Si intelectual es quien, desde la razón, nos dice lo que hay que hacer para mejorar el mundo y sentirnos bien, este puede ser el hombre: George Steiner. El pensador francés dialoga con una inteligente interlocutora, la periodista Laure Adler, que registra la conversación en este libro Un largo sábado. La referencia temporal del título puede ser el momento de la semana en que sucedieron los diálogos, pero también puede apuntar metafóricamente al tiempo vacío entre el día de la muerte y la resurrección que antecede a una época nueva en la que todo es posible, a la esperanza del domingo.
El sabio Steiner es un hombre sencillo. Dice que es un alumno, pues está siempre aprendiendo. “Alumno, me gusta ser alumno. Tengo maestros”. La profundidad de sus conocimientos, pues estamos ante un verdadero sabio, no le engaña sobre el sentido de su vida ni sobre su posición respecto del hombre común. Hemos sido echados al mundo en el que permaneceremos mientras vivamos: somos huéspedes, por tanto. Y ¿qué debe hacer un invitado?. “Un buen invitado, deja el lugar en el que ha sido hospedado algo más limpio, algo más bonito, algo más interesante que como lo encontró. Y si tiene que marcharse, hace sus maletas y se va”. La sabiduría tampoco cualifica para comprender lo esencial de la vida, que es su finitud, esto es, una verdad abierta a todos según la experiencia y a la que accedemos con la ayuda del sentido común. “Estar cerca de la gente a la que queremos de verdad, decirse que ha sido estupendo estar juntos. Pero ya es suficiente. ¡Basta!”.
Los años permiten al pensador la sinceridad, que añade interés a lo que dice, pues sus palabras son verdad y no mera proposición o simulación, aunque lo que diga no sea convencional o provoque nuestra incomodidad. Le pregunta la periodista si en este momento de su vida, a sus casi noventa años, siente alguna frustración por lo que le hubiera gustado hacer o ser, y no ha podido. Steiner lamenta no haber sido un creador, “No he sido un creador, es una tristeza muy profunda”, limitándose, en su menester de crítico y estudioso a una labor de trasmisor, de postino, dice. Tampoco ha sentido la ebriedad de lo absoluto: se ha parado ante la invitación al salto y le ha podido el riesgo de vida, de muerte, de desgracia, de deudas; y no se ha atrevido a vivir la plenitud, a arriesgarlo todo. Por último, tampoco ha combatido y le falta, dice incomprensiblemente, la aventura de la batalla, la felicidad masculina de la camaradería en armas.
Resulta algo irritante de leer, aludía a ello hace un momento, algunos juicios de Steiner sobre el mundo femenino, se trate de su desconsideración de la obra de escritoras como Simone Weil o Hannah Arendt, o sus referencias a la sexualidad de la mujer, o de la explicación de las dificultades de ésta para la creación intelectual. “Mi hipótesis, seguramente una gran tontería, es que si uno puede crear la vida, si uno puede tener un hijo, es muy probable que la creación estética, moral o filosófica, tenga menos peso”.
La franqueza de Steiner permite ver como la fuerza del prejuicio puede apoderarse incluso de la mente de un hombre de su cultura e inteligencia, cuando se trata de juzgar al Islam: “no creo en el ecumenismo ni en el acuerdo”, remata.
El libro es muy interesante, sin duda, para conocer algunos aspectos de la vida del profesor menos sabidos, hablemos de su experiencia de cuatro años como periodista del Economist, o el relato de su estancia juvenil en el colegio francés en Nueva York o la huida de su familia de Francia ante el soplo de un colega economista alemán a su padre de lo que les esperaba a los judíos en la Francia invadida por los nazis. Un largo sábado puede leerse para entender mejor a los judíos: se trate de su identificación con los ideales ilustrados y universales de la cultura, pues, “el judío siempre ha sabido decir no al despotismo, a la inhumanidad en torno a él”. O la comprensión de su aportación contra corriente a la humanidad: librarla de los politeísmos; acoger el altruismo del cristianismo: ahí está Jesucristo, el judío, conminando “vais a dar a los pobres lo que tenéis” ; o, en tercer término, en el caso de Marx, proponiendo la idea de la justicia: acabar con la tremenda desigualdad de la pobreza. Por cierto, hablando de Marx, suena convincente el lamento que hace Steiner de la significación de la derrota de su doctrina, pues el mesianismo marxista se correspondía a la sed de justicia de muchas personas, que ahora habrían quedado sin una referencia de esperanza. O explicando la persistencia del antisemitismo como exasperación ante el misterio de la supervivencia, negándose a desparecer como pueblo. Sin embargo el judaísmo de Steiner no es absoluto, o no ha de entenderse incondicionado, pues no tiene tiempo de progresar en su conocimiento del hebreo, ni emigra a Israel o envía a sus hijos a que se eduquen allá.
Hay muchas cosas fascinantes en el libro, por ejemplo su elogio de la memoria, proponiendo que se aprendan los textos de este modo, para facilitar su revisión o interpretación renovada; o su aclaración sobre el mejor modo de realizar la lectura: siempre tranquila, privada y con un lápiz al lado: “es esencial leer lápiz en mano”. También su ataque al apoliticismo, que conducirá a la instalación de los mediocres, si no corruptos en la vida pública. O su denuncia de la propensión de los intelectuales de ceder a la vanidad antes que ser fieles a su compromiso con la verdad (ah, la tentación de Heidegger de ser el führer del führer).
Me quedo, con todo, con su denuncia del nacionalismo, que se hace no desde la asepsia internacionalista sino desde la valoración del pluralismo y su riqueza. “El hombre es un animal territorial. Pero por Dios, al menos hay que intentar librarse de eso”. Uno puede sentirse en casa en todas partes. “Dadme una mesa de trabajo y ya tengo una patria”, pues no hay que creer ni en el pasaporte ni en la bandera. Finalmente , apunta Steiner, lejos de ser una maldición, la polifonía y el multilingüismo son una suerte extraordinaria. “La muerte de una lengua, concluye, supone la muerte de un universo de posibilidades”.