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TRIBUNA

Grado en Paternidad

jueves 08 de diciembre de 2016, 19:40h
Actualizado el: 12/08/2016 20:03h

Existe una institución que, patrocinada por el pedagogo José Antonio Marina, ostenta el petulante título de Universidad de Padres. En la actual atmósfera de sensiblería tiene la exagerada presunción de educar un vínculo inalcanzable: el que une padres e hijos. Una ideología que quiere hacer de ese vínculo objeto de educación ha de ignorar que la filiación es anterior a la educación. Ha de ignorar que el recuerdo que funda la filiación no puede ser educado, sino generosa y gratuitamente entregado. “Sepan Uds. – dice Aliosha Karamazov - que nada hay más alto, ni más fuerte, ni más sano, ni más útil en nuestra vida que un buen recuerdo, sobre todo, si lo tenemos de la infancia, del hogar paterno. A Uds. les hablan mucho de educación; pues bien, un recuerdo de esta naturaleza, magnífico, sacrosanto, conservado desde la infancia, quizá sea la mejor educación.”

La filiación es – en resumen – el subsuelo de toda posible educación, subsuelo que se dispone a una inabordable profundidad: allí donde se definen los elementos de la persona. Pero hace tiempo que veníamos oyendo al más listo de cada casa reclamar una formación para ser padre. Se juzgaba escandaloso que se exigiera superar una prueba objetiva para obtener el carnet de conducir y, sin embargo, se pudiera tener hijos sin control técnico o político alguno. En respuesta a esta demanda ya hace mucho tiempo que, en toda suerte de centros culturales y educativos, proliferaron cursos para padres. Pero ese humilde saber ha alcanzado – hace ya algún tiempo – su mayoría de edad y hoy existe un amplio programa formativo en el seno de semejante Universidad de Padres.

Se desarrolla así una suerte de nueva parentología (por no lastimar el término patrología) que, como una especialidad de la vieja pedagogía, pretende educar no al educando, sino a sus primeros y constitutivos educadores: es una ciencia de la paternidad. Los que hayan superado semejante grado en paternidad harán hijos limpios de trauma o trastorno, saludables, perfectos. Por supuesto, perfectos según el criterio que fija la razón moderna, garante del éxito de un hombre que hubiera explotado todos sus talentos. Pocos discuten qué estemos entendido por esos “talentos” o por tan rutilante “éxito”. Su valor está garantizado por una racionalidad sacralizada: científicamente probado. Sin embargo, nada es más frágil que el superhombre y los sujetos de la nueva educación, que representan las generaciones más jóvenes, parecen hundirse en un marasmo de melancolía.

La ideología educativa, cuyo extremo presenta este pedagogismo abstracto, prolonga un error moderno. En efecto, desde los umbrales renacentistas de la modernidad se ha juzgado evidente el carácter enteramente construido de la propia identidad. Pronto se descubrió que esa construcción de nuestra subjetividad está determinada por factores de índole diversa: determinantes culturales, de clase, de género… tras de los cuales se pudo encontrar fuerzas dominantes asimismo diversas: la colonización europea, el capital cosmopolita o, finalmente, un patriarcado ubicuo.

La lucha por la emancipación de esas potencias dominantes encontró así una dimensión en la propia subjetividad. Desde entonces, ya no bastará con la descolonización, la revolución o la subversión de las relaciones humanas, habrá que alcanzar el fondo de la propia subjetividad donde – a través de la educación – han arrojado sus cargas de profundidad los poderes de la tierra. Hay que erradicar el prejuicio, la superstición y todo lo que, impensado, piensa en nosotros. Debemos limpiar las palabras de la tribu (Mallarmé) o extender el yo sobre los dominios del ello (Freud). La educación, olvidada por las fuerzas presuntamente liberadoras de la ciencia, abandonó tradicionalmente esa función constituyente en manos del juzgado oscuro orden del parentesco. Finalmente, sin embargo, los padres han sido puestos bajo el foco del análisis para resultar acusados de ejercer un silencioso e ilegítimo señorío. Resultado de ese descubrimiento: cuando no se trata de suprimir la figura paterna, se trata de construir un nuevo modelo de filiación y paternidad.

Pero así como todo padre ha de adquirir su formación como educador, todo educador ha de impostar funciones de padre. Se promueve una confusión creciente entre el espacio público de la vieja escuela y el personal o familiar: orientación psicológica, tutela y trato personal, atención a las emociones, en una vecindad sin distancia con la transmisión de conocimientos que se extienden a su vez, como habilidades y competencias, al terreno del carácter y la personalidad.

Y, sin embargo, la figura de los padres trasciende fundamentalmente el acto educativo porque los padres ponen al sujeto y no sólo lo educan. Esa posición nunca ha sido plenamente consciente, racional o calculada, aunque pretende empezar a serlo. Hasta esa raíz matricial o generativa se ha extendido la ciencia de muchos modos, entre los que se encuentra esta universitaria formación en paternidad. No dudo de que resulte hoy necesaria, pero esta necesidad es signo de nuestra actual descomposición.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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