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capítulo de "Don Juan"

Franco ambicionó Portugal

jueves 10 de abril de 2008, 21:47h
El caudillo ocupa Tánger y devuelve el consulado alemán a Hitler que lo transforma en un nido de espionaje. Vigón visita al führer en el Château Acuz, en Bélgica, y regresa fascinado. Todo son inciensos y timbales en una Prensa prisionera tras las rejas de la Censura.

El 29 de junio de 1940, el caudillo revela al duce sus ambiciones imperiales: el Marruecos francés, Argelia, el Sahara, la Cataluña fran-cesa, el control de Portugal y la expansión en torno a Guinea. A continuación Franco presenta formalmente a Hitler su disposición a entrar en guerra a cambio de que satisfaga sus sueños de caminar por el im-perio hacia Dios, con estas aspiraciones coloniales. “Convencido de la caída inminente de Gran Bretaña –escribe Preston- Hitler estaba poco interesado en la participación española según las condiciones de Franco. Algunas de las aspiraciones de Franco estaban en conflicto con los planes del propio Fúhrer para crear un imperio alemán en África.” Hoare lo confirma de forma rotunda: “Estaba claro que (Hitler) había decidido reservar para sí solo el espléndido botín de una victoria africana.” Hitler no necesita a Franco para la ganar la guerra. Prefiere además entenderse con Pétain y el mariscal no aceptará nunca conce-siones territoriales francesas a Franco. “Hitler no está dispuesto a perjudicar las negociaciones para el armisticio con Pétain a fin de satisfacer gratuitamente a Franco”, afirma Preston que coincide con Hoare, el cual subraya la política del führer “tendente a colocar en su órbita al Gobierno de Vichy”.

España, pues, no se salva de entrar en la Guerra Mundial, al lado de los que la perderían, por la habilidad de Franco. El caudillo hizo, en 1940, todo lo posible para participar en la guerra. Lo que le salva a España es, por un lado, las aspiraciones de Hitler a su propio imperio africano, y por otro, la actitud de Pétain que muy bien informado por su embajador en Madrid, plantea al führer la imposibilidad de seguir con Vichy, si el Reich acepta las condiciones de Franco.


Hitler y Franco, en la entrevista de Hendaya


El general Beigbeder, que podía introducir un punto de sentido común en los sueños imperiales de Franco, estaba con la razón al lado de Inglaterra, pero el soberbio calibre de los muslos de la varonesa Von Stohrer, esposa del embajador alemán, le había enloquecido. El adulterio con la carne suntuosa de la alta dama le resulta muy útil al Reich. Apenas algún anglófilo al lado de Franco. Beigbeder tiene un picadero discreto y aromático en la calle Fuentidueña. Franco sigue con asombro las peripecias románticas de su ministro, que es un auténtico atleta sexual, que escala a la vez desde los encantos de su sobrina Dolores Velarde hasta las enhiestas cumbres de Gertrudis Wittek, agente de una red norteamericana de espionaje, y mujer de hermosa boca emputecida.

1940. Franco proyecta apoderarse de Portugal, al servicio del Eje.

Hitler sigue mostrándose desdeñoso con el caudillo y ambiciona una de las islas Canarias. Sin desanimarse porque el führer no tome en cuenta sus ofertas, “Franco estaba impaciente por negociar la entrada de España en guerra”, afirma Preston. Con copiosa documentación demuestra que el caudillo se prepara “a emplear tropas españolas para forzar a Portugal a depender de España” y que “las tropas españolas bastarías para una acción en Portugal…” Hoare lo dice más claro: “… que Serrano Súñer publicara una serie de artículos en la Prensa contra Portugal, como aliado de Inglaterra, y como parte integrante de la Península que podía ser reabsorbido dentro del Imperio Español”. En carta a Don Juan de 12-V-1942, Franco reprocha a los reyes que “firmaron las paces que mutilaron nuestro Imperio, suscribiendo la separación de Portugal o nos infamaron en Utrech”.


Salazar y el general Franco


El futuro amigo de Salazar, el del “Bloque Ibérico” y la hermandad entrañable de las naciones peninsulares, estuvo dispuesto en su megalomanía imperial a la puñalada traidora y a anexionarse Portugal en 1940.

“Alemania tiene ganada la guerra”, reitera Franco. Cuando Sainz Rodríguez le expone, en su despacho, un plan alternativo por si Hitler pierde la contienda, el caudillo le interrumpe con desdén y le repite: “No hay si que valga, no hay condicionantes, Alemania ha ganado a la guerra. Se lo dice un militar.”

Franco recibe la más alta condecoración del tercer Reich: la Gran Cruz de Oro de la Orden del Águila. “Irónicamente –escribe Preston– este hito en su relación con el führer encubre el hecho de que Franco no había percibido la importancia a largo plazo del armisticio de Hitler con Francia. No comprende que ello había cerrado las puertas a sus esperanzas de heredar partes sustanciales de los territorios franceses del norte de África.” Franco es un pigmeo entre los grandes de la política europea. No entiende nada de lo que se juega sobre el tablero es-tratégico de las contienda.

Tampoco advierte que la poderosa Alemania está perdiendo la batalla de Inglaterra. Y que los aviadores británicos dibujan en el aire son su heroísmo y su acierto el principio de la victoria final.

El caudillo no se da cuenta del desdén con que le trata el führer. Continúa “impaciente por negociar la entrada de España en la guerra”. Al embajador portugués Pereira le dice: “Alemania tiene ganada la guerra. Lo máximo que Inglaterra puede hacer es durar un poco más con la esperanza de obtener mejores condiciones de paz que Francia.” Habla el genio militar del caudillo. “Pereira temía que Franco utilizara su relación con el Tercer Reich para afirmar su dominio sobre Portugal, del mismo modo que pensaba conseguir las colonias francesas sin apenas contrapartidas. Durante la primera semana de julio se habían desplegado tropas españolas cerca de la frontera portuguesa. Desde la Guerra Civil se habían producido llamamientos de los falangistas de la línea dura a la inmediata anexión de Portugal y ahora volvían a oírse”.

La “fantástica victoria” del Eje, que Franco celebra con entusiasmo, no era una lucha como sus apologistas enmascararon posterior-mente contra el comunismo, porque en esas fechas estaba vigente el pacto germano-soviético. Sus discursos “muestran su simpatía ideológica con los otros dos dictadores”.

Hitler proyecta un Imperio nazi del Norte de África: posesiones francesas, Marruecos y Sahara español y francés, y una isla canaria.

En septiembre de 1940, el caudillo cree que es cuestión de días que cristalice el triunfo alemán. El führer humilla a Franco y refuerza el ejército colonial francés en Marruecos. El dictador español baja la cabeza, coloca sus manos victoriosas sobre la abundosa tripa y calla.


Franco y su homólogo luso


Franco no se entera de que Seeloewe, la operación León Marino, se pospone porque Hitler no puede con Inglaterra y su Royal Air Force. Pero se inquieta al conocer que el dictador nazi piensa en una isla ca-naria como base alemana.

El 11 de septiembre de 1940, el caudillo escribe al führer para expresar su fe en una victoria “inminente y definitiva”. Hitler se ríe. Sabe lo que Franco espera de él. Pero en sus planes de dominio proyecta también un gran imperio alemán en África del Norte con bases en Canarias y en el Marruecos español. España sería solo dentro de la Alemania imperial “un satélite agrario menor”

Franco escribe a Serrano para subrayarle que “cree ciegamente en la victoria del Eje y que estaba completamente decidido a entrar en guerra”. Ante ciertos signos de desinterés nazi, Franco insiste, según Preston y Hoare, en que “su actitud hacia Alemania no era un oportunismo pasajero sino una realidad eterna”.

La entrevista de Hendaya se va a celebrar con un Franco anhelante de entrar en guerra y un Hitler reticente que, a finales de septiembre, le confiesa a Ciano que la intervención española “costaría más de lo que vale”. El führer no quería que Pétain, informado de las aspiraciones de Franco, perdiera el control de Vichy y le abandonaran las fuerzas coloniales francesas. Hitler deseaba mantener el control de Francia a través de Pétain y, tras la victoria, engañar al mariscal y construir el imperio africano de la Gran Alemania a costa, sobre todo, de las posesiones francesas y españolas: Argelia, Túnez, el Marruecos francés y español, y una isla canaria.


Franco y Hitler, en la reunión de Hendaya


Franco cede a las presiones de Berlín, destituye al anglófilo Beig-beder y nombra ministro de Asuntos Exteriores a Ramón Serrano Súñer. Es el 16 de octubre de 1940. Beigbeder reacciona acercándose al embajador británico Samuel Hoare. Le facilita los primeros encuentros Pedro Sainz Rodríguez y varios generales. Para no tener problemas con las autoridades españolas, el embajador exige secreto absoluto y encarga a un australiano que sirve en la misión británica el contacto con los conspiradores. Se llama Arthur Yencken y se entiende a la perfección, desde el primer momento, con Sainz Rodríguez. También se entablan relaciones con el general Torr y Allan Hillgarb, hombres de confianza de Hoare.

Octubre-diciembre de 1940. Hendaya: Franco acude emocionado a ver a Hitler para entrar en guerra.

El 23 de octubre de 1940, Franco tiembla de emoción al tender su mano al dueño de Europa. Se disculpa de que su tren haya llegado con ocho minutos de retraso. Es mentira que ese retraso lo promoviera el caudillo para poner nervioso al führer. Franco iba dispuesto a entregarse a Hitler y a obtener compromisos que colmaran sus delirios imperiales. No sabía que los consejeros militares de Hitler no querían la incorporación de España al Eje porque “carece de valor práctico”. No sabía que Pétain, que se entrevistaba al día siguiente, 24, con el führer en Montoire, conocía las exigencias del dictador español y no estaba dispuesto a ceder. Hitler quería una Francia tranquila y sometida. Le importaba eso mucho más que la aportación del caudillo, aparte el objetivo final del führer de disponer de su propio imperio en África. “Franco no es un héroe sino un pequeño mequetrefe”, había advertido el almirante Canaris a Hitler. Y ésa es la impresión que sacó el führer de la entrevista de Hendaya. El tono de la reunión, según Preston, hace que “carezca de sentido la pretensión posterior de Franco y Serrano Súñer de que estaban hábilmente conteniendo a Hitler. Su determinación no era la de mantenerse en la neutralidad, sino lograr la base de un imperio colonial”. El protocolo firmado constituía, en todo caso, un compromiso formal por parte de España para entrar en guerra al lado del Eje. Según Satrústegui, la máxima concesión que pensaba hacer Hitler si un día, en cumplimiento del acuerdo firmado, exigía la participación española en la guerra, se reducía a Gibraltar.


El mariscal Pétain


Luis Carrero Blanco, capitán de navío, hace un informe a Franco en el que subraya el poderío de la Royal Navy y las consecuencias de la entrada de España en guerra. Serrano Súñer, sin embargo, estaba convencido, como Franco, de que “el cadáver del Imperio británico yacía preparado para la disección”. El caudillo ha caído de lleno en lo que Arnold J. Toynbee llama “la tentación suicida del militarismo”. Será salvado en última instancia por la ambición de Hitler.

El dictador español estudia la operación Félix. El plan de Hitler consistía en entrar en España el 10 de enero de 1941 y tomar Gibraltar. Franco necesita ayuda económica, trigo, cereales, petróleo, suministros de Estados Unidos y Gran Bretaña, que Alemania no puede darle. Churchill alienta sagazmente a Estados Unidos a jugar la carta económica para dominar el entusiasmo de Franco de entrar en guerra.

A pesar de eso, el 28 de noviembre de 1940, Stohrer informa a Berlín de que Franco ha empezado los preparativos para la guerra. No era así. El caudillo piensa entrar en guerra, pero da largas a la operación Félix que no sabe cómo justificar ante la Falange. Tiene la suerte de que Hitler ordene aplazar la operación Félix. Los hechos históricos son un poco distintos a como los cuenta Satrústegui, que acepta la versión de Serrano Súñer en su libro Entre Hendaya y Gibraltar y elogia las gestiones del ministro español, enviado por Franco a Berlín.

Sainz Rodríguez no se entera y comienza su arriesgada y sutil conspiración con la Embajada británica que, a causa de una indiscreción, concluiría con su exilio en Portugal. Si las tropas alemanas entraban en España para tomar Gibraltar, arrastrando al país a la guerra, los británicos tomarían las Canarias para establecer allí un Gobierno de resistencia con Don Juan y Sainz Rodríguez.

En el archivo de Sainz Rodríguez existe un documento de 1941, en cuyo margen está escrito de puño y letra del catedrático “utilizable como está”, en el que Franco transmite un recado a su antiguo ministro para que hable con el jefe del Alto Estado Mayor, general Vigón, y estudie con él su plan de crear una línea aliadófila en el Régimen. La respuesta de Vigón es concreta: “No merece la pena acometer esa empresa. Falla la premisa mayor. No se puede hablar de si Alemania pierde la guerra. Es imposible que Alemania pierda la guerra. Militarmente la tiene ganada ya.”

El año 1941 avanza y el caudillo sigue afirmando con seguridad absoluta que Alemania ha triunfado. “Nunca se le ocurrió pensar que los alemanes podrían ser derrotados, y su única duda estribada en cuándo la ganarían y cuál sería el momento oportuno para unirse a ellos en la marcha triunfal del fin de la guerra.” Franco caza, pesca, escribe el guión de Raza, llora al ver la película, se organiza el botafumeiro personal a través de una censura obsesiva. España es solo Franco, Franco, Franco.

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