Kiseki, el milagro, y la deuda soberana
miércoles 25 de abril de 2012, 21:21h
El milagro está más de moda que nunca. Si no ha llegado a las revistas de moda y tendencia es porque no ha nacido el fotógrafo que lo pueda fotografiar sin usar trucos. La cirugía estética y el photoshop nos han acercado a él en este siglo, de la misma que la pintura lo hizo al final de la Edad Media y el Renacimiento. La iglesia se convirtió entonces en la principal gestora del milagro. Pasados ya los años de la apariciones marianas, el milagro consiste hoy en despertarse y ver el rostro de alguna actriz famosa o alguna presidenta de gobierno sin arrugas, algún presidente súbitamente con pelo, o alguna foto de guerra en la que los civiles desaparecen como por arte de magia. O aparecen, que la aparición y la desaparición son las dos formas básicas del milagro. Pero hoy, el auténtico milagro sería otro: que nos despertáramos y, de golpe y porrazo, comprobáramos que la deuda española se ha colocado a un 1%, que la tasa de paro roza el 3% o que nuestros presidentes de gobierno, por intervención de algún espíritu santo, pueden hablar repentinamente en inglés fluido. Aunque claro, hay milagros que nunca llegarán. En su última película que se acaba de estrenar en Madrid, Kiseki (El milagro), el director japonés habla de ello.
En la película, dos niños hermanos viven en ciudades diferentes tras la separación de sus padres. El mayor, con la madre en Kagoshima, una ciudad al pie de un volcán siempre humeante; el menor, con el padre en Kansai. La madre y el hermano mayor viven ahora con sus padres, fruteros y pasteleros. El padre, un músico bohemio hijo de los años de la movida japonesa –sí, también en Japón hubo movida—, y el hijo menor viven en una casa desastrosa con una pequeña huerta. El mayor sueña con que la familia se reúna de nuevo, y odia el agujero en el que vive, el volcán y sus cenizas y los viejos que hacen tertulia en la casa/tienda de su abuelo. El pequeño, vive como el padre, libre, adaptándose a los pequeños rayos de luz que brotan en las frutas de la huerta y en los rincones de su pequeña vida. Entonces surge la posibilidad del milagro. Una posibilidad infantil, como siempre tiene el milagro, pero extremadamente fuerte. Y urden una trama para que el milagro se cumpla. Pero, naturalmente, el milagro pasa de largo, como pasan los trenes de alta velocidad japoneses, a exactamente la misma velocidad.
La película está narrada con un estilo camp, inocente y visualmente apetecible, como un pastel suave de sabor antiguo. Kore Eda es un maestro en introducirnos en el horror de la modernidad y sus esperanzas como si estuviéramos entrando en un cielo del Tiepolo cuajado de angelotes. Ya lo demostró en Maboroshi, Nadie sabe y Still Walking, por ejemplo. Yo espero que lo siga haciendo por muchos años más, porque sus películas son fábulas de belleza y horror en las que siempre brilla un rayo de esperanza, la esperanza que Rohmer buscó en aquel rayo verde tan elusivo.
Los niños, como decía, urden la trama del milagro, pero este pasa y ellos siguen tan felices, o más felices aún. Y de repente, el espectador se da cuenta de que a lo que ha asistido es a otro tipo de milagro bien diferente: no el de que se cumplan los sueños del photoshop, sino el de la aceptación de la realidad. Los niños vuelven a sus ciudades, pero la ceniza del volcán ya no es una molestia sino algo más a tener en cuenta, los viejos no son molestias sino depositores de una sabiduría lenta, pequeña, aparentemente inútil pero profundamente confortadora. Como el sabor antiguo de un pastel casero.
Kore Eda es un director moderno pero su sabiduría es búdica, gnóstica, mística. El niño pequeño, el que vivía con el desorden de su padre y sacaba lo bueno de ello lo sabía. Los niños, ya se sabe, cuanto más pequeños más saben. Y ese quizá sea el buen milagro que ahora debamos esperar: saber mantener el niño pequeño vivo dentro, aceptar el desorden de la realidad, trabajar con él y, de vez en cuando, cantar una canción. Porque el día que nuestros tablets nos digan que la deuda se ha colocado a un 1%, que el paro se ha reducido a un 3% y que nuestros presidentes de gobierno hablan fluidamente inglés habrá que empezar a dudar seriamente de los milagros.