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El barrido del Congreso en busca de “canarios”

miércoles 30 de octubre de 2013, 20:18h
A veces no puedo evitar la sensación de que me he perdido algo. Igual que si acabara de despertar de una larga hibernación durante la cual las cosas han cambiado tanto que no me queda más remedio que volver a construir un pensamiento que coincida con la tendencia de moda en los nuevos tiempos. Puede ser que de tanto leer novelas de espías, haya quedado atrapada en el convencimiento de que la otra profesión más antigua del mundo lo único que ha hecho con el transcurso de los años y la aparición de las nuevas tecnologías, ha sido ganar en recursos y globalizarse lo mismo que nos hemos globalizado todos en esta primera década y pico del siglo XXI. Lo sé, me dirán que reconocer la existencia de espías a lo largo de la Historia no debería suponer que estos tengan carta blanca para dedicarse alegremente a pinchar las comunicaciones de cualquier ciudadano del mundo, a no ser que existan pruebas de peso contra el mismo. Añadirán, también soy consciente de ello, que en un mundo garantista como, afortunadamente, tiende a serlo el nuestro en las sociedades democráticas, ningún país, ni siquiera los Estados Unidos de Obama, tiene derecho a violar la privacidad de los habitantes e, incluso, de los mandatarios de los estados aliados, es decir, supuestamente amigos.

De acuerdo. En lo que me pierdo es en por qué antes se sospechaba y admitía con ese resignado silencio o despreocupación que todo lo otorga, mientras que, de repente, en unos cuantos días, nos llevamos las manos a la cabeza lo más teatralmente posible para pedir a la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos que explique cómo es posible que sus espías se hayan dedicado a espiar “tanto”. Perdonen el cinismo, pero ¿de verdad pensaba alguien con anterioridad a este episodio que la información recabada por la CIA o la NSA se circunscribía únicamente a lo que se cocía dentro de sus propias fronteras o las de los países declaradamente hostiles? Sí, puede que hace años esto resultara lo más frecuente, pero precisamente los primeros en darse cuenta de ello fueron los terroristas, a quienes les resultaba mucho más seguro reunirse en países europeos amigos de su enemigo para pasar desapercibidos como jamás lo habrían logrado en estados islamistas sospechosos de dar cobijo a peligrosos radicales.

Sin embargo, ahora, países europeos como Alemania, Francia y España hablan de desconfianza e, incluso, de deslealtad a la hora de calificar la nueva filtración de Snowden, quien, por cierto, encontró refugio en la cuna de aquel otro mítico servicio de inteligencia, el temido KGB, desde donde mueve los hilos de sus filtraciones o, más bien, deja que los muevan por él. Y aunque haya llovido mucho desde aquellos tiempos de la Guerra Fría, los más cinematográficos y literarios en cuanto a la temática que nos ocupa, seguro que en Rusia siguen con interés, imagino que también con un pelín de sorna, las declaraciones de los mandatarios amigos de Obama contra sus servicios secretos. Y si no es con sorna, seguro que sí con bastante perplejidad. Quizás no tanta como la del principal protagonista de esta enésima historia de espías, es decir, la NSA, que, por supuesto, ya se ha defendido por boca de su director, el general Alexander, quien no ha dudado a la hora de devolver la calentita patata al tejado de los europeos. Ya que a la prensa de algunos de sus aliados le ha dado por escandalizarse con lo que han denominado espionaje masivo, provocando llamadas a los embajadores norteamericanos y anuncios de petición de explicaciones, Alexander ha considerado oportuno aclarar que las comunicaciones interceptadas no lo fueron directamente por ellos, sino por los servicios secretos correspondientes de cada país, que, a su vez, las pasaron a la NSA. Vamos, el clásico trueque de cromos de información confidencial con el que siempre se ha manejado el espionaje internacional. Un mensaje, el de Alexander, que supone algo así como decirnos que dejemos de mirar la pajita en el ojo ajeno y nos apliquemos en buscar la viga del nuestro.

Pues si hay que ponerse a buscarla, cuanto antes, mejor. Rajoy se ha apresurado a anunciar en el Congreso la comparecencia del director del CNI en la comisión de secretos oficiales, que, como es lógico, se celebra a puerta cerrada. A nadie se le escapará que, tratándose de materia reservada, lo que al final declare Sanz Roldán la próxima semana será de todo menos clarificador. Como siempre, creeremos enterarnos de algo, cuando, en realidad, - eso no cambia nunca – nos enteraremos de aquello de lo que quieran que nos enteremos. Y para que nadie se ponga pesadito, dale que te pego a preguntar, irán ofreciendo migajas de titulares. Hoy nos han contado, por ejemplo, que el edificio de la carrera de San Jerónimo ha sido objeto de un exhaustivo barrido, sorpresa y de madrugada, para que allí no quede ni un “canario” en funcionamiento. Suena bien como titular, aunque ya ha explicado Jesús Posada que se trata de algo que se realiza de manera habitual con independencia de ese espionaje masivo que, según muchos expertos en la materia, de masivo tiene lo justito. Los aproximadamente 60 millones de llamadas interceptadas en España entre diciembre de 2012 y enero de 2013 – periodo que refleja la documentación hecha pública por Snowden – suponen un 1.8% del total de 3.200 millones de llamadas que se realizan mensualmente en nuestro país. Por otra parte, según esa misma documentación, no se interceptaron llamadas de manera indiscriminada, sino solo las “que respondían a una serie de palabras clave determinadas por la inteligencia norteamericana”.

No sé, puede que, al final, lo único que me haya perdido sea el mosqueo morrocotudo de la canciller alemana cuando se enteró de que su propio teléfono móvil había sido pinchado. Como recuerdan, ese fue el germen del levantamiento contra los cotillas estadounidenses que no han sabido respetar las fronteras, no de los países, sino del propio espionaje, en el que, a veces, se acaba yendo demasiado lejos. En realidad, hasta donde se les deja en los contadísimos casos de los que acabamos teniendo constancia, en vez de, simplemente, imaginarlo.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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