El presente está inmediato, nos da vértigo y es tan fugaz y ágil que sólo nos deja secretar adrenalina, pura emoción, igualmente rápida. Ahí no cabe tiempo ni espacio a la reflexión, que es lenta, pesada y alarga los razonamientos, antes de alumbrar conclusiones.
Curiosamente, ambas, razón y emoción, se asientan en la misma sede. Incluso hay quien dice que son la misma operación, que presenta dos caras diferentes: la primaria, reactiva y la secundaria, ponderada. En todo caso, como ocurre en la famosa aporía, la tortuga, de paso lento y continuado, tiene que pillar a Aquiles, por muy ligeros que éste tenga los pies y muy torpe que ande ella, abrumada por el peso de su caparazón.
La buena conciencia aplica la reflexión sobre el pasado: lo único cierto, nuestra posesión perpetua, sagrada y exenta de recelos. La pretensión no es encontrarse culpable, que es un sentimiento perfectamente inútil y estéril, sino que la memoria resida en el libre albedrío a la hora de tomar decisiones, para que el futuro no sea tan incierto. Es como el espeleólogo, que no espera luz de fuera y lleva incorporada su linterna: le ayuda, no le estorba y, sin ella, no puede, ni debe dar un paso.
El título VIII de nuestra Constitución empezó con una bravuconada: “café para todos”. Pero no terminó con el terrorismo de entonces; ha promovido diecisiete ambiciones insaciables; otros tantos desprecios por la soberanía; robo crónico con avaricia montaraz (por el Rosellón, un monte es un pujol); prodigalidad sin cuenta; engaños con mucho cuento; un pugilato para ver quién se sobrepone a quién; elefantiasis en el Estado clásico, los diecisiete estadillos y los dos medios, las cincuenta y dos reliquias provincianas y los ocho mil y pico ayuntamientos. El Supra-Estado europeo está en mantillas aún y no depende del título VIII, aunque apunta maneras.
Hoy Quevedo, si hubiera de redactar el memorial que le valió un destierro, se quedaría corto diciendo que -“La Corte, que es franca, paga en nuestros días más pechos y cargas que las behetrías”-, porque el título VIII ha convertido a la Nación en eso: un conglomerado de behetrías, con caciques y reyes de la mediocridad, dentro. Y como esa palabra es un arcaísmo que no entiende Montoro, ni sus corifeos, habrá que traducir el verso: “que el pueblo, obediente, la carga burlona, de la chulería, sin pena consiente”.
De todos modos, la rendición del pueblo no es bastante. Díaz y sus hermanos de la izquierda, los que están más a la izquierda de la izquierda y los nietos de los escamots quieren más. Tampoco están ahítos los nietos de los carlistas y requetés, pese al cupo y el concierto. No hay tanto café para tantos todos. El título VIII es un fracaso rotundo, porque no hay cafetal que sea capaz de producir riqueza para enjugar tanta demanda de gasto, ni aun hipotecando al propio cafetal, que es lo que está ocurriendo.
De hecho, la deuda per cápita es de 23.745€, a finales de 2016, que, en términos absolutos, equivale al 100.30% del PIB. Debemos más de lo que somos capaces de producir y, cualquier día, a quienes no tenemos SICAV, ni apellidos de mafioso de abolengo, nos sacan de debajo del ladrillo los 23.745€ que debemos, aunque tengamos que pignorar la camisa. Sin embargo, la deuda va a seguir subiendo. Es como Aquiles pies ligeros: huye hacia arriba, apoyándose en la nada; por tanto, cabe esperar que sea mayor el tortazo.
Pero el Estado crece, Díaz complace a sus funcionarios, no para que la voten, sino, a imitación de los Diputados del Congreso, para que descansen más y haya que contratar a más, que es una forma de liquidar a los parados del partido. Deben ser vasos comunicantes, ya que ocurre lo mismo en otros contornos.
El Estado y sus diecisiete acólitos, crean “ex” cada cuatro años, o menos, que no se van; se quedan a seguir merendando y hacer política; es decir, verborrea, ahora por escrito. Mientras el Senado se llena de “ex lo-que-sea”, el Consejo de Estado acrecienta su nómina, a razón de 6.000€ al mes per cápita, compatibles con otras pagas y prebendas vitalicias, escoltas y coches oficiales con conductor, si se tercia.
Multiplicamos servicios por diecisiete. Hasta Puigdemont (hoy todo va de montes; éste último con reduplicación) tiene agregados comerciales en sus embajadas para dar salida al cava, que buena parte se consume en España. Y las anchoas de Santoña se quejan por depender del ímprobo esfuerzo solitario del ex falangista Revilla, que va en taxi (a la Moncloa, por dar la nota) y pierde imagen.
Séneca, el estoico, en una carta a Lucilio, se burla de Epicuro porque éste cree haber alcanzado la sabiduría citándose a sí mismo. Lo considera un hombre de primera fila, por no necesitar a nadie. En la segunda, sitúa a quienes se dejan llevar por un guía, los considera espíritus notables, por ser dóciles. Y, en la tercera, se coloca a sí mismo, un rebelde indómito por naturaleza, que, para hacer el bien, necesita que le empuje y obligue alguien. Pero aconseja: guardémonos de quienes amontonan palabras, llenas de lugares comunes, que les atraen un numeroso auditorio. Escojamos a quienes enseñan con su vida más que con sus discursos; a los que después de decir lo que se debe hacer, lo demuestran haciéndolo”.
Los clásicos no culpan. Ni perdonan.
La tortuga debe atrapar a Aquiles, antes que éste se convierta en estrella fugaz, a la deriva.