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TRIBUNA

Jueces y Justicia

miércoles 24 de octubre de 2012, 08:52h
Si, aparte de los héroes y heroínas del mundo del deporte, alguna profesión ha visto alzaprimada su popularidad en la sociedad de la comunicación y el espectáculo es sin duda la de los servidores de la justicia. Fenómeno con fuerte vigencia en las sociedades occidentales, en España se encuentra peraltado en extremos sin duda imposibles de superar. Unos días se deberá a las poco recomendables costumbres de algunos de sus miembros; otros, a las tensiones del llamado poder judicial con el ejecutivo e, incluso, el legislativo; en ciertas coyunturas, las actividades de los jueces “estrellas” acaparan la atención de prensa y televisiones; y, en fin, son numerosas las ocasiones polémicas y controvertidas en que los representantes de tan alta función aparecen con perfil y protagonismos descollantes. A su vez, la literatura periodística producida por ello alcanza cotas crecientemente más elevadas.

No siempre fue así. Durante muchas generaciones, nuestros antepasados se afanaban por colocar la vida y trabajo de los impartidores de la justicia en un ámbito adensado de silencio y oscuridad, que creían el más adecuado pora el ejercicio y cumplimiento de una misión nimbada generalmente de un aire sacral. En las colectividades democráticas, ello resulta, desde luego, impensable; pero aún así, quizá se haya ido demasiado lejos en el camino recorrido hasta el momento en nuestro país. Uno de los últimos rifirrafes de mayor consumo mediático estuvo provocado por el propósito gubernamental de revisar el Código Penal en orden a adecuarlo “a los delitos del siglo XXI”. Un número considerable de comentaristas y tertulianos apreciaron que con ella se traspasaba la postrera línea roja de la dureza y severidad con los incursos en crímenes per naturam abominables, con retroceso a un estadio penal propio de estados totalitarios.

Ante tal debate, instintivamente, el articulista —amante apasionado de su oficio- buscó en su campo no ya “certezas”, como quería -¡hélas!, utópicamente- Camus, pero sí al menos perspectivas iluminadoras. Su modesta y apresurada rebusca le condujo al gobierno de los Reyes Católicos, “reinado aúreo e de justicia”, según escribiera el gran cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo. En un libro delicioso, “las Epístolas familiares”, de Fr. Antonio de Guevara — (que si no se tuviera como agravio a las lecturas hodiernas recomendadas en colegios e Institutos, quien suscribe encarecería muy vivamente)-, un juez implacable aseveraba “(…) que nunca da el rey vara de justicia sino al que de cabezas y pies y manos hace pepitoria (…) Vos, padre guardián, ganáis de comer a predicar, y yo lo tengo que ganar a ahorcar, y por Nuestra Señora de Guadalupe, precio más poner un pie o una mano en la picota que ser señor de Ventosilla”...

La deducción más espontánea de dicho testimonio es que la justicia dependió en todo tiempo de los criterios del Poder, de su lado, tan sólo legitimado en su ejercicio por recoger fielmente en sus actos y disposiciones la sensibilidad y opinión de los ciudadanos. Por mucho que repugne la conciencia histórica y moral de incontables mujeres y hombres del momento presente, es indudable que muy anchos estratos de población, a falta de la bien abolida pena de muerte, se decantan sin vacilación por las condenas más rigurosas —prisión permanente- respecto a delitos de la naturaleza del terrorismo o del sadismo, causantes de gran alarma social. Cuestión, como se observa, de altos vuelos éticos y jurídicos, que, al igual que otras de semejante índole, debiera ser si no materia exclusiva, sí reservada al estudio ahincado de los integrantes de la carrera judicial, fuera de focos mediáticos y escenarios políticos, “sub umbra chartorum”, el espacio y la luz ideales para el éxito de sus afanes. Hoy, cuando en España el avance del porcentaje femenino en la Judicatura se descubre, plausiblemente, arrollador, cabe abrigar fundadas esperanzas en que, dadas la superioridad de las mujeres en sensibilidad y realismo, la interpretación de las leyes halle el difícil de punto de la conciliación entre el rigor y la comprensión.
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