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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Karina Garantivá: “Hannah Arendt podía odiar a Heidegger en lo político y admirarlo como poeta y filósofo”

Karina Garantivá: “Hannah Arendt podía odiar a Heidegger en lo político y admirarlo como poeta y filósofo”
domingo 10 de octubre de 2021, 13:17h
La actriz, directora de escena y dramaturga alcanza la madurez como autora teatral mediante esta magnífica pieza sobre la pensadora alemana con la que ahora vuelve, en una versión renovada, al Teatro Quique San Francisco de Madrid, con honores de estreno e inscrita en el proyecto colectivo bautizado como “Teatro Urgente”.

Con Hannah Arendt en tiempos de oscuridad alcanza su plenitud como dramaturga. Es una pieza artísticamente ambiciosa, profunda y al margen de las fórmulas trilladas. ¿Por qué eligió la figura de la pensadora Hannah Arendt?

Hannah Arendt es una pensadora especialmente relevante para los contemporáneos porque se preocupó de temas que en este momento nos interpelan. El que más me llama la atención es el de la responsabilidad. Como buena discípula de Kant, estaba seducida por la cuestión del juicio. Algo que creo de especial interés para nosotros hoy. El juicio planteado por Kant requiere una actitud de alejamiento frente la acción. Es decir, el filósofo se aísla para obtener una distancia y juzgar de forma imparcial. Hannah Arendt desarrolla de manera personal esta idea. Ella habla del “amor mundi”. Se trata de pensar al mismo tiempo que se está viviendo y actuando en el mundo. Eso me impresionó y pensé que llevarlo al teatro podía ser muy atractivo, si mientras hacemos y escribimos dramas, logramos también pensar sobre el teatro y sobre el mundo. No separar el pensamiento de la acción. No ser solo un espectador y tampoco solo un actor, sino las dos cosas de forma combinada. Y por ahí me vino la idea de iniciar este proyecto.

En una biografía tan extensa y compleja como la de la filósofa alemana, ¿de qué episodios ha tenido que prescindir, aunque le hubiera gustado incluir en su obra?

He prescindido de todas las reflexiones que nos dejó sobre la formación del Estado de Israel. Tenía claro que no era el lugar más indicado para abordar este asunto y por ello lo que dejado fuera. Otro de los aspectos del que no me ocupaba, al menos en la primera versión subida a las tablas antes del verano, fue la etapa final de su vida, cuando estaba escribiendo La condición humana, después del juicio a Eichmann. En la nueva versión que ahora se estrena sí he querido retomar esta última fase en la que vuelve a meditar sobre el juicio. Curiosamente lo último que estaba escribiendo era un retorno a la meditación sobre la necesaria distancia para poder valorar. Un momento enigmático, sus notas inconclusas me parecen inquietantes. Hay dos citas, una de Fausto, en la que el protagonista de Goethe dice algo así como: si yo como ser humano pudiera renunciar a la magia y apartarme de los conjuros, merecería la pena ser hombre, pero ahora los aires están tan llenos de espectros que nadie sabe cómo evitarlos. Me parece muy misterioso que ese texto estuviera en su máquina de escribir debajo de un título que decía: “La capacidad de juzgar.” Estas son sus últimas palabras, que en realidad no son propiamente suyas, sino una cita. Esas intuiciones finales he tratado de incluirlas ahora como prólogo a la nueva versión de la obra.

Una de las mayores controversias sobre Arendt ha girado en torno a su relación con Martin Heidegger. Sobre todo, tras su entendimiento después de la II Guerra Mundial. ¿Cómo valora esos dos momentos, la pasión juvenil, que sí aparece en la obra, y la reconciliación amistosa con alguien que había colaborado con el régimen nazi? Es un tema candente...

Sí que lo es. Considero que esta relación, como todas las relaciones, es muy compleja y, por tanto, muy difícil de comprender de una manera lineal. Evidentemente, la relación entre Hannah Arendt y Martin Heidegger resulta vital para los dos. Y es vital porque se mantiene desde que se encuentran por primera vez hasta su muerte. Resulta revelador que al morir Hannah Arendt tenga cerca de sí la foto de su marido y también la de Heidegger. A su vez, cuando Heidegger escribe sus últimas palabras, ella está presente. Siendo ya muy maduros, ella habla con la mujer de Heidegger y se produce una enorme tensión porque Hannah nunca desaparece de la vida de Martin Heidegger. Entonces, claro, les une la filosofía, les unen cuestiones que tienen que ver con el pensamiento y les separa la política. Heidegger no es un nazi de la segunda etapa, sino que es un pronazi. Pero no un pronazi criminal. Apoya a los nazis hasta que comienzan los crímenes y ahí se retira de la vida pública. Hannah Arendt debate con él, le hace duros reproches escritos, se produce un gran enfrentamiento y dejan de hablarse durante un largo periodo de tiempo en sus vidas. Pero creo que nosotros no estamos en condiciones de entender la profundidad de esta relación. Heidegger era también un poeta y un metafísico. Para ella, él estaba en una categoría en que el error político se podría admitir, algo que para nosotros sería inaceptable, pero que dentro del pensamiento amplio de Hannah Arendt era factible, viable tolerar. Podía odiar a Heidegger políticamente y a la vez admirarlo como poeta y como filósofo.

¿Usted cree que solo entra en juego la admiración intelectual, o había también un elemento amoroso, pasional, en el trascurso de toda su vida?

El amor mutuo entre ellos es evidente, se amaban. Lo que ocurre es que ambos son consecuentes. O sea, Martin Heidegger le dice desde el principio, en todas las cartas, que sus huellas le persiguen, o sea, que no va a abandonar a su mujer. Que no va a cometer esa locura. Piensa que ella es una joven que debe vivir su propia vida, y que para él las cartas ya están echadas. Ella así lo entiende, y lo acepta y cuando se casa con un berlinés, como es Heinrich Blücher, marxista, descreído, a su marido le encanta cultivar la idea de que Hannah además de ser una mujer brillante, intelectual, es una rompecorazones, y no tiene ningún problema en que hable con Heidegger y que se generen celos en el entorno de la casa de ambos, con lo cual todo está servido para que ese amor pueda estar presente sin perturbar. ¡Estos berlineses estaban bastante liberados!

En su texto a veces subraya episodios que en apariencia, desde fuera, podrían parecer secundarios. Por ejemplo, el vínculo que se establece entre Hannah y la escritora del siglo XIX Rahel Varnhagen von Ensen, a través de una buhardilla. ¿Por qué le pareció importante resaltarlo?

Veo a una Hannah Arendt atrapada en el tiempo, mientras estaba pasando uno de los sucesos más determinantes en su vida y también en la historia de Europa, tras el triunfo nazi en Alemania. Quedó obsesionada con la figura de esa mujer de cien años atrás y no era capaz de salir de ahí. Se convierte en la mayor experta en Rahel Varnhagen. Reescribe sus cartas, recupera sus diarios y acumula la máxima información que hay sobre su vida. Me parece muy significativo. No estaba viviendo las cosas de un modo primario, sino a través de un distanciamiento crítico, leyendo, escribiendo y pensando. La vida de Varnhagen le daba la oportunidad de hacer un juicio profundo tanto del pasado como de su presente más inmediato. Por eso la pongo en escena.

Incluso aparece el espectro Rahel Varnhagen.

Aparece el espectro, pero debido a que existen unas profundas concomitancias entre las dos, porque Hannah por primera vez se va a enfrentar al hecho de que ser judía supone una condición que le obligará a renunciar a su historia, a su biografía como alemana, incluso a su pasaporte germano, a todo lo que ella considera su vida. Y es algo que lo vive a través de la figura de una mujer judía del siglo anterior, Rahel Varnhagen. Se trata de un anacronismo similar al de los propios nazis cuando restauran un racismo antisemita trasnochado, que parecía impensable en el momento en que ocurre. No olvidemos que Hannah Arendt pertenece a una ilustración judeo-alemana, una tradición que ya estaba plenamente asimilada en su país. Que judíos de cien años atrás debieran bautizarse para ser aceptados le resultaba algo de un pasado remoto, y de pronto esa exclusión resucitaba y se hacía presente. Algo que daba la impresión de lejano y muerto, revivía sin previo aviso con toda su crueldad. A mí eso me inquieta mucho.

En este sentido, las reflexiones de Hannah Arendt al juicio del jerarca nazi Adolf Eichmann en Jerusalén, causaron una gran controversia. Constituyó un escándalo que le obligó a escribir y reescribir. ¿Cómo las considera? ¿Son válidas esas meditaciones para el día de hoy? ¿Se pueden aprovechar sus palabras para las circunstancias actuales?

Sí, bueno, lo del juicio de Eichmann fue una polémica que afectó personalmente a Hannah Arendt porque perdió, además, a muchos de sus amigos, y sintió en carne propia lo que supone reflejar las cosas que piensas por escrito. Considero que gran parte del debate vino de personas que no habían leído el libro en profundidad. Incluso de personas que se negaban a leer su libro. Porque no hay ningún atenuante en los escritos de Hannah Arendt a los actos criminales de Eichmann. Lo que ella intentaba era aplicar su mentalidad filosófica para estudiar a ese ser humano. Ella asistió al juicio como periodista, pero en realidad no era una simple cronista, sino una pensadora. Trataba de contemplar a ese ser humano en todas sus posibles dimensiones. Y eso en aquel momento era políticamente muy audaz, porque no interesaba verlo en todas sus vertientes, importaba más presentarlo solo como un criminal malvado, diabólico, la encarnación del mal. Esto era lo que se quería vender. Pero la paradoja es que el tiempo ha ido elevando el discurso de Hannah Arendt y lo ha sacado a la superficie. Porque esa mitificación de un ser demoniaco favorecía cierta fascinación por él y le restaba responsabilidad ante sus acciones. Para nosotros esto ha resultado muy evidente. Si tú hablas de un demonio, parece que hay algo de misterioso, y hasta grandioso, en su conducta. Y que el mal, a su vez, obedece a fuerzas tan extrañas e indescifrables que no atañen a la responsabilidad humana. Pero Eichman no era ni tenebroso ni titánico. Participó en el genocidio a partir de actos burocráticos en apariencia insustanciales. Personas anodinas -y esto vale también para hoy-, pueden causar grandes estragos. Si renunciamos a nuestra responsabilidad cotidiana, podríamos llegar a ser grandes criminales, sin preverlo, por simple omisión.

¿Por qué en su obra, para el juicio de Adolf Eichmann, utiliza el metateatro? ¿Tan complicado resultaba juzgarle en escena? ¿O tan difícil es que un actor se identifique con el personaje y a la vez sea crítico con él? Quizá sea una combinación un tanto siniestra. ¿Por qué recurrir al metateatro justo en esa escena? Me llamó mucho la atención, es muy brillante.

Yo quería sacar a Hannah Arendt del escenario, porque pensé que así ella iba a estar más cómoda, observando. Entonces necesitaba un recurso para que pudiera estar contemplándonos desde el público, que es como yo me la imagino, examinando y analizando. Entonces, se me ocurrió que si Hannah Arendt estuviese siguiendo un ensayo explicativo de los actores, sobre la responsabilidad personal, se recrearía en la discusión entre ellos la misma controversia política que se vivió en torno al Eichmann histórico. Siguiendo el método de Arendt, pero trasladado al mundo de los intérpretes teatrales, me fue saliendo esta escena. El actor va pasando por todas las cosas que Hannah Arendt explicó: el miedo a juzgar, superar el temor a ser vulgar, y esta es una aprensión que poseen todos los actores, el recelo a caer en la vulgaridad, a equivocarse. Hannah decía que hay que entrar incluso en el cliché, en el prejuicio, porque si no sería muy difícil culminar la tarea. Y el actor va pasando por todas esas reticencias, además de por todas las excusas de Eichmann, que si le atrapó una circunstancia, que si fue víctima de un destino, todo para al final nunca asumir su propia responsabilidad personal. En este sentido, el juego metateatral ha consistido en ver qué pasaría si Hannah nos estuviera observando y qué cosas podíamos ofrecerle nosotros a ella si fuera nuestra espectadora.

Como mujer de cultura que es usted, ¿en qué puntos se siente más identificada con la figura de una mujer judía, centroeuropea, del siglo pasado? ¿Y en qué aspectos percibe que existe una distancia insalvable?

Hannah Arendt asumía riesgos en lo personal a los que quizá no me comprometería yo. Fue una mujer con muchísimo carácter, capaz de rechazar un premio, una mención. Y si se la invitaba a un sitio por ser la mujer más brillante respondía: no me llamen por ser mujer. Creo que hay una actitud desafiante en ella, que a mí me encanta, me resulta admirable, pero de la que me siento distante. Me parece que había un demonio en ella de falta de amabilidad que siempre la persiguió. En mi caso, con el transcurso del tiempo, la amabilidad me resulta un recurso que me hace más fácil vivir. Esto me distancia. Le molestaba que le dijeran Hannah, en vez de señora tal, se peleó con una enfermera porque no la llamó por su nombre íntegro. Tenía mucho carácter, lo que me fascina, pero estoy muy lejos de esa actitud. Y me identifico con ella en esa búsqueda constante para que el pensamiento sea libre y no esté ideologizado. Eso me agrada mucho, pues me gustaría acceder a un tipo de pensamiento, de perspectiva, en el que no sean posibles las ideologizaciones. Parece que en nuestro tiempo resulta más cómodo vivir o pensar de una sola manera marcada por una ideología.

Vimos una Hannah Arendt en tiempos de oscuridad que para mí fue deslumbrante. ¿Ahora, en la reposición, asistiremos a un calco de lo ya hecho, o apreciaremos cambios a partir de la experiencia del estreno?

Estamos ilusionados con lo que va a pasar. El equipo ha crecido, ha madurado, el montaje, conservando el mismo espíritu, está ganando en algunos matices y el texto ha reposado y ganando en sencillez en algunos puntos. Hemos encontrado recursos para aproximarlo aún más al espectador. Pienso que se va a percibir como un montaje más cercano, que te pide menos esfuerzo. Que te permite entrar desde lugares más sencillos para llegar al mismo punto. Se incorpora Tábata Cerezo y Felipe Ansola, dos jóvenes intérpretes muy inteligentes y que van a aportar mucho. Estamos trabajando con el director del montaje, Ernesto Caballero, para realizar todos estos cambios, pero de modo que mantengan la obra fiel al proyecto original.

¿Qué tiene en común Hannah Arendt en tiempos de oscuridad con el proyecto “Teatro Urgente”, donde se incluye, y que usted está coordinando a partir de diversos textos de otros muchos autores?

“Teatro Urgente” posee dos urgencias, o dos formas de ser urgente. Por un lado, te lanza la pregunta como creador de cuestionarte qué es lo urgente para ti, qué es aquello que sientes que no puedes aplazar. Y, por otro, exige una renuncia al idealismo de las condiciones. No se puede esperar a que haya circunstancias perfectas para la puesta en escena. Hay que trabajar con la realidad imperfecta. Por eso presentamos un escenario despojado, con pocos recursos, los fundamentales: el texto, el espectador y el actor. Y el encuentro que se genera entre ellos. Eso nos une a todos, pero creo que además se ha originado un diálogo. Yo me siento muy honrada, soy la autora más joven de los que hemos presentado. Primero las obras de Ernesto Caballero y Javier Gomá. Ahora el texto de Juan Mayorga, Voltaire. Todos son maestros en sus campos, muy destacados, y para mí era un reto presentar un drama propio con estos compañeros. Pero me halaga que ellos estén contentos, les gusta el texto de Hannah Arendt, lo han disfrutado mucho. Nos une que todos estamos en una búsqueda de un lenguaje teatral que vaya más allá de las temáticas. Lo que yo tengo claro en este momento es que no me interesan asuntos de estricta actualidad, sino conflictos que van reclamando una actitud, una mirada, de más largo alcance. Esta es una visión que compartimos dentro del proyecto de “Teatro Urgente”.

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