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ESCRITO AL RASO

Adiós, turbulento 2016

David Felipe Arranz
lunes 26 de diciembre de 2016, 19:38h
Actualizado el: 27/12/2016 15:34h

Fue 2016 el turbulento año que se va y se nos va, el de la interinidad política, el de la victoria segura pero retardada de Mariano Rajoy el funesto 26-J (y lo que te rondaré morena) y el del apuñalamiento por la espalda del sanchismo por los suyos, que son siempre los que matan mejor –los “nuestros”– y con más saña. El acuerdo de legislatura que el extraviado Sánchez, el hombre-traje, cerró el 24 de febrero con el funambulista Rivera, el hombre de la camisa prieta y la marca blanca, fue papel mojado, porque España será de derechas o no será. Las equivocaciones en España, a lo que se ve, fundamentan la experiencia inútil de un pueblo deseoso de embridarlo con una batería de impuestos y un rescate multimillonario a la banca.

Fue también el año en que la Infanta Cristina, en la dramaturgia del banquillo, llegó a renegar de España: “qué ganas tengo de que acabe esto para no volver a pisar este país”, dijo en un pasillo de la Audiencia de Palma el pasado 16 de diciembre, al quedar el juicio del escandaloso caso Nóos visto para sentencia. La primera representante de la Familia Real que se ha sentado en el banquillo de los acusados ha mantenido que tan sólo era una mujer enamorada que estampaba su firma sin saber dónde, ni cómo, ni cuándo. En eso le damos la razón a la infanta, que en más de una ocasión y bajo la influencia de Cupido hemos estampado ya no la firma, sino nuestra vida entera sin saber sobre quién, en un arrebato de optimismo irracional en el que no fuimos capaces de ver lo obvio. Y luego pasó lo que pasó.

El 10 de enero Artur Mas cedió el testigo de la Generalitat a un mediocre Carles Puigdemont con el repentino apoyo de la dubitativa CUP, un mes antes de que el padre de todos los separatismos sosegados durante décadas con transferencias bancarias del Ejecutivo, Jordi Pujol, compareciese ante la Audiencia Nacional por sus abultadas cuentas andorranas. La somnífera Truman, de Cesc Gay, ganó en los Goya gracias a la mirada celeste del galán de moda, Ricardo Darín, que logra levantar más pasiones entre las féminas que George Clooney y Brad Pitt juntos. También en 2016 asistimos a lo imposible, la victoria de un magnate republicano en EE.UU., el triunfo absoluto de la plutocracia más obscena tomando el poder en Washington a golpe de dólar, meses después de que Obama restableciese relaciones diplomáticas con el régimen castrista y de que visitase nuestro país en julio, primera vez de un presidente estadounidense en 15 años. La anécdota del pueblo llano de Trump es ese singular bisoñé anaranjado que lo adorna y que recuerda a un peluche navideño delante del televisor ante una audiencia soñolienta que lo vota en masa. De nuevo el triunfo de la extrema derecha y la configuración de un Ejecutivo very hard indeed, con xenófobos y republicanos recalcitrantes, empresarios del petróleo y otros enemigos del medio ambiente entre sus filas: aplauso de la beautiful people estadounidense.

También, y para desesperación de Gaspar Llamazares y turbación de Juan Antonio Pérez Tapias, en 2016 Izquierda Unida se integró en Podemos –fue absorbida, más bien– en el llamado “pacto del botellín” que acabó en la derrota del tándem, habida cuenta del huracán que levantó entre la izquierda más pura, que no tragaba ni traga a un líder nacido en el nido de IU, que “había” matado a su padre y que ahora se apresta a degollar a su colega, al que le da picos en público y prepara el beso de la muerte en privado. Así es Pablo, el hombre que emponzoñaba con ensayada furia los atardeceres de la izquierda en la mejor tradición estalinista: la de la liquidación de la oposición. El blandengue y almibarado Alberto Garzón terminó de pastelear con el iracundo Iglesias el naufragio de una formación imprescindible en la que muchos creímos durante años y que había conocido, sin duda, mejores tiempos con Julio Anguita, dejándonos huérfanos para las próximas décadas en una incierta deriva de voto progresista.

En 2016 el exministro Soria hubo de dimitir tras aparecer su nombre en los papeles de Panamá, al exministro del Interior Jorge Fernández Díaz lo grabaron para escarnio público en su propio despacho, y Blesa y Rato fueron a juicio en la Audiencia Nacional por el caso de las tarjetas black y posaron como la banda de Al Capone. La agencia Moody’s degradaba en 2016 a Cataluña a la calificación de bono basura, por debajo de Nigeria y Bangladesh, es decir, que su creciente deuda estaba “sujeta a un riesgo muy alto” por la nefasta gestión de Puigdemont, el hombre de cristal, de fractura espontánea y edad política mortal.

Y en Europa el yihadismo se cobró 35 víctimas en Bélgica el 22 de marzo, 85 en Niza el 14 de julio y 12 en Berlín el pasado 21 de diciembre sin que la Interpol, los servicios secretos europeos ni la policía de los respectivos países, salidos de un tebeo de Ibáñez, fuesen capaces de hacer el seguimiento mínimo a los asesinos que ya habían sido fichados y, en la mayoría de los casos, expulsados y repatriados a sus respectivos países por peligrosos. Además, 2016 fue el año en que el Reino Unido abandonó definitivamente la UE el 23 de junio en un ataque antieuropeísta de brexit del que no parece querer salir, y también este año vimos muy de cerca el drama en Alepo, cuando el 18 de agosto un niño de 5 años llamado Omran a quien todos han olvidado se convirtió en el símbolo sorprendido y sangrante de la barbarie bélica que destruye Siria desde hace cinco años.

Algo positivo nos llevamos, sin embargo. La lista de maravillosos amigos que hicimos en medio del galimatías periodístico con los que compartimos risas, reflexión profunda, pan tostado, sardinas y el lujo de la heterodoxia. Adiós, turbulento 2016… Como Napoleón, en un tiempo más generoso mojamos nuestra media docena de bizcochos en el chocolate de una jícara. Pero como nos gusta sentenciar en esta España cada vez más vetusta y cavernosa, eso será otro año... o no será.

Twitter: @dfarranz

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