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TRIBUNA

La paranoia del colectivismo

Antonio Barnés Vázquez
domingo 19 de marzo de 2017, 19:42h

Las religiones y las tradiciones sapienciales han acostumbrado a situar el bien y el mal en la esfera de lo personal, a saber, honrar a los padres, no matar, no cometer adulterio, no robar... Así, pregunté en una ocasión a un amigo budista por sus principios morales y comprobé con cierta sorpresa que coincidían básicamente con los diez mandamientos bíblicos, vigentes para el judaísmo y el cristianismo.

El marxismo, sin embargo, cambió radicalmente el paradigma, y situó el bien y el mal en el plano de lo estructural. La esfera personal, tras diversas corrientes filosóficas modernas había quedado muy maltrecha, véase el idealismo alemán, el darwinismo, etcétera. El caso es que para el marxismo unas clases oprimen a otras, la infraestructura determina la superestructura... En ese esquema, que un individuo sea un capitalista virtuoso o que otro sea un proletario vicioso son situaciones no contempladas, porque el bien y el mal no son personales, sino sociales... (Se entiende se puede ser un capitalista virtuoso si en su pensamiento y en su acción la persona prima sobre el trabajo, y el trabajo sobre el capital).

Desde tal momento estructuralista la prédica moral generalista, el profetismo social, la sofística ética son profesiones bastante cómodas, pues permiten clamar contra las injusticias del capital o del género mientras se cobran sobresueldos, se consumen a destajo los más variados tipos de licores y/o se vive la poligamia. (No digo que solo estos predicadores, profetas o sofistas roben, se emborrachen o forniquen, sino que en sus abstractos discursos las virtudes y los vicios personales son irrelevantes).

El marxismo consumó y divulgó la transferencia de la moral desde la persona a "la sociedad", "el colectivo", "la estructura", "el capital"..., actitud que ha creado escuela: se sigue colocando a menudo el bien y el mal en lo genérico. Es evidente que existen justicias e injusticias sociales, pero nacen y se alimentan en el interior de las personas. Luchar por la justicia social soslayando el compromiso por la continua reforma personal equivale a arar en el mar.

La ideología de género, por ejemplo, derivada en parte de la manivela dialéctica marxista, santifica y sataniza colectivos de un modo maniqueo: homosexuales / homófobos; mujeres / machistas... En este sentido, me gustaría recordar que en una ocasión leí un debate entre San Agustín y un maniqueo y me pareció un tanto arcaico, pero poco después advertí que el maniqueísmo supone una tentación permanente, porque es muy cómodo: facilita dividir a los hombres en buenos y malos (derecha e izquierda, por ejemplo) para, a continuación, alinearse en el sector de los buenos. ¡Qué lejos de la predicación evangélica: conviértete tú, primero; y quita la viga de tu ojo antes de sacar la mota de polvo del ojo ajeno!

En ámbitos educativos, desde la lógica colectivista, promover valores significa difundir bondades y maldades grupales. (Por eso se habla de valores –abstractos– y no de virtudes –personales–).

Según este esquema, que consagra una moral abstracta, de escritorio, lo progresista (el adjetivo bueno se desecha) es defender la "igualdad de género": una ética geométrica en la que la virtud y el vicio personal se esfuman –en tanto no afecten al dogma igualitario–.

En cambio, para la fe cristiana, el amor o es al prójimo (próximo) o no es. Para las filosofías materialistas la clave de la solidaridad (amor es una palabra demasiado romántica para usarla en un discurso científico) son los cambios estructurales, verbigracia, "la alianza de las civilizaciones". La mercadotecnia capitalista, obviamente, se mueve también en estos parámetros. Los vendedores de humo de la eficiencia no consideran la virtud y el vicio personal. La clave es la productividad.

Seamos sinceros, si el hombre está corrompido (Lutero) y es incapaz de conocer la verdad (Kant), la persona individual es un cero a la izquierda. Si, además, somos gorilas erectos, solo nos queda el colectivo. Se desconfía de las personas y de su capacidad de discernimiento, y se valoran sobre todo los datos estadísticos y las pruebas experimentales.

La crisis reinante es una oportunidad para recuperar el verdadero discurso de situar el bien y el mal en las personas. Y de recuperar la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, desechando las malaventuras y el desprecio por la inteligencia mediante la adoración del becerro de oro de la ciencia experimental.

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