Contemplar un cuadro y dejar volar la imaginación. ¿Quiénes son esas personas congeladas en el tiempo? ¿A qué se dedican? ¿Qué hacían justo antes del momento en que quedaron plasmadas para siempre en un lienzo? ¿A qué se dedicaron inmediatamente después? El arquitecto, fotógrafo y cineasta austríaco
Gustav Deutsch ha convertido este juego en su obsesión de los últimos años, dedicados a descifrar el contexto que envuelve a las obras
Edward Hopper, darle un significado global y reproducirlo en imágenes, exprimiendo las posibilidades de iluminación, escenografía y color e insertando personas de carne y hueso como habitantes del particular mundo del pintor estadounidense. Pasado por el tamiz de una cámara cinematográfica, el resultado es
Shirley. Visiones de una realidad, una obra a caballo entre la ficción y el videoarte que llega este viernes a la cartelera española.
Un total de 13 pinturas de Hopper cobran vida para contar la historia de una mujer cuyos pensamientos, emociones y contemplaciones personales narran la historia de Estados Unidos. La cinta recorre la vida de la protagonista, una actriz llamada
Shirley (Stephanie Cumming),
durante los años 30, 40, 50 y principios de los 60, para reflejar, a través de esta mujer fuerte y consciente de su deseo de influir en lo político, lo social, y lo cultural, toda una era clave de Norteamérica: desde Pearl Harbor hasta Martin Luther King, pasando por la conquista del espacio, la era McCarthy, el asesinato de Kennedy, la Guerra de Vietnam, Elvis Presley, Bob Dylan, la canción protesta, Marilyn Monroe, la Gran Depresión o el fordismo. Tal y como asegura el cineasta, “la Historia se compone de historias personales”.
¿Por qué Hopper?El retrato de la Historia, con mayúsculas, de Estados Unidos a través de un relato de vida personal que abarque las décadas de los 30 a los 60 podría haberse trasladado al cine de muchas y diversas formas (de hecho, se ha hecho). Sin embargo, pocos artistas han plasmado como Edward Hopper la cotidianidad del ciudadano medio estadounidense en esta etapa central del siglo XX.
Deutsch enraíza su “fascinación” por el pintor en dos puntos. Por un lado, la
influencia bidireccional de Hopper y el cine: él, como cinéfilo declarado que fue, dejó en su obra gotas del cine negro a través de la iluminación y el encuadre; de vuelta, una buena parte del gremio de cineastas, empezando por Hitchock y acabando por Martin Scorsese, imprimen una más o menos sutil huella hooperiana en sus producciones. Por otra parte, al realizador austríaco le atrae la clasificación establecida Hopper como
pintor realista ya que, puntualiza, “Hopper no retrata la realidad, sino que la escenifica” y “la puesta en escena y el montaje de la realidad son también parte de la naturaleza de esta película”.
El germen de
Shirley. Visiones de una realidad, es la contextualización de trece obras de Hopper. A través del montaje, Deutsch cuenta una historia, descubriendo nuevos significados de las pinturas, probablemente distintos a la intención original del artista norteamericano.

“Lo fascinante de Hopper es que
sus protagonistas experimentan u observan algo que no comparten con nosotros, ya que no se representa. Muchas de las mujeres de sus cuadros miran por la ventana, observan o reaccionan a algo, y no sabemos lo que es, y eso da pie a la invención”. Así, el cineasta ha descifrado (o inventado) el significado de cada pintura interpretando el ‘fuera de cuadro’ e introduciéndolo en la escena correspondiente en su película a través del sonido o del monólogo interior de la mujer. La idea principal de Deutsch era, dice, “la de
‘vivificar’ las imágenes, imaginar lo que pasó poco antes y después del momento que permanece congelado en la pintura de Hopper”.
Fue en 2005 cuando el realizador comenzó a trabajar en
Shirley. Visiones de una realidad junto a su compañera sentimental y artística,
Hannah Schimek y, según cuenta,
el color fue la primera de las obsesiones: “entender cómo los colores de Hopper consiguen ese juego fascinante de frío y calor, de luz y sombra, y saber trasladarlo a la gran pantalla”. Armados con una paleta de colores entraron en muchos de los museos de Estados Unidos que exponen obras originales del artista, aunque esa primera medición del color tuvo que ser modificada en varias ocasiones por la influencia de la luz y la digitalización de las imágenes.
Otro reto del proyecto, especialmente para Deutsch dada su condición de arquitecto, era traducir al medio cinematográfico la distribución de los
espacios, inclinando los muebles y escogiendo los ángulos de cámara adecuados. Además, según señala el director, “las
dimensiones con las que Hopper trabaja son increíbles: camas de tres metros de longitud y sillones tan estrechos que es casi imposible sentarse en ellos”, de modo que tuvieron que tener en cuenta qué elementos era viable que funcionaran en la gran pantalla y cuáles no.
Además, el
diseño de iluminación llevó incluso más tiempo que el rodaje. Era necesario reproducir con la mayor precisión posible los juegos de luces y sombras con los que se explaya Hopper en sus pinturas pero resultando creíble en un sentido cinematográfico.
En los
planos,
Shirley. Visiones de una realidad, adopta la mirada del observador, una posición de voyeur o la propia del espectador, adaptándose dentro del cine al estatismo de la pintura y aceptando limitaciones como la cámara en mano o el plano-contraplano, elemento base del lenguaje cinematográfico. “El reto”, dice Deutsch, “era, por supuesto, evitar el aburrimiento y crear el suspense de una manera sutil”. Si lo ha conseguido, lo determinará el espectador español a partir de este viernes.