El uso de nuevas tecnologías aplicadas a la restauración y conservación de obras de arte es un hecho, pero ¿qué falta por abordar todavía? Expertos en la materia citan el desarrollo de técnicas portátiles de análisis y el uso de disolventes que no generen residuos tóxicos.
“La mayor parte de las técnicas de análisis que se emplean en el estudio de los bienes culturales han sido desarrolladas previamente en otras áreas de investigación científica, industrial o medicinal”, afirma
David Juanes, del Instituto Valenciano de Conservación y Restauración
(IVC+R), una de las instituciones con más prestigio en esta materia.
La progresiva adaptación de dichas tecnologías a la puesta en valor de
obras de arte ha facilitado el conocimiento de estructuras internas, detectar añadidos o falsificaciones, conocer la técnica del artista, desvela posibles modificaciones del dibujo y conseguir información sobre la composición de los pigmentos.
Sin embargo, no existe ninguna técnica de análisis que proporcione toda la información que se necesita para intervenir una obra de arte. Así lo cree Juanes, quien considera que es por este motivo por el que es necesaria la suma de varias
tecnologías para dar con una visión completa de, por ejemplo, los materiales utilizados por el artista, el modo de empleo o las causas de degradación de la obra.

“Se emplean técnicas sencillas como la fotografía visible o la
fluorescencia ultravioleta, o más complejas como la
reflectografía infrarroja, el análisis multiespectral, la radiografía fluorescencia de
rayos X, el Raman, la microscopia óptica o electrónica de barrido, la espectroscopía infrarroja o técnicas cromatográficas”, explica Juanes.
María Ballestero, directora de
Altramentum, empresa dedicada a la conservación de obras de arte, explica que los
restauradores “se sirven cada vez más de técnicas científicas o analíticas que permiten conocer la obra más en profundidad”.
Así, “se llevan a cabo estratigrafías que permiten conocer la composición de las diferentes capas de la que se compone la capa pictórica, además de análisis de pigmentos, aglutinantes o resinas, lo que sirve de ayuda para conocer los materiales compositivos y los disolventes que se pueden utilizar para su
limpieza”.
También hay medios físicos que aportan una valiosa información, entre los que, según esta empresa especializada, cabe citar los estudios radiográficos, que informan sobre “características del soporte, tipo de tela, uniones o la presencia de clavos” y la reflectografía infrarroja, “que permite observar el
dibujo preparatorio, cambios de composición en la escena, firmas ocultas, repintes, restauraciones anteriores o barnices modernos”.
Durante los trabajos de intervención, los restauradores se sirven de
medios auxiliares como “focos de luz, lupas binoculares, microscopios electrónicos, microtornos, medios de abrasión mecánicos de velocidad controlada, aparatos de limpieza con ultrasonido, tecnología láser o cámaras de envejecimiento, si bien se trata de materiales “caros” que no siempre están al alcance de cualquiera, dice Ballestero.
Pero, ¿cómo van a
evolucionar las técnicas de restauración y conservación de obras de arte? Juanes afirma que los avances están encaminados “al diseño y puesta a punto de
técnicas portátiles de análisis sin toma de muestras, de manera que los estudios puedan realizarse
in situ evitando el desplazamiento de la obra”.
De cualquier forma, este experto cree que por ahora es “inviable” obtener determinada información “si no se toman pequeñas
micromuestras”, por lo que también se está trabajando en el desarrollo de técnicas de análisis “mucho más sensibles” que permitan que la toma de muestra “sea muy pequeña” para que no afecte a la obra ni a su lectura.
Ballestero cree que, hoy por hoy, cuando se plantea la restauración de una pieza se busca el mejor resultado mediante el uso de materiales que sean “reversibles”, aunque en ocasiones sean “agresivos tanto para la obra como para el restaurador”. Pero además de esta cuestión, cada vez más se tiende a buscar que dichos materiales sean lo más inocuos posible: “Se buscan otro tipo de disolventes y otros modos de aplicación, por ejemplo en forma de geles, que
no generen residuos tóxicos y permitan controlar mejor los tratamientos. Se están haciendo muchos estudios al respecto y quizá el futuro más cercano de la restauración vaya en esta dirección”.