sin techo, pero no invitan a la reflexión solitaria, como los antiguos. Quizás por eso se vean tan pocos ancianos en su interior, aquellos ancianos de mirada insensata que fumaban alevosamente a la sombra de los árboles o desmigaban pan sin saber que con su gesto ponían en peligro el porvenir de alguna especie protegida.

Conscientes de esta anomalía, las autoridades se esfuerzan por atraer a los ancianos a los parques. Intuyen que su desaparición produce efectos negativos en la moral ciudadana y luchan por evitarlo. Al fin y al cabo, una de las creencias que estabiliza la sociedad actual es la de que hoy vivimos más que nunca. Sin quitarle mérito a la medicina, que ha dejado de ser la plaga que fue durante siglos, la longevidad es un logro social. Por eso es desazonador que cada vez se vean menos ancianos en la calle y, sobre todo, que no se les vea allí donde estuvieron siempre.

Prueba de este interés es la proliferación de aparatos gimnásticos para mayores. Muy al estilo de la época, o sea, con una gran dosis de ingenuidad, los responsables de gestionar los parques deben creer que los viejos de hoy ya no tienen nada que ver con aquellos de antaño, cabizbajos y tristes, sino que constituyen una generación de ancianos dinámicos, aferrados a la vida y sus goces. De resultas, han llenado los jardines con cacharros apropiados para tonificar los músculos y cuidar la flexibilidad de la cintura, dos prioridades en cualquier persona con un pie en el más allá.

Hay que alabar esta preocupación municipal por nuestros abuelos, pero me temo que se comete un serio error suponiendo que la senectud es simplemente cuestión de actitudes. Al igual que el hombre verdaderamente inteligente no hace nada por parecerlo, el viejo que lo es tampoco tienen ningún interés en fingirse joven. Ofrecerle manivelas y osciladores con los que combatir los estragos del tiempo es una ocurrencia que demuestra que Aristóteles se equivocó al decir que todo hombre aspira al saber, pues a la vista está que muchos cambiarían todo por una operación de cirugía estética. A cierta edad, tales cacharros ni mejoran la salud ni alargan la vida, sino que probablemente acrecientan el deseo de abandonarla. Nunca he visto a un vejete resoplando encima de ellos, pero si lo viera me apresuraría a advertirle del peligro que está corriendo. ¿A quién se quiere engañar con estas cosas?, ¿acaso no se ve que semejantes artilugios son tan eficaces como los certificados de pureza que expedían los conventos del XVIII en Francia a nombre de las chicas que habían abortado previamente en ellos?
Muchos ancianos parecen estar en la Luna. Quizás intuyen que en un lugar sin vida la muerte no irá a buscarlos. Desde la perspectiva de los que están en medio de la vida esa falta de interés por las cosas del mundo constituye un error. Hay que mantenerse activos, sujetos a la actualidad. El fin de ETA, la muerte de Gadafi, la invasión turca de Irak, Pep y Mou. Morirse no es para tanto. Una cosa natural. Como tomar un autobús. La idea de que el anciano sufre las turbaciones de la trascendencia pertenece al tiempo en que poseíamos un alma. Puestos a elegir entre un viejo ensimismado y cabizbajo y otro deportivo y pletórico todo el mundo lo tiene claro. También gustan hoy los niños que parecen adultos y los adultos que se conducen como adolescentes. Yo lamento discrepar de la opinión hegemónica, pero me extraña que sea factible enmascarar la miseria de la impotencia, inevitable cuando la naturaleza se pone en contra de todo lo que uno desea. La vejez, nos pongamos como nos pongamos, es una forma de pesadumbre. Por descontado, hay quien la lleva peor y quien la lleva mejor, pero hacerse ilusiones con esto es estúpido. El hecho de que haya mucha gente que pide ser engañada, gente que nunca se harta de quimeras, no debería descarriarnos. Los poderes demiúrgicos del Estado del bienestar son limitados y la vida, al revés que las aguas residuales, los excrementos y las hojas de periódico, no se recicla. Por eso es tan dura.
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