Vuelve el “Teatro Urgente”, dando continuidad a un proyecto que se asienta sin defraudar. Ernesto Caballero dirige un gran montaje de "Ortega", de Karina Garantivá, donde la dramaturga no aborda la vida del filósofo, sino que extrae cuestiones centrales de su pensamiento ligadas a dilemas insoslayables de nuestro presente.
Ortega, de Karina Garantivá
Director de escena: Ernesto Caballero
Intérpretes: Ana Ruiz, Álex Gadea y Alberto Fonseca
Lugar de representación: Teatro Quique San Francisco (Madrid)
¿Qué le dirían ustedes a una vecina de su vivienda que se acercase al contenedor municipal de basura cargada con doce gruesos volúmenes, de excelente encuadernación, para arrojarlos allí como un desperdicio entre los demás desechos? Más aún, ¿se animarían a comentarle algo, si comprobasen que esos venerables tomos albergasen meditaciones filosóficas, y más en concreto, fueran las Obras Completas del pensador español José Ortega y Gasset? ¿Les parecería un mal destino verterlos entre las inmundicias tóxicas, cuando alguien podría sacarles provecho? ¿O por el contrario creen que la filosofía es hoy cosa del pasado, un lastre que a nadie ya le interesa ni puede ser útil si no es a esa figura ridícula creada por nuestra sociedad actual y bautizada con el despectivo neologismo de: “cultureta”?
El dilema de la protagonista la sumerge en un dédalo de contradicciones que genera una comedia cuyas alternativas hacen reír al público -sobre todo a aquel formado a través de la lectura y que ahora constata una total supremacía de insustanciales contenidos audiovisuales-, en unas carcajadas con cierto sesgo nostálgico. Se podría decir, quizá, que se trata de una singular risa elegíaca que induce a una grata reflexión sobre el vuelco de nuestros estilos de vida, en un rápido bucle donde parece haberse vuelto inútil justo aquello que antes más valorábamos. Las peripecias de la comedia Ortega, de Karina Garantivá, se originan así cuando la protagonista se propone hacer lo que no quiere llevar a cabo, o al intentar materializar de forma enérgica lo que no desea cumplir. Un círculo vicioso que empujará a las simbólicas Obras Completas orteguianas a dar mil vueltas disparatadas entre los personajes de la pieza, como si fueran una pelota de goma que rebotase con fuerza imprevista en todas las direcciones del universo familiar y profesional del personaje de Joana, profesora universitaria de “Semántica”, de origen hispanoamericano pero afincada en España, lo que le permite poseer una perspectiva contrastada de ambos mundos.
Todo su bagaje personal aflora en su primer intento de tirar las obras de Ortega a la basura. La docente universitaria se encuentra con un enigmático inspector de desechos, y ante esa presencia surrealista, no logra reprimir una curiosa alocución en voz alta que podría titularse “Meditación y Elogio del Contenedor de Basuras”. En su país de origen no resulta tan fácil desprenderse de los residuos del pasado. Despojos que continúan envenenando el presente, quizá por un impulso ritual que hace retornar de forma obsesiva lo anterior, o quizá por un estancamiento que hace imposible desprenderse de la escoria del ayer. Parece obvio que aquí Joana ya no está hablando propiamente de la eficacia o ineficiencia del Servicio Municipal de Limpieza, sino de la capacidad de renovación aquí, en su país de acogida, para deshacerse con facilidad de esa cochambre que actúa como lastre y liberarse de ella.
Lo paradójico de este elogio del Contenedor de Basuras es que se trata de una teoría inspirada justo en Ortega y Gasset, quien en alguna ocasión afirmó que “se nos presenta como necesario un repertorio de acciones que ya otros han ejecutado y nos llega bajo la aureola de una u otra consagración. Esto nos incita a ser infieles con nuestro auténtico quehacer que es siempre irreductible al de los demás”. Desprenderse de los textos del autor de El tema de nuestro tiempo sería, así, renunciar a un autor cuyo pensamiento nos llega, precisamente, con una aureola de consagración y cuya imitación nos impediría desarrollar nuestro propio razonamiento. Hay que tirarlos. Pero esa idea teórica está formulada de manera excelsa en esos mismos escritos. No se debe, entonces, repudiarlos. El círculo vicioso se cierra sobre sí mismo.

Joana, junto a su esposo y compañeros, ensayará, pues, otras maneras más creativas de desprenderse de ellos, pese a esa inicial alabanza del Contenedor de Basuras, intentando superar el dilema. No habría que insistir mucho en que, además de Ortega, esos tomos encarnan el pensamiento filosófico en su conjunto, incluso la herencia cultural escrita, en la disyuntiva entre endiosarla o, por el contrario, borrarla del mapa. En el primer caso, acabaríamos por ser prisioneros maniatados de nuestro pasado cultural. En el segundo, permitiríamos que se divinice cualquier caprichosa estupidez sustentada en la más absoluta ignorancia. Y esta encrucijada la estamos experimentando ahora mismo, en el corazón de nuestra sociedad, con consecuencias todavía imprevisibles.
No resulta banal que la última clase de “Semántica” de Joana, antes de entrar en un quirófano, esté dedicada a la etimología de la palabra “laberinto”. Sabemos que la Etimología es una ciencia que se encarga de desvelar el origen de los vocablos, pero desde Nietzsche, la filosofía ve en esas etimologías el significado auténtico y profundo de una expresión verbal. La profesora explica a sus alumnos que la parte inicial de “laberinto” proviene de la cultura minoica de Creta: “labrys”, que entonces hacía referencia a un símbolo religioso: un hacha de doble hoja que representaba la vida y la muerte, utilizada en los sacrificios a la Luna, incluyendo ejecuciones humanas. El latín le añade la desinencia “intos”: algo recluido, algo que se encamina hacia adentro de modo que no se puede salir de su interior. Etimológicamente su significado apunta a un dilema interno, sin salida, cuya oscilación origina un martirio, tanto físico como también espiritual. Un conflicto de doble filo que golpea, pues, como un hacha de sacrificios rituales en el seno de una persona o de una sociedad. Por una ráfaga de interpretaciones mímicas, se alude también a la fiereza de ese combate interior en el caso de una nación, evocando El laberinto mágico, de Max Aub, sobre la Guerra Civil española, que Ernesto Caballero llevó a las tablas en el Centro Dramático Nacional. Pero, en cualquier caso, esta profunda clase de semántica no la escuchan aplicados escolares. En el aula sólo entra un único individuo con la fisonomía de don Quijote de la Mancha, lanza y quimérico yermo de Mambrino incluidos, para asistir a la lección con una mirada ausente perdida en el infinito.
Don Quijote sentado hierático en un aula universitaria hace que la gran cultura adquiera un cariz grotesco. Una comicidad aún más burlesca cuando la profesora sueña con ese Don Quijote, y ante la sospecha de que se trate de un impostor, baila convulsa ante él, moviendo las caderas como Shakira, porque, ya se sabe, “las caderas no mienten”, y con toda seguridad el Caballero de la Triste Figura sólo finge ser un idealista, para, en realidad, atrapar lo que todos buscan: las nalgas bamboleantes de la diva. Pero resulta que Don Quijote es de verdad quijotesco, y, al fin, se marcha persiguiendo una fantasía perdida en el horizonte, en un acto de total esterilidad. Y las nalgas de Skakira se quedan en una convulsión pop solitaria, que de sueño deriva en pesadilla. El consumo de las masas resulta triste delirio.
Mientras tanto el dilema de tirar o conservar nuestra cultura más elevada produce también peripecias inesperadas. Causa así un drama familiar. Igualmente una retransmisión en vivo, vía internet, a alguna red social, de estudiantes ensalzando el regalo de unas Obras Completas de Ortega, tan admiradas como rechazadas, pues son libros que ni han leído ni piensan leer, así como una performance de un artista que se propone destrozar los libros para vender los despojos como una obra de arte donde la deconstrucción, el azar y la reivindicación a través del estrago, le proporcionen copiosos dividendos a costa de galeristas a los que se les caído uno o varios tornillos de la cabeza. Mediante este humor tan imprevisible como elegíaco y meditativo, la dramaturga Karina Garantivá atrapa una cuestión sustancial y a la vez desquiciada en nuestra cultura de masas.

Para que las peripecias jocosas no empañen el carácter crucial del problema, el funambulesco intento de sacrificar la producción de Ortega se vincula a una operación quirúrgica de Joana donde ha de decidir si le extirpan o no el útero. Es decir, si conserva o se desprende del órgano por excelencia para crear vida. Crear o no crear es la disyuntiva. Hoy lleva las de ganar el “no crear” –parece decirnos la autora-, bien por idolatría hacia lo heredado, o bien por la sustitución de la gran cultura por quimeras e imposturas vanas, veleidosas, antojadizas, ridículas, arbitrarias, profundamente estériles.
El director que ha puesto en escena esta pieza, Ernesto Caballero, sintoniza a la perfección su diseño del espacio físico y sonoro con el significado íntimo de la comedia. Un semicírculo acoge todas las acciones de los personajes en una geometría que evoca una Luna en cuarto menguante, o un Sol hundiéndose en el crepúsculo, formas espaciales que recuerdan el ocaso de la gran cultura expuesto en la obra. Las reflexiones más complejas de Joana -interpretada con pericia por Ana Ruiz, en la difícil versatilidad de combinar humor con poesía y meditación-, se acompañan por lejanas y deliciosas arias operísticas. Ernesto Caballero parece subrayar así la belleza y a la vez el temple elitista de esa conciencia del caos laberíntico y crepuscular de nuestra época. Las sucesivas salidas de los personajes fuera de la escena y su intrusión entre el público, lanzando al escenario cómico-dramático sus advertencias y argumentos, invitan a que los espectadores realicen en su interior otro tanto, impulsándoles a proseguir la meditación planteada, más allá de los lances más ocurrentes o divertidos que se suceden en las tablas.
Son los espectadores quienes han de reaccionar, pues Ortega no es un tratado que dé respuestas explícitas y categóricas, sino una ficción que descubre –con humor- amenazas ciertas a nuestro alrededor. Existe, sin embargo, un recurso sonoro de especial relevancia cuyo origen no sabemos si atribuírselo al director, Ernesto Caballero, o a la autora, Karina Garantivá, a partir del cual ese símbolo del hacha demoledora, con su doble filo en los laberintos personales o colectivos, puede darnos un respiro. Mientras los personajes se entregan a sus disputas finales, una voz singular desciende sobre ellos, sin que la escuchen ni caigan en la cuenta de que se trata de una alocución pronunciada por el propio José Ortega y Gasset. Difícil calibrar si el público que asiste a la representación reconoce su voz, a la par enfática y cordial.
Entre esas palabras mágicas que llueven sobre el escenario sin que casi nadie les preste atención, se oyen reflexiones como la siguiente: “La vida verdadera es inexorablemente invención”. Estamos ante una llamada a la ruptura con la inercia y un gran canto a la creación. Pero a una actividad creadora que no puede abandonarse a la extravagancia o la simple ocurrencia de nuestra fantasía. Por ello, Ortega continúa: “Tenemos que inventarnos nuestra propia existencia y a la vez este invento no puede ser caprichoso. El vocablo ‘inventar’ recobra aquí su acepción etimológica de ‘hallar’. Tenemos que hallar, que descubrir la trayectoria necesaria de nuestra vida, sólo entonces será verdaderamente nuestra y no de otro, o de nadie como lo es la del frívolo”.

El discurso del pensador madrileño prosigue, como un collage exquisito, sobrevolando las disputas cómicas de los personajes. Se nos está advirtiendo de que nuestra vida es –o debería ser- una creación artística. Pero que esa invención fantástica no puede dejarse en manos de una imaginación tornadiza y sin fundamento. Aquí vuelve la etimología reveladora de las palabras: “inventar” proviene del vocablo latino “inventus”, cuyo significado primitivo es descubrir algo dentro de nosotros. Crear exige partir de una verdad oculta en nuestra vida, y desde el conocimiento, desarrollarla hasta su máxima expresión.
Este es el hilo que nos podría sacar del laberinto. El conocimiento de la verdad como punto de partida para aportar nuestra creación. Para eso han servido las tan traídas y llevadas Obras Completas de José Ortega y Gasset en esta comedia. Para ararlas, para extraer semillas que germinen en nuestras creaciones. Ni dejarlas como adorno en los anaqueles, ni usarlas como frías citas en nuestra conversación. Tanto menos regalarlas con espíritu filantrópico o arrojarlas como desperdicios. En ellas hay un principio de esperanza. Esta ha de tener su inicio en la sabiduría, pero una sabiduría vital que se sustente en una verdad velada y novedosa que necesita salir a la luz de un modo creativo. Toda la cultura heredada debería estar al servicio de esta vía de escape que nos salve de nuestros endiablados laberintos.
La acción de la comedia subraya con mucho énfasis el enorme daño de las creaciones caprichosas –tan frecuentes y nocivas hoy-, basadas en las cabriolas más arbitrarias de fantasías inmaduras. El final de Ortega se hace así eco de la gran controversia entre Miguel de Unamuno y el fundador de Revista de Occidente. El rector de la Universidad de Salamanca venía exaltando la figura de don Quijote, es decir, la imaginación más exacerbada, como la meta y el carácter último de los españoles. Pero recordarán cómo Ortega y Gasset respondió, en aquella polémica, que eso era idéntico a entregarse a la arbitrariedad, al desconocimiento y al fracaso. Y realizó por ello un extraordinario ataque al quijotismo para proponer que, en vez de ser quijotescos, mejor fuéramos cervantinos. O sea, grandes creadores pero fundamentándonos en una honda sabiduría de la realidad. Y si quieren saber cuál es la opción de la autora de la pieza ante esta disyuntiva observen con atención los últimos objetos que se depositan cuidadosamente en el Contenedor de Basuras. Y ya les adelanto que no se trata de las orteguianas Obras Completas.
Esta reciente muestra del “Teatro Urgente” ha considerado perentorio revisar la naturaleza de las invenciones culturales de nuestro presente y hacernos pensar de forma incisiva e inteligente sobre su ocaso y la esperanza de su revitalización. En las anteriores producciones de “Teatro Urgente” se ha reiterado la presencia teatral de la filosofía y los pensadores. Recordemos, sin ningún ánimo exhaustivo, obras donde se discutía la puesta en escena de un drama de Voltaire, o se teatralizaban ensayos filosóficos de Javier Gomá, o la representación de Hannah Arendt en tiempos de oscuridad, de la propia Karina Garantivá. Es decir, se han llevado a escena los textos filosóficos, o las biografías de los pensadores. Pero ahora, en su Ortega, Karina Garantivá ha extraído cuestiones centrales del pensamiento de Ortega y Gasset, íntimamente vinculadas a dilemas que vivimos aquí y ahora, sin construir la comedia sobre un texto suyo o un episodio biográfico. Ha realizado más bien una evocación cómica y fantasmal de ideas orteguianas cuyo efecto último es, por el contrario, severo y con revulsivos muy tangibles para el público actual y la cultura de masas que nos asfixia.