El germen irradiador que posee la vida de ciertos escritores resulta un misterio fascinante y es complejo substraerse a su vértigo si ya caímos con anterioridad en la maraña de su obra. A la postre resulta “cotilleo de altura”, como lo definió la tierna ironía de George Steiner en alguna ocasión pero no cabe duda de que somos humanos, demasiado humanos, por decirlo con otro filósofo. En esencia, sospecho que buscamos allí lo que no desciframos pero sí intuimos en otras páginas; un mejor comprender, vaya. Esa otra literatura dedicada a la vida del escritor tiene cada vez más presencia entre nosotros, curiosos impenitentes, acaso para suavizar la altura de ciertas obras. El caso de Pablo Neruda resulta paradigmático donde los haya. A la zaga de su omnívora personalidad podemos encontrar este mismo año exploraciones de muy diversa índole y valor ya comentadas en esta columna. De un lado se alza la cuidada edición de las Cartas de amor bajo la batuta experta del hispanista Gabriele Morelli. Su introducción es ya insoslayable para profundizar en el mundo voraz, ansioso y oceánico de Neftalí Reyes. De otro costado más comercial cae la edición poco respetuosa de un conjunto de poemas deshilachados que, ay, el poeta nunca quiso conceder a imprenta, Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos.
Llega ahora el acercamiento de María Fasce, una acuciante exploración narrativa desde el punto de vista femenino al arrollador universo del poeta de Isla Negra. Acierta la escritora y editora al reconstruir la historia desde la mirada de Elisa quien con su madre llega a la famosa casa donde residía Pablo Neruda. En los primeros capítulos de notable estructura, y acaso los de mayor voltaje, asistimos al despertar de la pubertad de Elisa entreverada por el conocimiento paulatino del universal poeta. La escena del armario donde Elisa contempla escondida un acto de amor y traición, de intimidad y lujuria, es resumen lúcido y bello de algunos temas explorados en la novela. Además funciona como el motor que impulsa a la protagonista, ya en el mar turbadoramente con Pablo o más adelante con Aldo al descubrimiento de la sensualidad amorosa. La escritura sobria pero cargada de sensualidad traduce subjetivamente y con acierto las impresiones sensoriales y las particularidades anímicas de Elisa. El poderoso inicio pierde fuelle con el avanzar de páginas en su recreación del bamboleo amoroso de Neruda entre Delia del Carril y Matilde Urrutia. El fulgor volverá cuando la protagonista vuelque mirada y pensamiento a su relación familiar en su vertiente materna.
Hay una suerte de vindicación del personaje real de Delia del Carril en perjuicio del chileno. Se ofrece negativa visión del poeta, con tendencia a una brocha sombría, y a veces sin aristas suficientes, que no encaja del todo con el polifacético hombre que fue. Esa es la visión ofrecida por el personaje ficticio de Elisa. La realidad resulta más compleja, rica y contradictoria Son públicos y notorios los deslices, aciertos, miserias y bondades del escritor. Y sea como fuere seguimos leyendo la obra inmensa de Neruda y no otras figuras muy menores. Además y a riesgo de repetirme, el poeta siempre advirtió que optaba por una opulenta curiosidad: “Soy omnívoro de sentimientos, de seres, de libros, de acontecimientos y de batallas. Me comería toda la tierra. Me bebería todo el mar”. Los castos o anacoretas se hagan a un lado.