En una aceña del Tormes
martes 09 de marzo de 2010, 21:53h
El último número de El Cultural, suplemento literario del diario El Mundo, anuncia en portada y también bajo la mancheta del periódico que el Lazarillo de Tormes ya tiene autor y deja, en consecuencia, de ser anónimo como a tantos nos enseñaron, o apócrifo, según precisa Francisco Rico, pues firmado está.
El lenguaje periodístico, quién lo duda, difiere del usado por el ensayo académico y tiende de suyo a la hipérbole y rotundidad, máxime cuando lo que se ofrece al lector tiene visos de primicia.
La autoría de Diego Hurtado de Mendoza la apoyaron muchos desde que el belga Valerio Andrés Taxandro la aventuró en 1607, e incluso circularon varias ediciones bajo su nombre. Faltaban las pruebas filológicas que la confirmaran y, sobre todo, la sanción de los estudiosos.
Ahora, parece que la prestigiosa paleógrafa Mercedes Agulló va a publicar un libro con los documentos que la corroboran de manera fehaciente.
El Cultural incluye un artículo del profesor Pablo Jauralde anunciando la nueva vida libresca que aguarda al Lazarillo.
De ser así, quedaría esclarecido uno de los misterios más fecundos entre los filólogos y se vería, una vez más, cuán limitada es la teoría romántica que postula una correspondencia sin fisuras entre el mundo del escritor y el de su obra o sus personajes.
En este caso, nunca se dudó de que, quienquiera que hubiera escrito tan extraordinaria y retórica novela autobiográfica, tenía que ser persona culta y leída en grado sumo.
El jugoso y vivaz lenguaje del Capitán Alonso de Contreras en sus fabulosas y auténticas Memorias, por ejemplo, dista mucho de la filigrana renacentista del prólogo del Lazarillo, donde se parodia, en el arranque, el tópico del exordio:
“Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade y a los que no ahondaren tanto los deleyte”.
Así, Morel-Fatio, uno de los más destacados entre los hermeneutas y valedores de la obra, apuntaba al círculo de los hermanos Valdés, y no faltó quien pensara en el humanista Juan Luis Vives. Los presuntos padres son copiosos.
Tal vez se pregunten ustedes por las consecuencias -si acaso prospera- del arduo y documentado descubrimiento de Mercedes Agulló.
Algunas son fáciles de prever, como anticipa Pablo Jauralde; otras muy deseables. Proliferarán las ediciones y los comentarios; aumentará su lectura.
El Lazarillo estuvo felizmente vivo desde su llegada al mundo. Dio lugar al sustantivo lazarillo para acompañante y auxiliar, humano o perruno, de ciego, tal como su hermana mayor Celestina nos procuró el nombre por antonomasia de las lenas o terceras. Tuvo continuaciones de inferior calidad, conforme sucede con las obras maestras de éxito.
Lo llevaron al cine y al teatro en forma de monólogo y, convertido en cuento, goza de mucho aprecio entre los infantes. No es de extrañar.
Larga vida tengan Lázaro –nacido en una aceña del Tormes- y sus amos.