
La ortodoxia, en cualquier disciplina creativa, viene marcando la pauta de lo riguroso, de los márgenes de lo justo y el nicho-etiqueta de tal o cual pieza, relativizando los experimentos fronterizos y censurando la trasnfiguración de elementos y categorías. Llegados a este punto de la concepción se contextualiza que el Nobel de Literatura de ese año, entregado a un cantautor, de culto, pero músico al fin y al cabo, haya generado una convulsión endógena en buena parte de los escritores que además se erigen en guardianes de lo genuino del gremio. Sus letras no poseen todo el peso literario que deberia, criticaban. Se entiende, además, que las punzadas a la decisión se tornarran más ácidas cuando el protagonista, Bob Dylan, no agradeció el honor hasta pasada una semana y no concibiera hacer escala en Estocolmo para recoger el polémico galardón.
La Academia Sueca sorprendió a propios y extraños condimentando con pimienta el árduo y ancestral debate sobre la circunscripción y encuadre de los versos, giros linguísticos y escorzos metafóricos destinados a ser acompañados por guitarras y ritmos instrumentales dentro de la dimensión escritora. Huelga glosar sobre la figura y aura biográfica del premiado, en eterna gira y escurridiza asunción de su personaje ("Yo sólo soy Bob Dylan cuando tengo que ser Bob Dylan. La mayor parte del tiempo quiero ser yo mismo. Bob Dylan nunca piensa en Bob Dylan"). Bastará con esbozar parte del argumento sobre el que ha girado la valiente decisión de los académicos, avezados y determinados a pesar de saberse caminando sobre ascuas.
Y es que el magnetismo del compositor de versos, a menudo incorregibles, despegó en los 70 desfragmentando los paradigmas creativos del rock y de un buen puñados de grupos icónicos. Elevando y exigiendo más excelencia y profundidad al trabajo de la lírica en el desarrollo de temas y salpicando de referencias estilísticas y estéticas a la narrativa de un género de crecimiento definitivamente condicionado por Dylan. Desde las entrañas del Nobel se le 'acusó' de "haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción americana" y Murakami volvió a penar en la cima de las quinielas.
El cataclismo que tomó de particular sujeto pasivo al cantautor estadounidense volvió a torcer el último peldaño hacia el techo literario al escritor japonés, que este año refrescaba su estruendoso favoritismo. Un estatus que le mantiene en la futilidad de los pronósticos desde el 2010, compartiendo charla etérea sobre el critero de los académicos (voluble, podría asegurar desde este curso) con Philip Roth, Ali Ahmad Said Esber "Adonis", Milan Kundera, Amos Oz o Claudio Magris, la comunidad de escritores que son empujados a escena y arrojados al sinsabor cuando se nombra al condecorado en cada edición de los premios.
Pero hubo más 2016, extramuros del huracán Dylan. El relato se desvía por el prisma del peso o por el cauce cronológico. El primer parámetro abraza a Harry Potter y la octava entrega de la saga. El best seller de la temporada sólo significó otra muesca en el insondable currículo de J.K. Rowling, que vendió dos millones de copias en dos días de los dos volúmenes que recogen la obra de teatro escrita en compañía de John Tiffany y Jack Thorne. "Harry Potter and the Cursed Child" muestra al mago en su intervalo adulto y confirma la irrebatable salud con la que se relame, con más de 500 millones de copias vendidas -desde 1997- que edifican una estela en papel legendaria.
La relación de aristócratas literarios que recogieron fruto en este año que se extingue -excepción efectuada por connivencia con Dylan de la biografía de Bruce Springsteen, "Born to Run", en el que desveló su tendencia a la depresión- amanece con lo sabroso y esperado de la novea inédita de Roberto Bolaño, 13 años después de su fallecimiento y anunciada desde 2013. Escrita en Blanes (Gerona) en 1984, "El espíritu de la ciencia ficción" narra las peripecias de dos poetas que buscan ganarse la vida como tales en la capital azteca de los 70. Y hasta aquí lo romántico. Porque lo que completa el repaso a este advenimiento de otra obra que echarse a la retina del genial escritor es el brete empresarial que alumbró el parto. Carolina López, viuda de Bolaño, abandonó Anagrama, su editorial de siempre, para confiar en Alfaguara, transacción que detonó ruido de sables ante la cantidad de inéditos, "cuantificados y clasificados" aunque no se sepa qué es publicable, que quedan en el desván.
De vuelta al paseo por la azotea, Carlos Ruiz Zafón regresó con "El cementerio de los libros olvidados", el ansiado cierre de la saga iniciada con el superventas "La sombra del viento" (2001); Mario Vargas Llosa presentó "Cinco esquinas"; "Falcó" devolvió a Arturo Pérez-Reverte a la trinchera de la promoción literaria; y Jonathan Safran Foer ("Aquí estoy"), Zoé Valdés (La noche al revés"), Joe Dicker (El libro de Baltimore) y Elena Ferrante (con la serie "Dos amigas") compatieron éxito y protagonismo en las librerias y coloquios.
Concluye el resumen aplicando el acceso cronológico, pues 2016 alzó el telón con la tirada editorial a las tiendas de "Mi lucha", de Adolf Hitler. El escrito, que superó 70 años de prohibición (desde el suicidio del funesto führer nazi), volvió a estar disponible para ser editado con polémica, pues el renacer mercantil de la sintética exposición de los fundamentos metafísicos de su perverso nacionalsocialismo cae en un contexto de incipiente oscuridad en el Viejo Continente. Negritud moral y humanitaria que se vio favorecida por el deceso, en los últimos 12 meses, de tres premios Nobel: Imre Kertesz, Dario Fo y Elie Wiesel, además de Ignacio Padilla, Umberto Eco o Harper Lee. Por lo menos, las ilustres efemérides sacaron brillo a la ventana de necesaria reflexión para el crecimiento personal y social que significa la literatura. En estos 365 días se festejó el centenario del nacimiento de Camilo José Cela, se honró la enseña cervantina y shakespiriana, coincidiendo con los 400 años de sus muertes, y se recordó a José Donoso (dos décadas se cumplieron de su deceso), todo ello con menos pompa y dedicación de la justa y debida pero generando un retorno a sus respectivas producciones culturales que iluminó, en cierto modo, la penumbra del devenir por el que toca navegar.