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TRIBUNA

Habitabilidad

domingo 26 de febrero de 2017, 19:34h
Actualizado el: 27/02/2017 11:14h

Los de la NASA han descubierto un sistema solar a cuarenta años luz de distancia integrado por siete planetas, algunos parecidos en tamaño y composición a la Tierra. La medición de la lejanía es un dato objetivo. Pero cuarenta años con Franco no son iguales, subjetivamente, que cuarenta en democracia, siendo el país y sus ciudadanos los mismos. Con sus avanzados artilugios, los científicos observando parsimoniosamente horas y horas el universo y las galaxias son capaces de garantizar en qué ecosistema es cultivable o no la manzana reineta o la pera conferencia. Sin embargo, a día de hoy no logran confirmarnos si los planetas avistados y similares al nuestro son habitables.

Es esta de la habitabilidad, la gran cuestión (nuclear, la llaman ahora los predictores de opinión radiofónicos), que nos concierne verdaderamente como terrícolas, habitantes del planeta Tierra que pertenece al viento, como aseveró Zapatero al doctorarse como conferenciante (ZP es la pera). Desde entonces, él se dedica a observar nubes y nubes mecidas y transportadas por el viento; exigencia que le obliga ineludiblemente a desplazarse con frecuencia a Venezuela, por ser Caracas una de las capitales con mayor nivel de concentración de nubarrones. ¿Estamos haciendo un planeta habitable? Pregunta apoteósica y abrumadora, que si la centramos sobre España nos induce a responder que Carmena, a base de emisiones anhídrido-populistas, está contaminando la habitabilidad en Madrid. Ya comenzó por apagar las estrellas de los Belenes y descristianizar la Semana Santa, si bien todavía no ha llegado a los extremos de Nietzsche anunciando la muerte de Dios.

Lo urgente es saber si se puede vivir con cierto grado de bienestar y calidad de vida en esas otras latitudes descubiertas en la galaxia. Tal vez, debiéramos ser nuevamente los españoles y, acaso, los británicos, ambos aguerridos navegantes, los que como antaño surquemos, esta vez el firmamento, para comenzar la colonización de un nuevo mundo gemelo al actual y poder certificar si es o no habitable sin necesidad de levantar muros ni de fijar comisiones al 3%. Gran Bretaña aún conserva las cuatro columnas en las que se apoyó el Imperio británico: la Corona, la Cámara de los Comunes, la Royal Navy y los editoriales del Times, haciendo posible que un inglés pudiera en el siglo XIX dar la vuelta al planeta sin perder de vista el pabellón de su nación. Pero a nosotros, en cambio, no nos quedan ni la escuela ni la despensa que recetara el cirujano de hierro de Joaquín Costa para superar el pesimismo nacional. La enseñanza está hecha un solar y en venta por la funesta ideología. Y la hucha de las pensiones cada vez que se la toca por fuera, suena más vacía por dentro. Antes de despejarse por los astrónomos el enigma de la habitabilidad de los cuerpos celestes descubiertos, debiéramos resolver nosotros los dos problemas más acuciantes que nos atenazan como nación: la educación y la natalidad, que constituyen sólidos y esenciales factores para un mundo habitable y mejorable.

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