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editorial

Las imprescindible reformas en España

06-02-2010

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Las reacciones que ha suscitado la reunión mantenida este pasado viernes entre José Luis Rodríguez Zapatero y los agentes sociales acerca de una eventual reforma laboral han tenido la prudencia como nota predominante. No es para menos. Hasta ahora no había un triste documento sobre el que debatir, sino frases, ocurrencias e improvisaciones varias del jefe del Ejecutivo y de algunos de sus ministros. Qué duda cabe que el documento en cuestión es simplemente un borrador sobre el que efectuar cuantas correcciones sean precisas para lograr revertir la auténtica sangría de puestos de trabajo que está padeciendo la economía española, pero al menos es algo.

Hay propuestas interesantes. Buena prueba de ello es que sindicatos y patronal han sido capaces de ver aspectos positivos, aunque cada uno desde su prisma particular. Así las cosas, y habida cuenta de lo infrecuente que es que el Gobierno proponga algo tangible en lugar de virtual, justo es reconocerle su valor. Cierto que, como dice Convergencia i Unió, “hay más música que letra”, pero tiempo habrá de componerla. Sobre todo, la música ha sonado como las trompetas de Jericó; tanto que hasta los políticos de la imagen virtual como el señor Zapatero empiezan a escuchar la realidad: parece que va calando en la sociedad española la convicción que, para salir de esta crisis, deben adoptarse medidas severas, drásticas y de alcance.

En primer lugar, el tan demonizado abaratamiento del despido no parece ser ni tan traumático ni tan generalizado, utilizando además una fórmula que ya existía en la legislación laboral española -33 días de indemnización por los 45 habituales en modalidades de contratación específicas-. Esa puede ser una de las claves, no ya en materia laboral, sino a nivel jurídico general: ya había herramientas en el actual marco laboral aprovechables para reactivar el empleo, aunque su uso era residual. Además, no sólo cuestión de flexibilizar los despidos. Hay que empezar por abaratar y simplificar -valga la redundancia- la creación de empresas y de los contratos de trabajo. Otra de las claves puede estar en la potenciación de determinados tipos de contratos, sobre todo los destinados a jóvenes que buscan su primer empleo, así como en la formación. Es ésta una materia donde cojea ostensiblemente el actual sistema español; los llamados cursos del INEM en ocasiones le cuestan al erario público mucho más de lo que valen. Otros, en cambio, son realmente interesantes y la formación que aportan es muy útil, pero quienes los hacen cuentan con el estigma de la “marca INEM” que le resta credibilidad. Además, legislar sobre conciliar vida laboral y personal es algo que puede redundar en beneficio del empleo femenino, peor remunerado y más precario que el masculino. Faltan muchas cosas por abordar, y el texto, como no podía ser de otra manera viniendo de quien viene, está plagado de imprecisiones. Pero al menos es un punto de partida. Y en este viaje han de ir unidos Gobierno, oposición y agentes sociales. Va en juego la viabilidad de España.







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