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Ensayo

Jorge Volpi: La invención de todas las cosas

domingo 15 de diciembre de 2024, 17:59h
Jorge Volpi: La invención de todas las cosas

Alfaguara. Barcelona, 2024. 704 páginas. 24,90 €. Libro electrónico: 12,34 €. El escritor mexicano nos sirve quizá su libro más ambicioso, un trabajo monumental sobre la ficción, sobre el poder de la imaginación

Por Matías Jaque Hidalgo

Jorge Volpi inauguró el nuevo siglo de narrativa hispanoamericana con un necesario soplo de aire fresco. Su novela En busca de Klingsor dio el paso (entonces considerado atrevido, pero no, inexplicablemente, obvio) después del cual un novelista mexicano puede construir una ficción ambientada en Europa (o en cualquier otro sitio) y no en un exótico pueblo imaginario, o puede hablar de ciencia y no de magia; puede, en suma, romper el hechizo orientalista al que la lectura comercialmente interesada del boom había condenado a nuestra literatura. Junto con otros autores clave que, como Bolaño, clausuran el siglo XX, Volpi permite que la literatura hispanoamericana, en diálogo con la tradición real y no con su caricatura, transite nuevas y fructíferas sendas.

En La invención de todas las cosas. Una historia de la ficción, Volpi reafirma, a través de un ensayo histórico sobre la ficción, su vocación de autor universalista. Se trata de un libro extremadamente ambicioso, que se inicia con los orígenes del universo y concluye con las especulaciones sobre el futuro profundo, en el que el silencio y la oscuridad acaso reinen sobre todas las cosas. En medio, en un breve paréntesis espaciotemporal, nuestras ficciones: desde las pinturas rupestres hasta ChatGPT y un libro firmado por un tal Volpi que imagina que todo ello forma, de algún modo, un relato coherente.

No se trata, sin embargo, de una historia de la literatura, o de un catálogo de obras para fijar, de nuevo, el canon occidental. Este libro es, en sí mismo, una ficción; si se quiere, una historia personal del canon, erigida como una forma de resistencia al infierno borgiano en el que nos hunde la proliferación de información de la era de Internet. Esta materializa, para Volpi, la Biblioteca de Babel imaginada por el autor argentino y es, como ella, una promesa que deviene pesadilla. Concebir, pues, una ficción totalizadora, que se sabe ficción y por tanto precaria, es todo un acto de resistencia ante el totalitarismo de los datos.

El libro acoge, en cierto sentido, la célebre tesis propuesta por Harari ‒en ese otro relato con aspiraciones totalizadoras que es Sapiens‒ según la cual el rasgo distintivo de nuestra especie sería la capacidad de crear ficciones, que posibilitan, para el historiador israelí, el esfuerzo colectivo en torno a un relato unificador: la religión, el dinero, los derechos humanos, la democracia. Volpi parece responder: bien, si la ficción es realmente el eje central de nuestra historia como especie, ¿por qué no la traemos al primer plano, en lugar de entenderla como el medio instigador de las cuestiones “realmente” importantes (la guerra, el imperio, el expolio)? Ciertamente, el dinero es una ficción muy poderosa, sin la cual no existiría la sociedad tal como la conocemos, pero tampoco esta sería la misma, para bien o para mal, sin el retorno de Ulises a Ítaca, la locura de don Quijote o el descubrimiento de la intimidad por parte de la novela inglesa decimonónica. Estas obras conforman un poderoso entramado que se articula, junto a los primeros códigos legales, el Manifiesto comunista o La riqueza de las naciones, en una misma teoría de la ficción que busca ser, en suma, una misma apuesta por lo que nos hace humanos.

Volpi es quizás peculiar por el grado en que se ha visto influenciado, a la par que por autores específicamente literarios, por autores provenientes del mundo de la ciencia (Carl Sagan, Richard Dawkins, Roger Penrose). Esta influencia se deja ver no solo en la ficción misma que se intenta construir, de la que la ciencia es una parte esencial, sino en su estructura. En particular, el libro está organizado sobre la base de la alternancia entre capítulos más o menos expositivos, que resumen y comentan las principales obras de ficción, y breves diálogos entre el Bicho ‒una versión más familiar y directa del “monstruoso insecto” en el que se transforma Gregorio Samsa‒ y Felice ‒la mujer a la que Kafka dirigió cientos de cartas‒.

Puede verse en esos breves diálogos, creo yo, un homenaje a uno de estos héroes científico-literarios, Douglas Hofstadter, quien en su monumental Gödel, Escher, Bach ‒dedicado a uno de los temas predilectos de Volpi: la relación entre matemáticas e imaginación‒ alterna los capítulos propiamente expositivos con sugerentes diálogos entre Aquiles y la Tortuga. La función retórica es análoga: en ambos casos, los diálogos sirven como introducción lúdica y provocativa de los temas abordados.

Al margen del parentesco formal que estos diálogos kafkianos establecen con la obra de Hofstadter, ellos sirven, de cara al desarrollo interno del libro, como un hilo conductor que, conforme avancemos hacia sus secciones finales, mostrará de forma contundente en qué sentido decimos que se trata de una ficción y no, simplemente, un resumen de las obras que han marcado la biografía intelectual y literaria del autor. La obra de Kafka, y en especial La metamorfosis (mejor llamada La transformación), funciona como pivote o punto de inflexión para todas las ficciones pasadas y futuras. ¿Qué hay de especial en ella?

Para Volpi, su interés radica en que la mutación que allí se relata, al suspender cualquier juicio definitivo sobre su carácter realista, fantástico o metafórico, prefigura la indeterminación de la identidad que será la marca del desarrollo intelectual del siglo XX, desde el Principio de Incertidumbre de Heisenberg hasta la teoría performativa del género de Judith Butler. Ninguna de estas ficciones, por cierto, se piensa a sí misma como ficción ni tiene por qué inspirarse directamente en Kafka, pero ese breve y sencillo relato prepara el terreno para la aceptación, por parte de la imaginación humana, de un mundo en el que el hecho más básico con el que deberíamos contar (yo soy esto, y esto es lo que me ha sucedido) ya no puede darse por sentado.

Emulando nuevamente La metamorfosis, se nos introduce a cada nuevo orden o paradigma de ficción como si este fuese el resultado de un “sueño intranquilo”, con la salvedad de que este relato se estructura ‒quizás otro homenaje, esta vez a Aura, de Carlos Fuentes‒ en segunda persona, y se dirige siempre a una mujer: “Cuando despiertas, lees esto…”, “Al despertar, ves o eres aquello…”. Se podrá adivinar quién es la destinataria y quién el emisor de este relato, pero tiene cierta gracia descubrirlo a través de la propia lectura, por lo que me abstengo de incurrir en el pecado moderno del spoiler. Solo quiero enfatizar que esta marca de unidad formal pasa a ser, de hecho, el sostén de una unidad narrativa, que sí podemos, para concluir, comentar brevemente sin riesgo de arruinar la experiencia de lectura.

La invención de todas las cosas, aun con todo el amor que demuestra por la literatura, no es una celebración indiscriminada de la ficción. La ficción es nuestra principal herramienta, pero también nuestra condena. Resulta ciertamente atractivo decir, por ejemplo, que la ciencia es una ficción (aun asumiendo, como aquí se hace, que la ficción no está reñida con la verdad), pero querríamos, en última instancia, trascender la jaula narcisista de nuestros propios relatos; saber, en suma, si más allá del sentido provisorio y utilitario que estos nos proporcionan existe, de hecho, una verdad, un sentido.

La solución que Volpi pondrá, finalmente, en boca de Felice no es, contra el tono predominantemente esperanzador del resto del libro, muy alentadora o, al menos, no es ingenuamente optimista. Me recuerda a un famoso antipoema (¿acaso, el género este, otro eco tardío del bicho kafkiano?) de Nicanor Parra, “El hombre imaginario”, un largo y melancólico relato en verso en el que todos los nombres van acompañados del adjetivo imaginario (que vale por ficticio). Todos, excepto el sustantivo dolor. Acaso el centro en torno al cual orbitan nuestras ficciones es una negatividad oscura e implacable, y si no la miramos de frente no es por cobardía, sino porque no contamos con palabras para expresarla.

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