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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Hannah Arendt en tiempos de oscuridad, de K. Garantivá: la inteligencia frente al mal

Hannah Arendt en tiempos de oscuridad, de K. Garantivá: la inteligencia frente al mal
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sábado 03 de abril de 2021, 19:55h

La excelente iniciativa de “Teatro Urgente” nos regala un segundo montaje, que aborda con brillantez la figura y el pensamiento de la autora de “Eichmann en Jerusalén”, que toma cuerpo, más allá de los conceptos.

Hannah Arendt en tiempos de oscuridad, de Karina Garantivá

Director de escena: Ernesto Caballero

Intérpretes: Karina Garantivá, Lucía Juárez, Rodrigo Martínez Frau, Estíbaliz Racionero y Germán Torres

Lugar de representación: Teatro Galileo (Madrid). Gira por España

Por Rafael Fuentes

El nuevo estilo teatral del “Teatro Urgente”, planteado no hace mucho tiempo en el Galileo, con las cuatro piezas incluidas dentro de En el lugar del otro, firmadas por Javier Gomá y Ernesto Caballero, tiene ahora su continuación en la misma sala, con Hannah Arendt en tiempos de oscuridad, a partir de un espléndido texto de la actriz, dramaturga y directora de escena Karina Garantivá. El “Teatro Urgente” se nos mostró, en su primera entrega, como una fórmula donde los conceptos descendían desde la pura abstracción a la polifonía y antagonismos de la existencia real, al tomar cuerpo en personajes -y actores- de carne y hueso, que deben ponerlos en juego en una experiencia plena de vida. El pensamiento y la biografía de Hannah Arendt, ahora dramatizados por Karina Garantivá, representan de por sí, una expresión máxima de esta propuesta. Las ideas de la pensadora alemana conservan hoy una vigencia categórica, son imprescindibles, perentorias, urgentes, pero aquí han salido de la estructura argumentativa del ensayo para latir en el corazón de seres que luchan por su supervivencia.

Las meditaciones de Hannah Arendt no constituyen un sistema cerrado en sí mismo, sino que nace de profundos análisis, de una clarividencia asombrosa, partiendo de los hechos históricos que le tocó vivir en primera persona a la intelectual germana. Imposible relegar hoy sus reflexiones sobre la violencia política, el racismo, la condición judía, el papel de las masas, la banalidad humana de los genocidas, el rol de los advenedizos sociales, el nihilismo destructivo de la ambición, los parias de la tierra o la dignidad innata a la persona tantas veces mancillada. Karina Garantivá va desplegando este pensamiento conforme surge en la apasionante biografía de la autora de Eichmann en Jerusalén, expuesta sobre la escena a través de amplios trazos que van saltando de un momento clave a otro no menos significativo. La autora ha renunciado a intentar llevar a cabo una simple biografía costumbrista. Sus enérgicos trazos forman una sucesión de collages, imbuidos de una gran fuerza poética, cada uno de los cuales se centra en un instante vital en el que la confusión que la rodea impulsa a Hannah Arendt a una apasionada búsqueda de la verdad.


El primero de ellos gira en torno a su educación en la ciudad prusiana de Königsberg durante el preludio de la I Guerra Mundial. Nacida en el seno de un judaísmo progresista, la muerte de su padre la marca con un sentimiento de orfandad que le acompañará toda su existencia. No resulta intrascendente que de un diálogo infantil con la sombra de su padre fallecido, quien le infunde ánimos para continuar con sus estudios, pasemos a su estancia en la Universidad de Marburgo, donde asiste a las clases de grandes filósofos como Nicolai Hartmann, y, sobre todo, Martin Heidegger. Este último ocupa, de forma inconsciente, el vacío del padre, el papel de mentor y de guía espiritual, y, también, como ya es célebre, se convertirá en el amante secreto de la aún adolescente universitaria Hannah Arendt.

Nada debe extrañarnos este deslumbramiento por Heidegger, más allá incluso de su añoranza de una figura paterna, pues incluso en un punto tan alejado como era el Madrid de los años veinte, en las veladas de la Revista de Occidente, José Ortega y Gasset afirmaba a sus contertulios que “con Heidegger la filosofía nos visita en casa”. Mediante una fórmula poética repleta de metáforas visuales, esa relación entre el autor de Ser y tiempo con la jovencísima Arendt se nos muestra con toda su turbulencia tormentosa. El director de escena de la obra, Ernesto Caballero, subraya así con vigor un texto de por sí de gran aliento. Llueve torrencialmente, Heidegger habla a Hannah guarecido bajo las galerías del edificio, mientras ella reflexiona con exaltación expuesta a la lluvia, con grandes zancadas febriles, de un lado a otro del viejo jardín universitario. Martin Heidegger le ratifica esa pasión por ella que le desborda y le conduce al adulterio, aunque siempre protegido por los aleros académicos. La agitación febril de su discípula, en cambio, gira en torno a autoafirmarse frente a la personalidad arrolladora de su maestro, en cuanto a amante oculta y a pensadora que se niega a convertirse en una mera divulgadora de la doctrina existencialista de su preceptor y ambiciona formular una filosofía propia. Ernesto Caballero hace que unos limpiadores arrastren por el suelo sus bayetas, mientras las razones de uno y otra se entrecruzan de forma inútil. Es como si esas palabras, que tratan de imponer un orden lógico, fuesen tan estériles ante las grandes pasiones en juego como las bayetas caseras para achicar el diluvio que se ha desplomado sobre ellos. Las metáforas del montaje fortalecen el estilo sentencioso poético que caracteriza la obra de Karina Garantivá.

Un gran salto temporal nos conducirá a otro momento clave en el crecimiento personal e intelectual de la autora de Sobre la violencia, afincada ya en Francia en vísperas de la segunda contienda mundial. Una narradora externa sintetiza el cambio de situación de una época a otra. Con frecuencia la propia autora de la pieza cumple esta función, al mismo tiempo que también ella misma encarna a Hannah, por más que en otras ocasiones el papel sea representado por otra actriz. Imposible abarcar derivadas esenciales de su biografía, de enorme trascendencia para la moderna historia cultural europea. Por ejemplo, su ruptura con Heidegger y la posterior asimilación de este al régimen nazi. Más todavía, la ulterior reconciliación amistosa de Hannah Arendt con Martin Heidegger, ya en la década de los cincuenta, con el espantoso Holocausto en medio. En realidad, Heidegger se estaba replanteando a sí mismo y a todo su pensamiento para conjurar cualquier otro genocidio. Aunque para entonces, el gran modelo de pensador humanista, provisto del más alto grado de virtudes ejemplares de respeto, era ya para Hannah el filósofo Karl Jaspers.


En su buhardilla parisina, el drama nos presenta a la pensadora en la toma de conciencia de su verdadero estatus como mujer hebrea, asignado por la sociedad europea más allá de que ella se reconociese o no en esa tradición. Allí comienza la biografía de otra judía zarandeada en los umbrales de la era moderna: Rachel Varnhagen von Ense. Hannah conversa con la presencia fantasmal de esta hebrea atormentada y enigmática que, desde el pasado, le hace posible comprender cuestiones sustanciales de sí misma. Reveladora es una de sus últimas confesiones: “Lo que toda mi vida me ha producido mayor vergüenza, mayor dolor, mayor desgracia, haber nacido judía, ahora por nada del mundo querría ser desposeída de ello”. Rachel había encontrado en Goethe “la gran oportunidad de confiar”, como Hannah la hallará en Karl Jaspers. Las redadas antisemitas, las detenciones masivas en tierra francesa, su propio apresamiento por motivos racistas, su reclusión en un campo de concentración -por lo general, preludio del envío a un campo de exterminio-, su azarosa huida hasta ponerse a salvo en Estados Unidos, cuya nacionalidad adoptará, constituyen la definitiva materia prima de su reflexión filosófica, desde la experiencia personal hasta los conceptos y las ideas abstractas de vuelta a los apremiantes hechos reales. Ahí se encuentra el punto de partida de textos todavía insoslayables como Los orígenes del totalitarismo; La condición humana; Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal; Sobre la revolución; Hombres en tiempo de oscuridad o La tradición oculta, entre tantas otras reflexiones de una deslumbrante clarividencia.

La pieza de Karina Garantivá nos trasporta desde la experiencia de lo criminal en la Francia ocupada por los nazis hasta la próspera postguerra de los años setenta. Afincada académicamente en Estados Unidos, Hannah Arendt viaja ahora a Jerusalén para actuar como testigo en primera línea en el juicio contra Adolf Eichmann, el criminal nazi austriaco-alemán organizador de los campos de exterminio en territorio polaco. Hannah Arendt se desconcierta ante la personalidad de este genocida, y sorprende con su diagnóstico, tan impredecible como sagaz y revelador. Eichmann no es un monstruo, aunque sea uno de los principales responsables de la mayor monstruosidad de toda la historia humana. Karina Garantivá lo refleja a través de un brillante juego metateatral. El actor que encarna a Eichmann llega a un punto en que no sabe cómo interpretar a este no-monstruo autor de monstruosidades. Si no quiere presentar a una fiera, desea explorar el lado humano en quien actuó con tan despiadada inhumanidad. Ante este laberinto, se rebela contra la autora, Karina Garantivá, que discute con él. Otra actriz del elenco, sale a representarlo sin cuestionarse nada, vía igualmente inválida. El intérprete que da vida a Eichmann aduce que carece de registros en su memoria emocional para poner en escena a su personaje y su experiencia personal del mundo se queda pequeña para asumir las dimensiones históricas de esa figura ignominiosa.


En esta inteligente rebelión que enfrenta a actores con el director de escena y la autora de la obra, queda sintetizada con suma creatividad la tan traída y llevada -no siempre bien entendida-, intuición de Arendt sobre la “banalidad del mal”. En esencia, Arendt no acepta la propaganda que hace de los nazis seres perversos, lo que a su vez les proporciona un halo maldito que para algunos puede llegar a ser incluso seductor. Para ella esto no s así. Personalidades como Heinrich Himmler o Adolf Eichmann, con todos los cuadros de sus organizaciones, no son fanáticos ni asesinos malignos ni homicidas de feroz bestialidad. Más bien encuentra en ellos ejemplares padres de familia, preocupados por su prole, jugando un entrañable papel paternal ante el clan. Temerosos de enfrentarse a nadie en una pelea personal, incapaces de matar a una mosca. El genocidio opera, por el contrario, a partir de una mentalidad sosegadamente funcionarial, tarea que simplemente da seguridad económica a sus familias. Su labor con el fin de causar el exterminio de un holocausto, consiste en un trabajo burocrático. Son el producto del hombre-masa moderno capaz de seguir las consignas más insensatas no ya en los momentos de concentración y exaltación de la masa, sino en un cometido reposado entre cuatro paredes. Por ello no se consideraban culpables de haber perpetrado la destrucción más pavorosa de la historia de la humanidad. Se consideraban a sí mismos, por el contrario, como funcionarios que únicamente cumplían órdenes de otros con tranquilidad y competencia. Las tesis de Masa y poder, de Elías Canetti, se ven aquí refrendadas y complementadas con un giro genial.

Hannah Arendt en tiempos de oscuridad parece entrar aquí, de forma deliberada o no, en un pequeño colapso. La manera en apariencia inocua con que se ejecuta el mal, amenaza con destruir toda lógica. Constatada la aniquilación de los esquemas con que juzgamos las acciones criminales, el drama finaliza con un gran canto a la dignidad de los parias. Quizá para los espectadores que no hayan leído con detenimiento a la pensadora, este salto les resulte un tanto oscuro o descontextualizado. En realidad, posee toda la lógica, aunque quizá el texto pudiera hacer que esta sea más evidente para el público. Para Arendt, la diáspora judía convirtió a los hebreos en un pueblo paria. A veces advenedizos encumbrados, a veces privilegiados por sus fortunas y muchísimas más veces relegados en pobres guetos, pero nunca integrados, siempre impelidos a correr la suerte del paria. La pensadora germana analizó la expresión cultural de esta condición a través de creadores como Heinrich Heine, Charles Chaplin o Franz Kafka, entre otros. Sus reflexiones en torno a Chaplin quizá sean las más originales y elocuentes. Chaplin encarna al judío perseguido por todos los poderes, al sospechoso inocente por excelencia, en el que el castigo no se corresponde con la culpa, al paria entregado a sobrevivir a toda costa con una sonrisa en la boca. Este paria representa al dueño de una dignidad que no viene asignada por ninguna herencia, ni por pertenecer a alguna familia, casta o clase social: la dignidad de lo humano en estado puro. Por ello, contraponer la figura del genocida burócrata a la del paria con una dignidad tan innata como pisoteada, posee un contrapunto conmovedor en el final de la obra. La inteligencia ha afrontado el mal cara a cara sin estereotipos. Las ideas de los tratados y trabajos ensayísticos han pasado la prueba de reencarnarse en personas, cuerpos heridos y lastimados de mil formas. Una extraordinaria puesta en escena dl intelecto de Hannah Arendt. Otra sobresaliente entrega de “Teatro Urgente”.


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