La Argentina no fue México ni fue el Perú, ni siquiera Bolivia. Desde el descubrimiento, ha sido tan azarosa y tan insólita nuestra historia que empezó ofreciendo al desconcertado conquistador un horizonte deprimente con riquezas a futuro; no existía el codiciado oro ni otros metales preciosos y a esa ausencia sólo se daba un espacio desierto, cuyo dilatado horizonte se unía al cielo y parecía la continuidad del mar. La conquista tampoco opuso mayores dificultades. Fue el triunfo de la técnica sobre el salvajismo; de un lado había rudimentarias lanzas y del otro armas de fuego y caballos; de manera que el resultado era previsible y fatal. Esa llanura estaba casi despoblada y era recorrida por pobres tribus de nómadas. A los territorios del Norte ya había llegado el imperio incásico, que dejó algunas ruinas a los arqueólogos. Lo más interesante de aquel período fue, sin duda, la teocracia comunista, estudiada por Lugones, que desarrolló la Compañía de Jesús, forjadora de las misiones. Se fundaron después unas pobres ciudades de obligados o condenados habitantes, en las cuales, según hemos leído, los propios virreyes llegados de España no se animaban a usar sus títulos nobiliarios porque el ambiente no era propicio. Los desarropados indígenas que se acercaban perplejos, subsistían de manera primitiva con la magra caza de animales salvajes. Pensemos lo que era entonces el territorio de nuestra querida patria; pensemos que la conquista era algo casi intangible, superficial. Pensemos ahora que en el hoy están los ayeres y su ineludible melancolía.
¿Colonizar a quiénes y con qué fin? Para esos hijos de la Contrarreforma Religiosa hasta la imposición de la espada y la cruz no tenía demasiado sentido. ¿Adónde habían llegado? ¿A qué infierno? ¿Los metales preciosos no aparecían por ninguna parte? Ávidos de sexo, no vacilaron en copular con las agrestes mujeres que le ofrecía esta tierra. De esa cruza de razas nació el gaucho, que aspiraba a integrarse al dominador español y rechazaba a su madre india; pero el padre tampoco lo quería. Y fue el otro nómade de la llanura, el cimarrón, mencionado por Walt Whitman, sojuzgado y útil para ciertas tareas rurales; también perseguido y reclutado por la leva, para combatir los malones.
En ese corsi e ricorsi, tan afín a Giambattista Vico, se fue construyendo la inestable Argentina hasta que llegó la dura Guerra de la Independencia, a la que siguieron ásperos decenios de anarquía. Las dictaduras militares fueron siempre las malas costumbres de nuestro continente; pero aún a los tropiezos se avanzó y se conformó la Nación. El trigo y otros granos que se exportaban, nos hicieron ricos y se nos llamó “el granero del mundo”. En Buenos Aires, crecimos a imagen y semejanza de París o de Londres. Ya entrado el siglo XX y aplicada la llamada Ley Sáenz Peña, que impulsó el voto obligatorio y secreto a todos los ciudadanos, empezamos a ser un país democrático. Antes, habíamos soportado una dilatada y feroz guerra civil entre provincias que buscaban independizarse del monopolio aduanero porteño, la primera corporación. Entre nuestras tropelías expansionistas, se cuenta también, una exterminadora guerra hacía un país vecino, el Paraguay. Ese afán belicista se repetiría, de manera casi ridícula en la década del ’80 con la contienda más grotesca y más breve de toda la historia universal, donde unos derrotados militares, en su huida hacia adelante, pusieron en juego la seguridad nacional al declarar la guerra al Reino Unido (esto es a la OTAN), que nos costó muchas vidas de jóvenes provincianos, enviados a combatir a unas remotas islas sin entrenamiento previo. Se cantó victoria por anticipado con celebraciones y colectas televisadas y, en poco más de un mes, el resultado fue humillante para una sociedad frívola que dio vuelta la cara y se ocupó menos de la guerra que de las disputas deportivas que se jugaban al mismo tiempo.
La mezcla de razas, debido a la inmigración europea, dio grandes patriotas. Las sombras de San Martín, Belgrano y Sarmiento se prodigan generosas; con orígenes distintos son un paradigma. El argentino no es inferior a nadie individualmente; pero esta negado para actuar en conjunto. Si se unen cinco en un propósito común, al cabo de poco tiempo habrá cinco internas inconciliables. A partir de 1930, los golpes militares, absolutistas y despiadados, alternaron con los civiles en la conducción del país; desde entonces estamos siempre en caída libre, salvo en los breves períodos de libertades democráticas, hemos retrocedido a los tumbos y seguimos tropezando con políticos privilegiados que cobran casi diez veces más que un trabajador de la educación o de la salud y doce o trece más que un simple jubilado al que ahora se lo engaña con un bono de fin de año, que se atreven a llamar pomposamente, de “reconstrucción histórica”.
Los golpes de Estado dieron lugar a alternancias democráticas cada vez que esas dictaduras se desgastaban en sus propias contradicciones corporativas. En 1983, cuando los proyectos hegemónicos continentales de los Estados Unidos se debilitaron, se presentó la posibilidad de construir una democracia republicana y liberal, pero el propósito naufragó pronto por razones internas. El débil gobierno del bien intencionado Raúl Alfonsín, primer presidente elegido por la ciudadanía después de la nefasta experiencia militar, hostigado por el implacable peronismo que sacó la gente a la calle para asaltar comercios, debió emprender una menos humillante que digna retirada poco antes de cumplir su mandato constitucional. Agreguemos que desde 1928 ningún gobierno no peronista logró completar en tiempo y forma su mandato; el asunto no es de ningún modo ajeno a la larga y espectacular decadencia nacional ni al colosal fracaso de la democracia. La Argentina del partido único, que siempre venía a salvar a la patria, nos hundió en los últimos doce años en la desigualdad estructural y en la corrupción sistémica.
Corresponde a quienes actualmente gobiernan el país propiciar un cambio no a la manera gatopardista, sino estructural. Sin duda, con buenas intenciones, hasta ahora no lo han conseguido, quizá por ser noveles empresarios transformados en políticos, o por la mera incapacidad administrativa en la que están naufragando. A eso se suma el reclamo de una sociedad que no sabe hacia dónde quiere ir y que hoy carece de unidad de criterio y orientación. ¿Y en qué consiste esa falta de unidad, ya reclamada en el Preámbulo de la Constitución? Sin pecar de vanidad, creemos encontrar una respuesta: “en la gran decadencia del Estado y en la corrupción que lo afecta y lo ha transformado en otra corporación colmada de privilegios que se extiende a todos los sectores ya mencionados (asociados no por lealtades de unos hacia otros, sino por pura complicidad de intereses), sin excluir a tirios ni troyanos.”
Esperábamos todos que el actual presidente, perteneciente a la corporación empresaria, convocara -apenas ganadas las elecciones por un margen mínimo que no supero el 2 por ciento-, a un “Gobierno de Unidad Nacional” que abriera puertas a un amplio entendimiento entre los más aptos ciudadanos, encargados de recuperar los perdidos valores éticos y patrióticos. Pero no lo hizo y quizá ya es tarde. Las puertas del Coliseo se encuentran ahora abiertas a las fieras, y los corderos pretenden controlar a los leones sueltos en la arena. Inclusive le hubiera sido útil la proclama lanzada por el histriónico caudillo, que regresó del exilio para asumir su tercera presidencia a principio de la década del ’70 con ciertas intenciones reparadoras, convencido de que solamente una gran voluntad colectiva podría normalizar la situación de casi guerra civil, que vivía la República. “A esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”, enfatizó aquel aggiornado Perón, abriendo puertas hacia la gran nación; pero el ubicuo general, no pudo realizar el pretendido cambio, la muerte lo sorprendió en plena ejecución de su noble proyecto. Y otra vez los ávidos, cerriles uniformados se hicieron con el botín ejecutando una corrupción corporativa que endeudó al país, junto a una represión del Estado de ferocidad inhumana, que cobró víctimas hoy estimadas en miles.
La cuestión de la brecha social es conocida en la Argentina, donde una de cada tres personas es pobre. Esto se debate y se comprende en toda su gravedad; pero lo cierto es que las corporaciones asociadas impiden avanzar hacia una solución, y hacen que un país productor de alimentos que alcanzarían para cubrir el hambre diseminada en el mundo, tenga índices de indigencia que aterran. No se trata de una pobreza romántica o folklórica de la que ningún país está a salvo (“Cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar…”, dice un famoso tango). Tampoco son los pobres de nuestra pasada sociedad del progreso que transitan el escalón inicial hacia la ancha puerta de las “clases medias”. El mundo de la pobreza actual de la Argentina es compacto y su presencia se revela a primera vista; basta caminar el centro de Buenos Aires para comprobarlo, sin hablar del interior que es el mayor registro de una situación calamitosa. Paradójicamente, un tercio de nuestra sociedad aprendió a sobrevivir adaptando su forma de vida a las nuevas circunstancias y generando modernos estilos que trastocan valores, acaso difíciles de comprender para los dos tercios restantes. La brecha, sin embargo, es ya como un dique que rebalsa y abre compuertas de horror hacia un ancho mar, que desemboca en más inseguridad y en más corporativismo.
Así como las sociedades contemporáneas, instaladas en la placidez del confort que le brinda la tecnología y otros buenos hábitos, intentan abrirse paso hacia una cada vez mejor forma de vida, la nuestra decae cada día y es rehén de las siempre renovadas “elites” (llamémoslas con ese eufemismo compasivo), sean de políticos, judiciales, policías, empresarios, sindicalistas y hasta deportivas culturales, tan diestras todas en la defensa de sus intereses sectoriales.
Los personajes de Franz Kafka, Henry James y nuestro Roberto Arlt, son profesionales de la derrota de sí mismos. La Argentina, debida a la inmediatez a que la condenan sus corporaciones, se ha transformado en una epopeya de la aniquilación. Vivimos un sueño cada día más atroz donde nadie, creo, está libre de la inseguridad y tampoco puede cantar victoria aunque se vea favorecido en la ilusoria arrebatiña del “sálvese quién puede”. El fracaso es de todos.
Como en una pesadilla, lo que nos sucede a los argentinos es algo dramático e incomprensible; no sólo para nosotros, sino en todo el mundo. ¿Cómo un país tan rico, tocado por la mano de Dios, como se dice, está hundiéndose cada vez más y de esta manera? No hace mucho, mientras almorzábamos en un restaurante de Madrid con mi amigo, el poeta Antonio Requeni, dos señores que estaban ubicados en una mesa vecina, al oír nuestro acento, nos preguntaron: “¿Sois argentinos? Cuando les respondimos afirmativamente, uno de ellos hizo este comentario: “Hombre, hay dos cosas que no se entienden en el mundo. La primera es cómo Japón, un país pequeño, casi sin riquezas naturales es una potencia en el mundo y, la otra, es cómo un país rico, al que le alcanza y le sobra de todo es uno de los países más pobres, con gente que pasa hambre”.
¿Será tal vez porque las formas de la pesadilla son más atractivas que el sueño, que los argentinos sólo somos capaces de la elegía? “No nos une el amor sino el espanto…”, escribió Borges, nuestro máximo escritor, en un poema memorable. Así estamos, cada día más perplejos y horrorizados, apiadándonos de nosotros mismos.