Anoche se estrenó en el
Teatro Real de Madrid la tercera y última de las siempre rentables colaboraciones entre el compositor valenciano
Vicente Martín y Soler y el libretista italiano Lorenzo da Ponte. L'arbore di Diana es una de las alrededor de 70 óperas producidas en el Burgteather de Viena bajo el auspicio de los emperadores José II y Leopoldo II, entre 1783 y 1792, pero, es también la que más éxito tuvo entre el público de la época, con 65 representaciones sólo en ese teatro, muy por encima de algunos de los títulos más conocidos de Mozart como Don Giovanni o Las bodas de Fígaro.
La que desde anoche y hasta el próximo día 26 de marzo se puede ver en la capital es una coproducción del Teatro Real con el Liceo, donde ya se estrenó a principios de la actual temporada, y presenta una escena que viste al barroco con una abrumadora estética manga. Su creador, el director de escena
Francisco Negrín, ha dispuesto un envoltorio del siglo XXI para que el mundo mitológico de dioses, ninfas y pastores en el que se desarrolla la acción de este dramma giocoso resulte más cercano a los aficionados de hoy. Lo cierto es que el libreto, con claras referencias a la sensualidad y a la sexualidad, escandalizó a algunos espectadores y críticos de la época.

Y es que la
historia inspirada en el mito griego de la diosa Diana, que mataba a aquellas ninfas que perdían su virginidad, fue vista también como una alegoría de las transformaciones llevadas a acabo por José II, ilustrado y partidario de la tolerancia ideológica en el imperio, en contraste con las políticas de censura y represión que imperaban en la última parte del reinado de su madre María Teresa. Claro, que en el siglo XXI poco podían escandalizar esas referencias y Negrín ha tenido el buen gusto de no rizar el rizo para intentar conseguir que ahora provocasen escándalo igual que lo hicieron entonces. De forma que Negrín acierta con el cambio de estética basado en los personajes y en su vestuario de comic
Ninja japonés, aunque el escenario encerrado en una especie de caja resulte estático y frío. A veces, sencillamente monótono, una vez que se han utilizado todos los colores de la excelente iluminación a cargo de Bruno Poet, uno de los más dinámicos iluminadores del panorama actual y galardonado con el premio Victorian Green Room por su magnífico trabajo en Rusalka en la Ópera de Sidney.

Con la garantía del foso asegurada por la batuta de
Ottavio Dantone, director de la Accademia Bizantina, especializada en la recuperación de música barroca, al frente de la orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, el capítulo de las voces presentaba la peculiaridad de contar con tres cantantes rusos en el primer reparto. La soprano
Lyubov Petrova fue, sin duda, la más aplaudida por el público que apreció su interpretación de Diana, enfrentada al otro personaje principal de la obra, Amore, a quien dio vida una siempre correcta
Marina Comparato. Sin embargo, fueron las voces masculinas, especialmente la del tenor
Dmitri Korchak, las que más aportaron a esta producción acogida por un público del Real bastante dividido entre quienes no esperaron ni siquiera la caída del telón para levantarse de sus butacas y aquellos que quisieron aplaudir en pie a todos los protagonistas, también a los responsables de su puesta en escena.