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De dictaduras, levantamientos y transiciones en el norte de África (II)

Víctor Morales Lezcano
sábado 04 de febrero de 2012, 21:30h
II
DE RERUM CAUSAE


Algunos estudiosos de calado han intentado concatenar la serie de causas confluyentes en el desencadenamiento de los cambios “revolucionarios” que se han producido en el mundo árabe durante el año 2011. Casi todos ellos se han valido de los recursos electrónicos que ofrecen hoy los nuevos medios de información y comunicación, para llevar a buen fin su empeño. Es decir, han recurrido a otras fuentes que la prensa, la bibliografía de emergencia y el criterio propio de cada autor.

Jean Pierre Filiu, profesor en la francesa -y famosa- Facultad de Ciencias Políticas de París, ha intentado exponer, con trabazón interna, las causas de las insurrecciones sociales que sacudieron -y todavía sacuden- a varios países árabes. Insurrecciones que, en su conjunto, el autor de estas páginas estima que poseen alcance revolucionario, aunque el proceso general del fenómeno no encaje perfectamente dentro del paradigma revolucionario francés (1789), soviético (1917) o chino (1949).

Filiu parte de una premisa un tanto tautológica cuando arranca a escribir sobre la cuestión que nos concierne. La hora final de las “dictaduras sultaníes” ha llegado a su fin en el mundo árabe, lo que es válido si la afirmación va referida a los ex-presidentes Ben Ali, Mubarak, Gaddafi, y, quizás, a Bashar al-Assad en Siria y Ali Abdallah Saleh en Yemen; pero éste no parece ser el caso, hasta ahora, de las monarquías árabes más abiertas al cambio, como son las de Marruecos, Jordania, Qatar y Kuwait. Las dos primeras, por ejemplo, han operado una reforma desde dentro y desde arriba que hasta la fecha de terminación de este ensayo (febrero, 2012) parece haber detenido los levantamientos populares que se han producido tanto en el norte de África como en otros escenarios del mundo árabe.

Tiene este autor francés más razón que un santo padre cuando nos recuerda que no hay que pedir peras al olmo. Los orientalistas clásicos del Oriente musulmán, los expertos sobre Oriente Medio, y los magrebólogos mismos, han venido dando a entender que cada civilización lleva en sus gérmenes más recónditos el esplendor y la miseria de su identidad histórica. El complejo tándem árabe-islámico -e incluso turco y judeo-israelí-, siendo tal como nos lo representamos, no debe ser elegido en calidad de caso histórico clínico, o encarnación terrenal del maldito de la fábula (lo cual, dicho sea de paso, es más frecuente de lo advertible), ni tampoco en cuanto paradigma del éxito, sino aceptado tal cual es y se comporta a la vista del observador.

A partir de las evidencias a su alcance, Filiu apunta a continuación, con positivismo minucioso, a los factores que han convergido en los levantamientos norteafricanos, desde que Mohamed Bouazizi se autoinmoló el 17 de diciembre de 2010 en una pequeña ciudad de Túnez, como demostración maximalista de su protesta contra el sistema de Ben Ali. De acuerdo siempre con Filiu, se trataría de levantamientos sociales en los que las cohortes juveniles comprendidas entre los veinte y cuarenta años, aproximadamente, se situaron de inmediato en las vanguardias de la insurrección contra regímenes presidencialistas, pretendidamente hereditarios y con inclinación manifiesta al clientelismo a sueldo.

En efecto, si por un instante ojeamos las pirámides de población (por edades) de cinco naciones árabes (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto) durante 1990-2010, se observará cómo se describe gráficamente, en todas ellas, el fenómeno del crecimiento exponencial de las tasas de reproducción humana habituales en un régimen demográfico tradicional; mientras que la pirámide de un país como España, que se incluye como ejemplo, evidencia el estrechamiento progresivo de la base y la dilatación de las zonas intermedia y superior de su pirámide de población.

Si a este dato demográfico, se suma la alta tasa de paro juvenil y la incidencia económica doble -tanto de la crisis financiera como de las recesiones encadenadas que desde 2007 tienen su epicentro en el tándem euro-americano-, saltará a la vista la convergencia de causalidades que han hecho de los levantamientos norteafricanos, un movimiento social árabe protagonizado significativamente por jóvenes indignados y hasta coléricos, en el marco de la crisis financiera y la recesión económica que se han solapado en 2012.

Por el contrario, Filiu afirma que, a partir del momento inicial de las revueltas tunecina y egipcia entre el 14-25 de enero -muy avivadas por las redes sociales en un ejercicio de aplicación intenso-, la supuesta primavera árabe fue debida más al proceso interno de organización de los insurrectos que al protagonismo hiperbólico que no pocos publicistas han atribuido a la onda electrónica que viene caracterizando estos años de principios del siglo XXI.

Pecaría de osado el autor de estas páginas si se pronunciara sobre el peso específico con que han gravitado varios desencadenantes sobre el fenómeno de marras. Por ahora se trata de explicar en breve su causalidad, sea a través de las redes sociales, sea por la crisis y la recesión, sea debido al grado de organización de que venían haciendo gala los núcleos del Islam político tunecino y egipcio. En cambio, lo que sí resulta más evidente -y desde ahora comprobable- es que las manifestaciones, marchas, desplazamientos y sit-ins de cientos de miles de ciudadanos árabes que se han pronunciado contra los “dictadores sultaníes y asociados” al grito de ¡vete ya!, han venido todos ellos a desmontar la necesidad, supuestamente imperativa, de contar con un líder, cuando no un guía (zaim), que conduzca a la comunidad de fieles por el “camino recto”.

Si algo se desprende de todo lo sucedido hasta la fecha en El Cairo y Alejandría, en Cirenaica y Tripolitania, en Saná y en las ciudades de Siria que están plantando cara al dispositivo de la represión gubernamental, es precisamente su acefalia y espontaneidad originarias. De esta manera, la creencia de que sólo nuevos “padres de la patria” podrán salvarla de los males y acechanzas que la afligen y asedian, resulta ser una banderola desprestigiada por la capacidad improvisada de organizar la resistencia tanto ante las descargas disuasorias del poder, como frente a las artimañas del presidencialismo absoluto en la versión árabe contemporánea.

Un intelectual brillante donde los haya, el egipcio Alaa al-Aswani, contaba en L´Immeuble Yacoubian que, salvo algunos califas de la primera hornada del Islam, pocos otros gobernantes de esta estirpe habían demostrado prudencia, sabiduría y buen tino en la orquestación de los intereses tribales comunitarios y ciudadanos de los árabes. Quizá se trata de una generalización abusiva, pero la historia de los pueblos árabes en los últimos cien años -por causas exógenas (el colonialismo, por ejemplo), aunque con mucho, también, endógenas- avala el veredicto de Al-Aswani. Ésta es cuestión que Bernard Lewis planteó, controvertible pero diáfanamente, en su conocido ensayo ¿Qué ha fallado?

En consecuencia, todos los levantamientos del año 11, o han puesto en entredicho el abuso de poder majzení en Marruecos y hachemí en Jordania, o han ido disparados al “destronamiento” de las autocracias republicanas allí donde han podido hacerlo. Cabe temer, empero, que la constante histórica “conduccionista” , muy arraigada en el orbe norteafricano y medio-oriental, pueda estar esperando la hora de su reaparición en el muestrario público a la vista, por si le llegara el momento de una reinserción oportunista en los aparatos de gobierno y de re-acaparamiento del poder. No olvidemos que todo cambio “revolucionario” inspira sigilosamente la probabilidad de un cambio de signo en el decurso histórico que ha ido eliminando de Palacio los sultanatos hereditarios y sus parentelas clientelares.

No se le escapa a Filiu en su obra, contabilizar con precisión cómo los levantamientos sociales norteafricanos han venido proclamando libertad y justicia, sin que, en momento alguno, -desde que tuvieron lugar los atentados del 11 de septiembre de 2001 en las Torres Gemelas de Nueva York y en el Pentágono de Washington- hayan invocado a los referentes guerrilleros de Afganistán, al movimiento yihadí en general, y mucho menos a la Base (Al-Qaeda), por excelencia, del Islam político de corte salafí.

Diríase que una mentalidad joven, de vigor contestatario visible, pero no revanchista, gobierna el clima de protesta que predomina en el norte de África desde que las “revueltas” y los cambios “revolucionarios”, invadieron el campo especular de los árabes. Se trata de una sensibilidad imbuida de vocación libertaria y justiciera; extravíada, sólo en parte, en la fronda de la pasión contestataria.

Quizás quepa insinuar, aquí y ahora, que debido precisamente a esa indiferencia de los protagonistas sociales de las “revueltas” iniciales, tanto hacia los cantos de sirena del autoritarismo disfrazado con piel de cordero, como hacia los abogados de la violencia en calidad de última (¿única?) ratio, es por lo que han podido abrirse paso algunas potencialidades de un mundo árabe en trance de liberarse de sus empedernidos males crónicos.

“La revolución árabe -afirma Filiu- ha enterrado la alternativa de, o dictadura o islamismo, asidero permanente de todos los autócratas. Ha puesto de relieve, además, que la falaz alternativa de lo que se dirime hoy en la Región, consiste en la disyuntiva de, o democracia, o el caos. Como ésta es la única alternativa realmente en juego, es por lo que todos los dictadores (árabes) se empecinarán en volver cada vez más caótica la Transición a la democracia”.

El autor concluye alabando el hecho de que en Túnez -¡ojalá que en Egipto, también!-, ni el ejército, ni otros aparatos represores de Estado se han compadecido en un ápice de los verdugos y usurpadores que sucumbieron -y que sucumbirán probablemente- durante el transcurso de un año de cólera popular, pero también de saneamiento político.

III

REFLEJO ESPECULAR EN OCCIDENTE DE LAS “REVUELTAS REVOLUCIONARIAS” EN EL MUNDO ÁRABE


Se afirma repetidamente que la política de Estados Unidos en el Mashreq y Mesopotamia -hoy denominado Gran Oriente Medio, que a, horcajadas, se extendería desde Afganistán a Marruecos- mantuvo desde los primeros años de Guerra Fría un orden de prioridades claro y nítido: a) salvaguardar la producción, refinamiento y traslado del petróleo procedente de los países del Golfo, Iraq, Libia y Argelia; b) garantizar a su aliado permanente, Israel, respeto internacional y seguridad frente a sus vecinos territoriales y antagonistas; c) contrarrestar los nacionalismos exacerbados del tipo de los profesados por los generales y coroneles árabes de los años 50 y 60 del siglo XX -Kassem, Nasser y Bumedian, entre otros-; d) ahogar en el nido los intentos de nacionalización de las fuentes de energía gaseosa y petrolera en todo Oriente Medio, como ocurrió, por ejemplo, con el Dr. Mossadeq en Irán; e) y, en su momento, contrarrestar las veleidades diplomáticas que tuvo con la ex-Unión Soviética algún que otro país árabe. Es decir, trasladar la Guerra Fría en Europa al escenario que se privilegia en este ensayo.

Toda la política del Departamento de Estado americano desde Dean Acheson pasando por Foster Dulles y, prácticamente, hasta el final de la era Kissinger, estuvo basada en la defensa de estos cinco pilares, sobre los que reposó el interés nacional estadounidense en la Región durante cuarenta años.

El mundo árabe-musulmán -inclusive Turquía desde la época de la presidencia de Ismet Inönü (1938-1950); e Irán, a lo largo del reinado de Reza Pahlevi (1941-1979)- constituyó una doble “pieza” esencial para Gran Bretaña y su Commonwealth e Imperio con vistas a llevar a buen fin una suerte de imperial policy que sobrevivió hasta los años 50 del siglo XX. A partir de entonces, Estados Unidos pasó a detentar la categoría de potencia hegemónica en Oriente Próximo y Medio en el consabido proceso de sucesión en el cetro imperial. Se trata de una sucesión de hegemonías que ha descrito últimamente Eugene Rogan.

La consigna de Eisenhower, consistente en impedir que el panarabismo se tornara pro-soviético por despecho -como fue a ratos el caso del presidente Nasser en Egipto, o de más de un autócrata emanado de las filas de los partidos de raigambre socialista árabes, como el Baath sirio-iraquí-, fue un instrumento llevado a sus últimas consecuencias en todo el Oriente musulmán durante la zona de fechas antes acotada.

En puridad, fue en la escuela de Egipto donde Estados Unidos aprendió a tratar con las asociaciones de base y partidos políticos de inspiración islámica. La Cofradía de los Hermanos Musulmanes, que fundó Hassan al-Banna en 1928, fue anticipo institucional de ulteriores renacimientos y brotes menores que proliferarían tanto en el seno del Islam sunní como en su versión chií desde los años 40 en adelante. Véase a título de ilustración el caso de Said Ramadan, yerno del fundador de la famosa Cofradía egipcia, que mantuvo estrecha relación con la Agencia de Información Americana, según se desprende de un lote documental -desclasificado hace poco- procedente de los Archivos de la CIA. En puridad, las administraciones republicana y demócrata de los Estados Unidos, desde James Carter en adelante, fueron acoplándose a los vaivenes internos del Islam político en la Región, llegando incluso -como es harto sabido- a prestar apoyo armamentista y logístico a los guerrilleros afganos que terminaron de cerrarle el paso, en 1989, a las tropas de la ex-Unión soviética invasoras del bastión afgano. Fue, pues, en esta escuela surgida al calor del revival del Islam político, donde Washington creyó haber entendido el viraje subterráneo que iniciaron amplios sectores sociales de Oriente Medio entre 1948 (fundación del Estado de Israel) y 1979 (triunfo de la revolución en Irán, con el derrocamiento de la dinastía Pahlevi). Fue entonces cuando se estableció una república clerical, basada en la sharia, o ley y norma conductora de los buenos musulmanes, adeptos al credo y rito chiíes.

De aquellos polvos surgieron ciertos lodos que culminarían en el antagonismo prolongado mantenido por la Casa Blanca y sus departamentos pertinentes (secretarías de Estado y Defensa/ CIA), de una parte, y, de otra, el Islam político. El efecto difusor iría permeando todo el Oriente Próximo y Medio, aunque no ya sólo en Egipto, sino en Irán desde 1979, y en Turquía desde el ascenso del sunní PJD en 2002 a la primatura gubernamental en Ankara. Se generaría así un complejo entrelazamiento de visiones, sensibilidades, e intereses opuestos entre algunos países árabe-turco-iraníes y la imperial policy euro-americana en la Región. Oposición que en más de una ocasión ha conducido, sin embargo, a concomitancias manifiestas, como las que vinculan a Washington con Arabia Saudí y emiratos de bolsillo que nadan en un mar de petrodólares (Kuwait, por ejemplo), aunque haya aquéllos otros que están sobresaliendo en dimensiones inéditas hasta hace sólo diez años, como ocurre con Qatar en las esferas comercial y diplomática.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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