Nadie podría haber escrito el presente iberoamericano --y de nueva parte del mundo-- como Charles Dickens en su Historia de dos ciudades:
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.”
Nada que ver con “el mejor de los mundos posibles” de Leibniz y Voltaire. A la crisis económica del 2008 que se sigue arrastrando y agudizando con la dinámica de los cambios tecnológicos, se une el corto plazo de las desventuras: Donald Trump será presidente de los EE.UU. los próximos cuatro y quizá ocho años, murió el simbolismo de Fidel Castro y la propuesta de Cuba hacía tiempo que había muerto pero cuando menos estaba la figura decrépita aunque viva del comandante en jefe, los jefes revolucionarios castristas han comenzado a crear dinastías un poco oximorónicas de revoluciones socialistas con gobiernos monárquicos familiares, las sociedades marginadas no tienen ni el mercado ni el Estado, China y Rusia ven a Iberoamérica con exotismo y la Unión Europea no puede cargar con sus propios problemas como para articular una nueva estrategia de política-mundo.
Paradójicamente las naciones regresan al aislamiento en un mundo cada vez no sólo más comunicado sino interdependiente. Hasta la cultura aparece lejana. Las expresiones literarias en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara mostraron corrientes nacionales, con pocas propuestas internacionalizadas aunque no como propuesta literaria sino solamente comercial. La literatura había acercado a España con Iberoamérica a través de las producciones del boom de los sesenta, ciertamente con motivaciones comerciales pero generadoras de propuestas estilísticas que llamaron la atención; y de España hacia Iberoamérica estuvieron las obras censuradas por el franquismo y también con aportaciones de renovaciones del lenguaje.
El escenario iberoamericano se hizo más turbio con la victoria de Trump y su propuesta no sólo neoconservadora sino más bien de la derecha tradicional de finales del siglo XVII. Con gobiernos iberoamericanos incapaces de ofrecer bienestar a sus nacionales y con estrategias de desarrollo que expulsaron a millones de personas hacia la economía estadunidense, las deportaciones aceleradas por Obama y ahora intensificadas por el arribo de Trump al poder vislumbran tensiones sociales. Ahora mismo centroamericanos que no pudieron cruzar a los EE.UU. han decidido asentarse en México, cuando este país apenas crece en promedio anual en 2.2% y apenas crea empleos para el 30% de su demanda.
Quizá el único mensaje que pudiera tener una lectura positiva de Trump es su decisión de arraigar en los EE.UU. a las empresas que estaban emigrando a otros países con condiciones laborales menos costosas. España vio en Cuba y en México sólo oportunidades de negocios y no potencialidades de desarrollo. Ahora las inversiones estadunidenses que no llegarán abrirán oportunidades a inversiones de otros países, pero ahora sí a condición de aportar más beneficios al desarrollo y no sólo apostarle a la tasa de utilidad.
El problema es que Europa se aparece como la única alternativa para Iberoamérica porque China y Rusia carecen de sentido de desarrollo y ven a la zona sólo como un espacio de equilibrio geopolítico adverso a los EE.UU. Y Europa no sale de sus problemas económicos propios como para estar suponiendo una expansión extracontinental: Portugal sigue hundiéndose, España no parece atascada en un pantano, Italia se pierde a sí misma, Gran Bretaña tardará en reconstruirse, Francia dejó de ser potencia económica y los demás países de la eurozona en realidad no pintan en el efecto económico internacional.
Ya se ha escrito mucho al respecto pero el final histórico del viejo orden de Bretton Woods --junio de 1944, con el FMI, el Banco Mundial y en 1989 el Consenso de Washington globalizador-- requiere de una gran reorganización total. Ningún país saldrá de la crisis por sí mismo y la interrelación internacional requiere de nuevas reglas. La globalización ayudó a la ampliación de los mercados, pero cometió el error estratégico de no redefinir la producción sino que se agotó en el aprovechando de los más débiles.
El gobierno de Trump --cuatro u ocho años-- va a redefinir el mercado global a partir de su mercado nacional, lo que deja al garete a una globalización más dinámica definida en noviembre de 1989 en el Consenso de Washington. Algunos países iberoamericanos han entrado en zona de pánico por el estrechamiento del mercado estadounidense, pero sin buscar nuevas opciones que saquen algún provecho en lo avanzado de la globalización.
Iberoamérica, la Unión Europea, China, Rusia y las economías del viejo bloque soviético podrían sumar un mercado de alrededor de dos mil 800 personas, muchas más de los 300 millones de estadunidenses que se han beneficiado de la globalización. El mundo económico, ciertamente, no se ha acabado; en todo caso, el ciclo del Consenso de Washington cerró una etapa y corresponde a las naciones no estadunidenses aprovechar los espacios ganados. Sólo Iberoamérica y la Unión Europea suman un mercado de más de mil 100 millones de personas.
Hay puertas de salida, pero hay que abrirlas con nuevos ojos.
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