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ORIENT EXPRESS

¿Una Navidad sin Navidad?

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 25 de diciembre de 2016, 20:12h

Tengo el teléfono y el correo electrónico lleno de mensajes que me felicitan las “fiestas”. Me gustaría pensar que es porque este año coinciden la Nochebuena y la primera noche de Janucá de tal manera que hay una fiesta cristiana y una judía que se celebran al tiempo.

Sin embargo, me temo que no es por eso.

En España, desde hace algunos años, parece de mal gusto hablar de la Navidad en términos religiosos. Como si se celebrase el solsticio de invierno o la llegada de la nieve, uno recibe mensajes con una omisión clamorosa: la Natividad. Desde las felicitaciones de los ayuntamientos hasta los correos electrónicos, hay textos cariñosísimos que parten de un pretendido existencialismo –“sé siempre todo lo feliz que puedas”- para llegar a la moda “new age”; ya saben, “el universo conspira a tu favor” y cosas así. Al final, el precio que los cristianos deben pagar por que todos participen en sus fiestas es que dejen de tener el espíritu cristiano que las inspiró.

Así, lo que uno va echando en falta es una postal o una foto que prescinda de los paisajes nevados, los bosques de abetos y las casas iluminadas en medio de la noche, y muestre lo que realmente se celebra: el niño, la Virgen María, San José, el buey y la mula… En fin, el imaginario que los católicos han ido cultivando y celebrando durante más de dos mil años. Sospecho que esto solo ocurre con el cristianismo. Me parece que a nadie se le ocurriría enviar una felicitación de Janucá con algo diferente de los símbolos propios de la fiesta. A nadie se le pasaría por la cabeza felicitar el Año Nuevo chino o el Ramadán con fotos que parecen sacadas de un catálogo de viajes de invierno.

Es más: lo que parece de mal gusto es recordar que la Navidad y los Reyes Magos son fiestas cristianas. Podríamos pensar en cómo el Ayuntamiento de Madrid ha tratado de torpedear la tradición del belén o en la lamentable cabalgata de Reyes del año pasado. Sin embargo, hay algo más profundo que tiene que ver con el silencio que impone la corrección política. He tenido la inmensa suerte de vivir el Ramadán entre musulmanes. Es un tiempo muy profundo y cuya espiritualidad impregna todos los niveles de la vida. Cuando se rompe el ayuno, las cenas se parecen a las de Nochebuena o Shabat. En ningún país islámico desde Marruecos a Indonesia, se deja de vivir el Ramadán en la esfera pública porque haya otras minorías religiosas. De hecho, son ellas las que, a veces, deben vivir su fe en silencio o amenazados como sucede con los coptos en Egipto. Incluso en España, se prodigan las celebraciones y las felicitaciones públicas del Ramadán. Ahí están los casos de Ceuta y Melilla como dos ejemplos elocuentes de lo que significa vivir en libertad. Esto es para mí un motivo de orgullo y de alegría.

Por eso, me entristece -y hasta cierto punto me indigna- el silencio que pesa sobre esta fiesta de los cristianos, que en España son mayoría. Sin el cristianismo, no pueden entenderse siquiera superficialmente ni la cultura española, ni su historia ni ninguna de las cosas de España. Esta ignorancia deliberada, este silencio inducido, son una negación de lo que son España y la Hispanidad. Cuando a uno le felicitan “las fiestas”, debería preguntar a cuáles se refieren. Así se haría explícito lo que se trata de ocultar de manera, a menudo, inconsciente.

Algo parecido pasa en otras expresiones culturales. Hace algunos días, asistí a un concierto de villancicos. Fue muy triste que, salvo dos, todos los demás estuviesen en inglés. No tengo nada contra la lengua de Shakespeare, pero sí tengo mucho a favor de la de Cervantes. Hay siglos de canciones navideñas de España y las Américas y estas fechas son propicias para descubrirlas. Por supuesto que “Deck The halls” o “Noche de Paz” son muy bonitas; sobre todo en sus versiones originales en inglés y alemán respectivamente. Sin embargo, lo peor no fue esa ausencia de lo hispano, sino la irrupción devastadora de un popurrí de canciones sacadas de anuncios navideños de turrones, muñecas y de hasta un refresco azucarado que dio sus colores a Santa Claus.

El Eclesiastés (3, 1) dice que hay un tiempo para cada cosa. La persona religiosa sabe que el tiempo y el espacio no son homogéneos. Hay una distinción entre lo sagrado y lo profano. El Adviento, la Navidad y la cuaresma -al igual que el Ramadán o Yom Kippur- tienen un significado religioso que no puede soslayarse sin que se corrompa su significado. Un concierto de Navidad debería evocar, sobre todo, el Misterio que se actualiza en Nochebuena: el Nacimiento del Hijo de Dios.

Esta actualización no es irrelevante. Una vez al año, los cristianos de todo el mundo celebran que este Nacimiento redime al ser humano y a la historia porque el Hijo de Dios nace y asume, así, el destino de todo el género humano. Sea uno creyente o no, esta fiesta merece que se la respete tal como es y no se la desfigure hasta el punto de hacerla irreconocible.

Esta noche del 24 al 25 de diciembre los judíos de todo el mundo comienzan a celebrar Janucá, la fiesta de las luces. Esta misma noche los cristianos festejan el nacimiento del Salvador del Mundo. Uno de los pasajes más bellos del Evangelio es el cántico de Simeón (Lc, 2, 22-35): “Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»” Así, entre luz y luz transcurre esta noche para judíos y cristianos en todo el mundo.

Deberíamos contemplar la belleza religiosa de estos días de Navidad, no ocultarla. El legado de música, literatura, arquitectura y gastronomía -por no mencionar la majestad deslumbrante de la liturgia- puede ser admirado por todos y a todos está abierta esa luminosidad que rodea al belén que acogió a la Sagrada Familia “porque no había sitio en la posada”. Hay algo en este Misterio que interpela al ser humano mientras piensa en ese relato hermosísimo que comienza diciendo “En aquel tiempo salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero” (Lc, 1, 14).

Una sociedad y una cultura que se avergüenza de sí misma no puede sobrevivir. Sobre la mentira y sobre el silencio que la propicia no puede construirse nada sólido ni perdurable. Mientras en España siga esta moda de disimular la verdad de estos días bajo un eufemismo voluntario o no – tal vez ese “felices fiestas” lo terminemos usando todos- andaremos perdidos entre la confusión y el olvido. España es lo que es: heredera de Grecia, Roma y Jerusalén, uno de los países del Occidente de Europa, cuna de una cultura originalísima y diversa que, sin el cristianismo, sería por completo inaprehensible y que, gracias a la Hispanidad, se ha extendido por todo el mundo y goza de excelente salud. No dejen que este periodo se convierta en un “fin de año” sin más significado que las compras y las uvas. Sean o no creyentes, esto es parte de su historia y su cultura, que tiene más de veinte siglos.

Esta columna les desea Feliz Navidad.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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