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Payne aborda la cuestión

La invasión de Portugal, el sueño imperial de Franco

martes 08 de abril de 2008, 21:17h
Franco quiso entrar en Portugal. Un tema apenas conocido por la opinión pública, y que podría haber cambiado para siempre la cordial relación entre lusos y españoles, como desvela el hispanista Stanley Payne en su última obra. El nacimiento del plan coincidió en el tiempo con la famosa reunión de Franco y Hitler en Hendaya, en octubre de 1940, en la que no se materializó ningún acuerdo de colaboración entre ambos líderes. Franco, como Mussolini con Grecia, quería llevar a cabo su propia “guerra paralela”, y ampliar sus fronteras, sin tener en cuenta a Hitler.

Así, como cuenta Payne en “Franco y Hitler”, se encargó un exhaustivo estudio de 130 páginas, preparado por el Alto Estado Mayor en diciembre de 1940, en el que se hablaba de Portugal como “el enemigo”. El informe comienza con un recuento de invasiones anteriores desde España al país vecino a lo largo de la Historia, como las que llevó a cabo Francia entre 1807 y 1810. Se invadiría Portugal, dentro de un ambicioso plan expansionista que incluía la siempre codiciada Gibraltar, que también pretendía Hitler con su “Operación Fénix”, para taponar el mediterráneo a los ingleses.


Franco y Salazar


Hacia Lisboa por el Alentejo
Portugal era aliado de Gran Bretaña, y por tanto de EE UU, pero tan peligrosas amistades no parecían amedrentar al general Franco, dispuesto a someter a España a un nuevo, y a todas luces descarnado, conflicto bélico. Como detalla Payne en su libro, se conquistaría Lusitania a través de una ruta central entre el Duero y Guadiana, pasando por la zona del Alentejo. Como en una partida de ajedrez, la operación quería ocupar la zona central, la que más peligro generaba, por ser Lisboa “centro general de resistencia”, según reflejaba el informe. Doblegar el corazón del país era el objetivo que perseguía Franco, dentro de una campaña bélica para la que se “desataría una gran movilización en España”, como señala el historiador Stanley Payne en “Franco y Hitler”.
Luego se las verían con la reacción poco amigable de los portugueses, ajenos a los planes que trazaba el general Muñoz Grandes, al dictado de Franco.



Un ejército español en horas bajas
Pero invadir Portugal requería un esfuerzo militar extraordinario, algo complicado para un Ministerio del Ejército que venía de componerse tras la victoria del 1 de abril del 39, después de tres años de desgaste en la Guerra Civil. El arsenal disponible no daba para soñar con grandes gestas, como recogió el informe del Alto Estado Mayor. “No había suficientes caballos, ni radios, ni tiendas cónicas, ni siquiera mantas…”, sólo había cuatro regimientos con baterías antiaéreas de poco calibre, “a todas luces insuficiente”. El informe concluye que hasta el año 1946, “no se estará en condiciones de disponer del armamento necesario para todas las unidades que resulten necesarias para la movilización”. Para entonces, con la desarticulación del eje fascista europeo, la anexión de Portugal se hacía inviable, sin los apoyos que se podían recibir de la Alemania nazi. Además, el fiasco de Mussolini en Grecia demostró lo arriesgado de la operación.

Primero Portugal, después Gibraltar
En plena Segunda Guerra Mundial, y con la teórica neutralidad de Franco en la contienda, la posibilidad de recuperar la colonia británica de Gibraltar parecía más factible que nunca. Formaba parte de la particular “guerra paralela” del dictador, con que la que pretendía, sino ocupar, al menos neutralizar Gibraltar. Se estaba redactando un proyecto en el que no se contaría con Alemania: tras la reunión de Hendaya, ni Hitler ni Franco llegaron a ningún acuerdo sobre la cuestión gibraltareña. Ambas naciones querían llevar la voz cantante en la toma del Peñón, que cerraba el paso de Reino Unido al mediterráneo. Franco quería, dice Payne, a los alemanes en funciones “subalternas”, por una cuestión tanto de honor como de interés nacional.
El plan preveía un prolongado bombardeo artillero, con incursiones aéreas con cien aviones de combate. Luego llegaría la artillería, dirigida por Agustín Muñoz Grandes, bien nutrida de tanques. Planes que se quedaron en la pizarra de la estrategia y que no alteraron más una Historia ya demasiado convulsa.



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