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TRIBUNA

Serraño Suñer y el cronista

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 03 de diciembre de 2016, 19:46h

El anciano cronista mantuvo tres encuentros con el cartagenero D. Ramón Serrano Súñer (1901-2003); conoció a dos personas que fueron testigos de actos significativos del todopoderoso ministro franquista; y sostuvo, por último, con el autor de Entre Hendaya y Gibraltar una breve correspondencia con motivo de la publicación de un libro, en colaboración con su persona más próxima y entrañada en el que aquél figuraba por derecho propio –El poder y sus hombres (Madrid, 1999).

El primero de los susomentados encuentros se verificó en la bella, única, esplendente, ciudad en la que vive, y no trascendió las formalidades entre dos apasionados por la historia contemporánea de nuestro país. Otro tendría lugar en una gran hotel barcelonés a punto de ser nombrado el articulista catedrático de la por aquel entonces atractiva –y muy inquieta…- Universidad de Valencia. Y, finalmente, el tercero se produjo en la Universidad de Verano de El Escorial, en la que D. Ramón fue el más famoso y escuchado entre sus muchos y renombrados participantes.

De esta tríada de contactos directos, como ya se dijese, con uno de los hombres que escribiera en primera persona algunos de los principales relatos de la contemporaneidad española, el más extenso y también quizás el más provechoso para el anciano cronista fue el celebrado en la, por aquellas calendas, muy hervorosa, intelectualmente, y cosmopolita ciudad condal, en la antesala misma de la designación del Premio de Novela de la Editorial Planeta, también in diebus illis en plenitud de todos los muchos encantos con que la adornara el irrepetible sevillano José Manuel Lara, sin olvidar nunca la eficacia ni la esencia misma del negocio editorial, compatible con toda suerte de aleaciones y coyundas culturales…

En el curso de la antecitada entrevista todo el gasto corrió, naturalmente, a cargo de Serrano Súñer, que se explayó en punto a la respuesta a las preguntas que acerca del franquismo y sus orígenes le hiciera su interlocutor, bien consciente –eran otros tiempos…- del carácter de mero escriba de puntos de vista, interpretaciones y visiones, por lo común de alto y casi irrepetible gálibo, salidas de una mente todavía en posesión de sus envidiables dotes de penetración y vigor, así como de formidables cualidades dialécticas. Un festín de sugerencias, esprit de repartie con adversarios y enemigos, anécdotas de alto coturno, todo ello mezclado con retazos y viñetas sobre cuyo fondo se recortaban Hitler, Franco, Mussolini, el cardenal Gomá –el último “cardenal de España”, probablemente, a años luz de pretendidos imitadores-, Gil Robles, Ángel Herrera y demás ocupantes de los primeros planos de la escena de la guerra y la postguerra. Documentación, claro, que un día, mejor clasificada que lo hicieran primigeniamente las torpes manos del cronista, uno de los integrantes de las jóvenes hornadas de contemporaneístas dará a la luz, con notable enriquecimiento sin duda de la comprensión del ayer inmediato de nuestro pueblo.

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