"Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee"
miércoles 08 de enero de 2014, 20:09h
Decía Einstein que la imaginación es tan importante como el conocimiento. Por eso, desde siempre, nos ha gustado inventar historias o “adornar” otras que no son ficción, sino hechos reales, pero que necesitamos comprender aunque no dispongamos de los datos esenciales para ello. A falta de estos, elucubramos desde nuestro personal juicio, con tal de no quedarnos a oscuras, sin un final o, al menos, una razón para lo que ha ocurrido. Por supuesto, nos atrae dejarnos llevar por nuestra imaginación cuando leemos las historias que otros, los escritores, han inventado. Lo mágico de las novelas es que nos permiten entablar relación directa con personajes inexistentes y entrar en mundos que nos hacen olvidar, momentáneamente, el propio. Más aún, podemos llegar a olvidar, incluso, que ese relato en el que andamos entrando y saliendo, a la vez que encendemos y apagamos la lámpara de la mesilla de noche, jamás ocurrió. Al menos, no de la forma en la que el autor, a su vez, nos lo ha contado. Porque cualquier narración deja de ser del escritor cuando se publica, y pasa a pertenecer al lector con todos sus personales modos de interpretarla y percibirla. Hay, por otra parte, personajes tan convincentes, trazados a base de una realidad más emocional que física, que logran transcender a su padre literario, convirtiéndose en mucho más cercanos y reales que quienes un día los alumbraron. Como el genial Sherlock Holmes, paradigma del personaje de ficción que acabó engullendo, de alguna manera, a quien le dio la vida.
Leer es un placer privado e intransferible. Uno de los mejores. Pero estos días, además, la revista Brain Connectivity ha publicado los resultados de un experimento llevado a cabo por científicos de la Emory University de Atlanta con un grupo de lectores, al objeto de establecer cómo la lectura de un libro puede influir directamente en el cerebro de quien lo lee. El neurocientífico responsable del estudio, Gregory Berns, pretendía medir los cambios de conectividad que se producen en el cerebro, no sólo mientras nos encontramos leyendo la novela, sino también después. En los días posteriores. Para ello, “reclutó” a 21 estudiantes universitarios durante un plazo de 19 días y empezó a realizar resonancias magnéticas funcionales a cada uno de ellos en diferentes intervalos. El libro elegido para tan literario experimento fue Pompeya, escrito en 2003 por el británico Robert Harris, que narra la historia de un hombre que intenta salvar a su amada de la inminente erupción del Vesubio que destruyó la mítica ciudad del sur de Italia en el año 79. Berns justifica la elección de esta obra en su potente narrativa, aunque también parece claro que son las ficciones recreadas en momentos históricos reales las que más alas dan a la imaginación de algunos lectores. Quizá, porque ya guardan en sus correspondientes discos duros imágenes de lo acontecido.
Después de comenzar la historia, se realizó la primera resonancia magnética por imágenes y, posteriormente, se hicieron más en fase de reposo, cuando hacía cinco días que los “conejillos de indias” habían dejado de leer la novela. De acuerdo con lo publicado en la revista científica, los resultados de las pruebas demostraron que la lectura de una novela – esperemos que no sólo la del autor superventas Robert Harris – provoca efectos duraderos en las regiones del cerebro responsables del lenguaje y la receptividad, así como en las correspondientes a la creación de las representaciones sensoriales del cuerpo. Una especie de “actividad sombra”, en palabras de Berns, casi como una suerte de memoria muscular. Porque el ensayo constató cambios en relación a un incremento de las conexiones en el surco central del cerebro, es decir, en la frontera entre las zonas motrices y las sensoriales, un área donde las neuronas no sólo se activan cuando realizamos una actividad, sino también cuando pensamos que la realizamos. Y quién no se ha visto alguna vez siguiendo mentalmente al protagonista de una novela en su huida, corriendo a su lado, lanzándole, incluso, advertencias de peligro. Dándole consejos. Hemos llorado, con y sin lágrimas, mientras pasábamos las páginas, y la mayoría hemos trasnochado por culpa de los párrafos que se sucedían, sin poder parar de leer hasta que nos fuera desvelado el secreto, el destino de los personajes.
“Ya sabíamos”, ha declarado Berns, “que las buenas historias pueden hacer que nos metamos en la piel de otro, ahora hemos visto que eso también puede ocurrir biológicamente”. Su conclusión es que “las historias que leemos moldean nuestras vidas y en algunos casos ayudan a definir a la persona”. ¿Será cuestión de empezar a elegir nuestra próxima lectura con una perspectiva biológica? En todo caso, sigamos leyendo. Mucho. Porque ya decía Unamuno que “Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee”.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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