La primera novela de Guillem Martí (Barcelona, 1988) rescata del olvido una de las historias más asombrosas de la Guerra Civil española. En 1939, el Komintern ordena destruir Barcelona. Las tropas rebeldes no tardarán en desfilar por la Diagonal, la guerra en Europa es inminente y, bajo la dictadura de Franco, España se convertirá en una pieza esencial en la estrategia militar de las potencias fascistas. Stalin considera necesario sacrificar las zonas arrebatadas por el enemigo. Solo una política de “tierra quemada” podrá evitar que se utilicen sus recursos contra los países dispuestos a luchar contra Hitler y sus aliados. El objetivo es volar por los aires las principales infraestructuras de la Ciudad Condal: centrales eléctricas, puertos, comunicaciones, depósitos de agua, red de alcantarillados, hospitales. Se estima que esta medida causará unas 200.000 bajas civiles, pues entre los blancos seleccionados se encuentran los depósitos de municiones escondidos en los túneles del metro. Miquel Serra i Pàmies, consejero de Obras Públicas de la Generalitat y dirigente del PSUC, se ofrece voluntario para ejecutar la orden, alegando que la responsabilidad debe recaer sobre un político y no sobre un militar. De esa forma, no se podrá cuestionar la legitimidad de una decisión tan dolorosa.
Guillem Martí no ha recurrido a los archivos. Narra la historia del hermano de su bisabuelo, que frustró los planes del Komintern, asumiendo grandes riesgos personales y familiares. El control de Barcelona se hallaba dividido entre la Generalitat, el gobierno de la Segunda República y el PCE, que actuaba bajo la supervisión de los agentes del NKVD. Había que jugar a varias bandas, calculando el efecto de cada movimiento. Pàmies salvó a los barceloneses de una masacre, explotando la persuasión y el ingenio. Aunque logró escapar de los franquistas, no pudo librarse de un proceso en Moscú, que le envió a un Gulag. Increíblemente, consiguió fugarse de la estepa siberiana. Cruzó Japón, Los Ángeles y Chile, exiliándose finalmente en México. Algunos han cuestionado la presunta orden de reducir Barcelona a escombros, sacrificando miles de vidas. Guillem Martí objeta que la política de “tierra quemada” se llevó a cabo en Girona, Figueras y Lleida, donde se destruyeron puentes, polvorines e iglesias. Se puede argüir que no es comparable la voladura de un puente con la devastación de una gran ciudad, pero no es menos cierto que las ideologías totalitarias no conciben la derrota, sin orquestar un crepúsculo wagneriano.
Al margen de las cuestiones históricas, ¡Quemad Barcelona! es una excelente novela, con una prosa solvente y unos personajes bien elaborados. La historia de amor entre Miquel Serra i Pàimes y Teresa Puig es particularmente conmovedora. La caída de Barcelona les separará, pero protagonizarán un emotivo reencuentro, que evoca los mejores momentos de las comedias románticas del viejo Hollywood. La relación entre Yuri Lazarev, frío y brutal agente del NKVD, y Trini, una corista del Apolo, carece de esa ternura, pero explora afectos más complejos, como la paradoja de amar a alguien que ha cometido horribles crímenes. Martí muestras sus dotes de gran narrador en la frustrada violación de Teresa y Trini. La escena no escatima espanto, pero no se despeña por truculencias innecesarias. La experiencia del exilio solo profundizará el abismo moral de la Guerra Civil. Las divisiones políticas continúan en la derrota, alimentando el encono y el fanatismo. ¡Quemad Barcelona! es un brillante debut literario que amplía el conocimiento de nuestra peor tragedia colectiva. Miquel Serra i Pàimes me recuerda a Melchor Rodríguez García, el anarquista que frenó las matanzas de Paracuellos. En las guerras, hay poco espacio para la ética y la justicia, pero incluso en esas circunstancias aparecen unos pocos hombres buenos que salvan la dignidad de todos y nos permiten mirar hacia el futuro con esperanza.