Antonio D. Olano
ANTONIO D. OLANO es periodista de larga trayectoria en el ámbito cultural. Amigo personal de Pablo Picasso, es especialista en la figura del malagueño, de quien ha publicado una docena de libros.
lo insólito cotidiano
Tiempo de fiestas
Tiempo de fiestas, continuadas porque ya anunció un gran ingenio español, que “todo el año es carnaval”. La calle, los grandes salones, se llenan con los festeros, adictos a todas las celebraciones. Nuestro compañero Olano se refiere a esas alegres gentes y a las que van a buscar en los días finales del año.
Sabina, que da la vuelta a los tópicos como si se tratase de un calcetín, riza el rizo y acierta siempre. Entre él y el granadino rockero Miguel Ríos se reparten la autoría de la que circula, sobre todo en los medios seudo- intelectuales:
“Como se está fuera de casa no se está en ninguna parte”. Yo me apunto al decir “vale más estar solo que bien acompañado”. Y me refiero a la soledad acompañada de esas fiestas navideñas, con estrambote en el fin de año y una prórroga hasta el día de Reyes. Unas vacaciones prolongadas y en la que todos los que nos rodean son compañeros de viaje.
Sigue gustando, digamos que en Madrid, el descorchar cava en plena Puerta del Sol y siguiendo el mandato del sonido de la campanadas. Los que prefieren celebrarlo en casa tienen para elegir entre cadenas de radio, estaciones de televisión, entre figuras más o menos carismáticas.
Las comidas de estos días son pangruélicas por necesidad. Mariscos, imprescindibles. Prescindibles, por sus precios las anguilas que algunos sustituyen por las anulas, sucedáneo que intenta reemplazarlas.
Objetivo, desde hace varios lustros, el insulso pavo, que se adorna en los restaurantes con los aditamentos y recetas que uno termina preguntando si le han servido un pavo, una pularda o un cochinillo asado por José Maria en Segovia.
Por mi parte prefiero el capón vilalbés del que, y no por falta de deseo y voluntad, llevo alejado un montón de navidades. Es mi manjar favorito, regado por un buen ribeiro un rosal o un calo de la riveira sacra.
Ejercitamos diversas maneras para conseguir aburrirnos soberanamente al aceptar la ley de la juerga que nos imponen y gustosamente aceptamos en esas fechas. Hay que divertirse por realismo decreto de las hojas del calendario.
No por “snobimo”, del que estoy más vacunado que de la famosa , sino por mas de la costumbre suelo pasar el fin de año en Rio de Janeiro. Es totalmente diferente al nuestro aun que hay mucho de español en esos grandiosos festejos que cubren, de punta a punta la aya de Copacabana,
La fiesta comienza de mañana y continuará por todas las calles de la ciudad hasta consumir el día siguiente, primero del año. Durante toda la tarde del día 31 y hasta que anochece, se simultanean las actuaciones en docenas de escenarios instalados a borde del mar, artistas nacionales e internacionales.
Se cena en alguno de lo restaurantes, mirando al océano, de la Avenida Atlántica, casi todos regidos por españoles. De modo que, más que probablemente la cena de nochevieja cosiste en una bien presentada paella valenciana.
Todos los celebrantes, millares, me atrevo a decir que más de jun millón, deben vestir de blanco. Barcas con velas encendidas son botadas en el mar. Toda la costa se ilumina tenumente. Se alternan, respetuosamente, la macumba y la samba.
De pronto no solo explosionan sino que hacen arte los fuegos de artificio. ¡Otra vez España! Concretamente los maestros pirotécnicos valencianos que hacen mirar al cielo a todos los asistentes. Que dejan de pular- en Brasil no se baila, se pula- y ser admirados por ellos mismos par mirar al cielo y, finalmente, recibir con aplausos al año nuevo y a la traca final.
Ya están en la calle- a verdad es que no la abandonan nunca- la “escuelas de samba” que anuncian el Carnaval.




