Marx ha sido el economista que más ha influido en la historia. Su legado histórico sigue vivo en regímenes como el de Cuba o Corea del Norte. Intelectualmente fue rebatido suficientemente ya en su época. Y con más consistencia años después. Pero una parte de la población sigue recurriendo a él, incluso sin mencionarle y sin saber de la influencia que recibe de este autor.
Como
Keynes, Marx fue un hombre que vivió como un burgués, muy por encima de los medios que tenía el común de los alemanes, o de los ingleses cuando fue a vivir a aquél país. Pero Marx se asocia a “los trabajadores”, como clase, porque en ellos eran el motor de la revolución que acabaría con todas las revoluciones, con todos los regímenes existentes y, a la postre, con la misma historia.
Karl Marx, estrictamente, no tenía una teoría del ciclo económico. Puede resultar exraño, ya que él hizo de la crisis capitalista el centro de su teoría. Pero era una crisis secular, milenarista en realidad, pues Marx asumió el esquema milenarista, y las fluctuaciones decenales del capitalismo le interesaban bastante menos. No obstante, de sus obras sí se puede desprender una teoría del ciclo, o al menos una explicación del mismo, quizás sin las pretensiones generalistas de una “teoría”.
Según Marx, el capitalista obtenía una plusvalía sobre la única fuente de valor, que era el trabajo. Esos beneficios determinan la producción. Esa producción se realiza acumulando capital. A medida que acumula capital, los beneficios caen. Entonces, se producen despidos, se acumulan parados y éstos tienen que reducir el salario hasta que se restituye la plusvalía. Y entonces empieza de nuevo. No es una carrera sin fin, sino que lleva a la pauperización de la clase obrera, y a que muchos capitalistas acaben formando parte de ella. Y, al final, acaba en la revolución proletaria. Pero mientras, ese camino hasta la revolución no se hace de forma suave, sino con ciclos.
Hoy nadie cree en ello. Pero Marx es relevante para esta crisis no por sus ideas sobre cómo se producen los ciclos sino por otras razones indirectas. Una de ellas es que Marx adopta la teoría del subconsumo. Que no es suya ni mucho menos, pero se adhirió a una concepción que siempre ha tenido mucha fuerza y que ahora también la tiene. La economía no va bien porque no consumimos lo suficiente. Si despedimos empleados públicos, si las empresas despiden trabajadores, ahondarán en la recesión porque no habrá consumo suficiente para la producción.
Es relevante, también, porque se oyen algunas voces, aunque ya pocas, que hablan del fin del capitalismo. En los años 30', aquélla década dorada para el totalitarismo, muchos miraban a la Gran Depresión como la última de las grandes crisis del capitalismo antes de sucumbir a las inexorables leyes de la historia, que llevaban al socialismo. Ya no se ve del mismo modo. Pero, sin la complejidad y la fuerza teórica de Marx, de hecho sin muchas ideas que merezcan ese nombre, una parte importante de la población cree que el capitalismo está en crisis, que tiene en sí la semilla de su destrucción, y que antes o después sus contradicciones internas le harán saltar por los aires.
El marxismo hace un análisis basado en las clases económicas. Define estas clases en términos muy estrictos, referidos a la propiedad de los medios de producción. Los marxistas, incluso los que han leído a Marx (que son muy pocos), se han desprendido de este mecanicismo, que resulta inoperante, pero hablan en términos que todo el mundo puede entender: ricos y pobres, potentados y orillados por el capitalismo. Estos términos son asumidos por una amplia mayoría, y se utilizan para explicarse la crisis económica. Además, están en ocasiones bien anclados en la realidad, aunque la explicación de todo el fenómeno no tenga porqué ser la del marxismo vulgar.
Porque eso es lo que nos queda. Un marxismo vulgar, que ni menciona al maestro, que es una degradación sencilla y un poco cutre de sus ideas, pero que resulta asumible para un electorado amplio, que es de lo que se trata.