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TEATRO REAL

"Dead Man Walking no es una ópera sobre la pena de muerte, es una ópera sobre el amor"

La hermana Helen y Joyce DiDonato, en la sesión fotográfica de este 22 de enero.
La hermana Helen y Joyce DiDonato, en la sesión fotográfica de este 22 de enero. (Foto: Teatro Real)
martes 23 de enero de 2018, 00:31h
Actualizado el: 25/01/2018 17:19h

Desayuno coloquio en el Teatro Real con ocasión del estreno de “Dead Man Walking”.

El Teatro Real ha acogido este lunes un profundo y emotivo relato de Sister Helen (hermana Helen), la religiosa autora del libro “Dead Man Walking”, donde narra su experiencia con Joseph de Rocher, el preso condenado a muerte en 1982 y ejecutado por el cruel asesinato de dos adolescentes, a quien, desde 1981, asistió espiritualmente como parte de un proyecto de apoyo a condenados en el corredor de la muerte. Junto a ella, Joyce DiDonato: la mezzosoprano que dará vida a la hermana Helen en la ópera homónima que se estrenará en el Teatro Real el próximo día 26 de enero. Ambas acuden al desayuno vestidas de negro y con chaqueta roja: la complicidad entre ellas –no sólo en la vestimenta- es evidente desde el primer momento. Helen y Joyce -ésta también de Kansas- decidieron llevar este relato a la ópera cuando la diva apenas había empezado su andadura internacional –estaba entonces en la City Opera de Nueva York-, sin saber que ésta sería “una ópera para quedarse”, como la define la misma Joyce.

Desayuno ofrecido por el Teatro Real hoy, 22 de enero, con Helen Prejean y Joyce DiDonato. TR

Publicado en 1993, “Dead Man Walking”, el libro de la hermana Helen, fue llevado al cine por Tim Robbins en 1994. En 1995 su fama había crecido exponencialmente. La película fue nominada a varios Oscar, si bien el galardón se otorgó finalmente solo a Susan Sarandon, que en el film daba vida a Helen Prejean. El papel del convicto (en la película Matthew Poncelet) corrió a cargo de Sean Penn. Más tarde el relato sería llevado a la ópera por el compositor Jake Heggie sobre libreto de Terrence McNally. Se estrenó el 7 de octubre de 2000 en el War Memorial, el Teatro de la Ópera de San Francisco. El estreno contó entonces con la voz de la mezzosoprano Susan Graham como protagonista.

Nada más comenzar el desayuno, en la Sala Carlos III del Teatro Real, Helen Prejean toma, decidida, la palabra. Esta monja de Kansas cuenta que nació en una familia de buena posición de Luisiana. Su padre era abogado. Del servicio de la casa se ocupaba gente de color. Creció viendo como algo natural que los negros sirvieran a los blancos, que se sentaran en la parte de atrás en el autobús…“Nadie discutía ese status quo” -dice-. Fue ya recién ordenada cuando pudo conocer personalmente a las comunidades más pobres de Nueva Orleans. Algo se movió entonces en el interior de esa jovencísima religiosa que apenas comenzaba su andadura de entrega y servicio a Dios y a los hombres. No obstante, habría que esperar a 1981 para que su vida cambiara para siempre. El destino le puso delante una enorme prueba cuando aceptó formar parte del programa de atención a presos en el corredor de la muerte. Fue cuando tuvo la oportunidad asistir espiritualmente a Elmo Joseph de Rocher hasta su ejecución en 1984. No sabía lo que tenía que hacer, simplemente “me tiré a la piscina”, dice.

La hermana Helen, recién ordenada en la Orden de San José de la Medalla. TR

Lo importante de esta experiencia -prosigue la hermana Helen- no es que el preso, Patrick, fuera o no fuera inocente, que hubiera sido condenado justa o injustamente a la pena capital, sino precisamente que era culpable, que quizás nunca se arrepintió de su crimen. Es este dato el que abre un debate mucho más amplio, el que nos obliga a profundizar en la cuestión de la pena de muerte, el que nos pone en la encrucijada de cohonestar sentimientos contradictorios de una fuerza terrible y a buscar una solución a la doble pérdida, a la doble desolación que implica que al dolor de las víctimas se sume también el de la familia del reo. “La experiencia estadounidense en la aplicación de la pena de muerte nos ha enseñado que esta no es la solución” – prosigue Helen Prejean-: “El sufrimiento solo trae más sufrimiento…El Gobierno no puede tener la última palabra. Nos corresponde a nosotros, los ciudadanos, alzar la voz; quien se queda callado termina siendo, tarde o temprano, cómplice. Es una cuestión de derechos humanos.”

Para Helen Prejean es la ópera (como obra de arte total o “Gesamtkunstwerke”) la vía más adecuada para trasmitir esta amalgama de sentimientos que se contraponen y luchan ante el problema de la pena de muerte, la que permite apreciar en todos los niveles y entender mejor el mensaje de este viaje de Amor –sí, Amor, con mayúscula- que constituye su experiencia emocional con los presos del corredor de la muerte. Ahora está asistiendo a su séptimo preso. Ella confía en su inocencia y en que el juez encargado actuará con justicia; que no dirá -como antes solían decir- que es demasiado tarde, que el caso ya está juzgado.

También DiDonato transmite su total implicación con la experiencia emocional de Helen. Subraya también la de todos los protagonistas, especialmente la de los papeles secundarios, en los que intervienen cantantes latinos, para quienes la pena de muerte es algo difícil de asimilar, porque es ajena a su cultura. La implicación emocional de los artistas sin duda contribuirá al objetivo perseguido por el libro de Helen Prejean, y por la película y la ópera inspiradas en él. Según esta religiosa, en Estados Unidos ya hay mucho camino recorrido, si bien –reconoce-, al contar con menos años de historia, hay que caminar un poco a zancadas para superar conflictos que en Europa hace muchos tiempo que se superaron. Ella, en todo caso, es optimista y señala que la divulgación de su experiencia ha supuesto un punto de inflexión en la forma de abordar la pena de muerte en su país.

Cuando Joseph de Rocher iba a ser ejecutado tuvo un gesto de amor hacia la hermana Helen: le rogó que no le asistiera hasta el final; que ella no lo soportaría. Ella le contestó: “Mírame a los ojos y verás el rostro de Cristo en mi cara”. ¿Se arrepintió Joseph de Rocher? Nadie puede saberlo. De lo que no hay duda es que mientras hay vida hay esperanza de humanización, hay posibilidad de reinserción.

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