El asturiano Álvaro Neil, más conocido como el ‘Biciclown’, celebra este sábado su aniversario. Cumple 99.232 kilómetros, 64 países y 2.555 días de viaje en bicicleta. Siete años desde que abandonara la notaría madrileña en la que trabajaba para arrancar el proyecto ‘Miles de Sonrisas Alrededor del Mundo’ “haciéndole cosquillas a la Tierra” con sus espectáculos como payaso.
Dice que el mejor café es el de Addis Abeba servido por una mujer etíope cuya piel canela supera en embriaguez visual al más fastuoso paisaje. De todos los aromas, se queda con el de la ropa recién lavada y sube al podio de la hospitalidad a nubios -población del norte de Sudán- sirios e iraníes. El asturiano Álvaro Neil ha recorrido casi 100.000 kilómetros a lo largo de 64 países con la única compañía de Karma, su bicicleta, y una nariz de payaso. Este sábado Neil sopla las velas de la tarta de su viaje: siete años desde que diera la primera pedalada para partir de su Oviedo natal.
Álvaro Neil trabajaba en una notaría de Madrid, era un enamorado de la bicicleta y sosegaba sus inquietudes artísticas actuando como payaso profesional en la socorrida BBC española (Bodas, Bautizos y Comuniones). El 8 de octubre de 2001, cogió un vuelo hacia La Paz (Bolivia) con la bici en la bodega del avión. “No hay un porqué o un para qué en todo lo que hacemos, o al menos yo no lo encuentro”, explica Neil en una entrevista con EL IMPARCIAL. Lo que tiene claro es que “ese día nació el ‘Biciclown”, el payaso de la bici, que ya no se ha vuelto a separar del asturiano.
De hecho, recorrer el continente sudamericano en bici durante dos años actuando como clown no hizo sino abrirle el apetito de algo más grande, más especial, por todo lo alto: la vuelta al mundo. Y así, en 2004, arrancó el proyecto ‘Miles de Sonrisas Alrededor del Mundo’, M.O.S.A.W, por sus siglas en inglés, que celebra su séptimo aniversario con un ‘Bicilown’ recién llegado a Nueva Zelanda después de haber recorrido África y gran parte del continente asiático.
“Las montañas aquí son durísimas, sobre todo con una bici de 75 kilos, el viento es muy fuerte y el clima cambia constantemente”, cuenta Neil. De su anterior escalón, Australia, destaca el alto coste de la vida. “Tuve que aumentar mi presupuesto diario de 5 a 10 euros y he aprendido a buscar comida en la basura”, un gesto que, según afirma, ejecuta más por convicción que por necesidad. “Los supermercados tiran productos en buenas condiciones, muchos aún con el precinto intacto”, sentencia.
El presupuesto del ‘Biciclown’ parte en un 60 por ciento de dinero propio, un 20 por ciento de los patrocinadores –marcas que le proporcionan la tienda de campaña, la ropa o los complementos de la bici y que obtienen, a cambio, visibilidad en medios de todo el mundo- y un último 20 por ciento “que cae del cielo en forma de comida o una cama”.
“Los espectáculos siempre son gratuitos”, aclara Neil. “El clown es parte de mi personalidad, así que no podía dejarlo en un baúl durante este viaje, pero tampoco quería usarlo como financiación”. El ‘Biciclown’ decidió, pues, llevar sus números de malabares, payaso o magia en forma de regalo allá por donde pasara, como un acelerador de sonrisas en algunos rincones del planeta donde la alegría es escurridiza.
Durante estos siete años ha actuado ante unas 18.000 personas en hospitales, centros sociales, campos de refugiados o cárceles. Sin embargo, materializar el sentimiento altruista es más difícil de lo que parece; según Neil, conseguir realizar sus shows “es la parte más difícil del proyecto”. Tras un mes en Nueva Zelanda, aún no ha conseguido ofrecer su espectáculo. El trabajo para lograr el apoyo de instituciones u ONGs locales, la desconfianza a lo gratuito y la definición del cuándo y el dónde complican la tarea. Otras veces, una coyuntura extraordinaria minimiza el impacto que puede tener la risa.
Japón: primero mantas, después sonrisas Cuando el 11 de marzo de 2011, un terremoto de 9 grados de magnitud asoló la costa este de Japón, Álvaro Neil llevaba dos meses en tierras niponas sobreviviendo a una revalorización del yen que le estrechaba hasta lo inimaginable la lista de la compra y su visado estaba a punto de expirar. En medio de un país roto, el ‘Biciclown’ supo ocupar su lugar. “Esperé a que llegaran las mantas y la comida; entonces fue cuando hicieron falta las sonrisas”.
Pasó dos meses en Corea del Sur y en mayo regresó a Japón. “Después de esos días, en los que todo giraba en torno a la catástrofe” y con la dificultad que entraña la cultura japonesa, “tradicional, sin atracción por lo desconocido, poder actuar dos veces para los japoneses me llenó de satisfacción”, cuenta Neil.
Para este asturiano de 44 años, la misión de los payasos pasa por “ser insensibles hasta a su propio dolor para hacer brillar todas las sonrisas ajenas apagando la propia”. Más de una vez se ha tenido que “coser la sonrisa” en contextos como el de Japón, o peores. “La situación sanitaria, alimenticia, de alojamiento y laboral de los campos de refugiados políticos en África en los que he actuado es mucho peor”, explica, para puntualizar que “el payaso cuando actúa no debe ver el dolor, sino la esperanza”.
Donde termina el asfalto Siete años son 2.555 días, con sus almuerzos, sus conversaciones, sus noches en cama o en suelo y las cientos, miles, de vidas con las que Neil se ha cruzado. Aparte del diario de a bordo del ‘Biciclown’ -la web del proyecto-, este viaje ha gestado dos documentales y tres libros, el último publicado este mismo sábado, coincidiendo con el aniversario.
Donde termina el asfalto, la última publicación del ‘Biciclown’, recorre el viaje de Neil por Asia, desde que salió de El Cairo en diciembre de 2007 hasta que llegó a Shanghái en octubre de 2010, e incluye casi 60 fotografías a color. Este mismo periodo es también el protagonista de La sonrisa del nómada, el segundo documental que nace del proyecto y al que el ‘Biciclown’ tiene un especial cariño, ya que ha sido posible gracias al apoyo de sus seguidores. La cinta, estrenada hace un mes, se ha producido a través del sistema de financiación colectiva crowdfunding, o clownfunding, como lo ha rebautizado Neil. “Ha sido muy duro sacarlo adelante y la mejor recompensa es disfrutar de las reacciones de quienes ya lo han visto”, asegura.
La etapa anterior, su recorrido por África entre 2004 y 2007, que le metió en la mochila 37.000 kilómetros, 30 países, 10.000 espectadores sonrientes y cuatro malarias, parió dos libros más (África, con un par y Diario fotográfico de un payaso en África) y otro documental (A la velocidad de las mariposas).
Ahora, allí donde termina el asfalto neozelandés, Álvaro Neil está buscando “un puente” que le lleve a Alaska, su próximo destino, que pretende alcanzar en el mes de abril. Después de siete años dice haber aprendido a “viajar más lento” y a “respirar el día a día”. Su viaje, inicialmente calculado para una década, se prolongará tres años más. “Creo que no volveré a España hasta 2017”, explica el biciclown, que asegura no echar de menos “absolutamente nada” de su vida estable en Madrid.
“Si no me hubiera ido estaría seguramente en la misma notaría, con más dinero en la cuenta bancaria, más barriga, una casa en propiedad, unos niños llamándome papá y una esposa encantadora”, apuesta. Sin embargo, cree que ahora es más feliz. “Simplemente, ahora mi sonrisa no depende de un salario”.
De todos los caminos recorridos, Neil siente predilección por los más complicados, los que repelen a los coches. De todos los platos catados, se conforma con tener uno, cualquiera, pero lleno. De las sonrisas provocadas, imposible quedarse con una. ¿Qué harás cuando termines la vuelta al mundo? “Si lo supiera, me deprimiría”.