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LIBROS

Luchar contra la gravedad de las cosas desde la poética: Manzanas, de José María Higuera

Javier Mateo Hidalgo
jueves 26 de junio de 2025, 18:29h
Luchar contra la gravedad de las cosas desde la poética: Manzanas , de José María Higuera
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Por si no fuera bastante con las normas que nos impone el mundo, nosotros también creamos reglas propias para tratar de comprenderlo y, lo que es peor, dominarlo. Puede que todo quede resumido en una manzana desprendida del árbol de la ciencia, no siendo cogida por nadie sino cayendo por su propia gravedad. Algo tan aparentemente pequeño e insignificante puede explicar nuestro mundo. La Naturaleza se convierte en algo tan poderoso que nos sobrecoge y emociona. En lugar de conformarnos con su contemplación y disfrute, tratamos de diseccionarla. Tendemos a razonarlo todo, sin darnos cuenta de que fue a través de la razón donde empezó nuestro propio mal. La conciencia de ser finitos y mortales es algo que nos cuesta asumir. ¿Y si supliéramos tanto existencialismo y lucha contra el mundo por la poética comprensiva? Eso parece proponernos Manzanas, poemario de José María Higuera (Córdoba. 1970) merecedor del XXXVII Premio de Poesía Joaquín Lobato Ciudad de Vélez-Málaga y publicado por Inanna Poesía. ¿Cómo no pensar en esas manzanas y en ese árbol de la vida cuando el propio poeta ha sido tallista ornamental? Tanto tiempo domando la madera le ha permitido reflexionar sobre ella como materia prima y viva, orgánica. Y así con tantas cosas que nacen y mueren en un mundo que es parte de un universo que puede ser o no infinito. El propio diseño de la portada parece jugar con lo macro y lo micro, empleando la textura de una manzana ampliada para convertirla en un universo rojizo —o “constelaciones”, como se afirma en uno de los poemas—.

No sólo la manzana primigenia refiere al Génesis, sino también la materia de la que estamos simbólicamente hechos. Lo veremos en el segundo poema, así como en la dedicatoria del libro; hay en ella un afán por reivindicar nuestra constante formación, como si ese barro bíblico que somos se fuera gestando en un torno de alfarero con su apariencia en volúmenes. Pasado, presente y futuro forman parte de ese proceso: “A quienes antes de nosotros fuimos, / a quienes nos miran, / a quienes seremos. // A la sucesión del tiempo / y a la caída constante que nos hace”.

Como podemos ver, hay también una alusión a lo externo, es decir, a quienes nos observan en nuestra evolución porque nos acompañan en este viaje. Dicho público será consciente como nosotros de esos obstáculos a los que nos enfrentamos y que influirán inevitablemente en nuestra personalidad. Una lucha que encallece a quien la experimenta y que desde el principio de los tiempos define al ser humano. Lo comprobamos en la cita previa a los poemas, un titular del diario Público aparecido en 2016 y donde se refiere a “Lucy, el primer homínido que caminó erguido” y que, a pesar de este logro, “murió al caer de un árbol”. Lucy nos acompañará como personaje y guía a lo largo de cuatro capítulos, cuyos títulos la mencionan a modo de discurso con un principio y final.

A continuación y como inicio del primer capítulo, se pregunta el poeta: “¿Qué buscaba Lucy?” El interrogante se responde a través de una nueva cita, en este caso del novelista Stephen King: “El amor es lo que mueve el mundo”. Se trata de la única fuerza “que permite a hombres y mujeres seguir en pie en un mundo donde la gravedad siempre parece estar queriendo derribarlos”.

La fuerza de la gravedad figura como concepto newtoniano en La manzana. También en este primer poema habita un significado religioso, siendo esta fruta la representación del pecado original: “la frontera / del beso que se esconde en el mordisco / tan primero, de dientes comprobando / el agua y la frescura del veneno, / y, sin embargo, eterna”. El poema supone un auténtico homenaje a los sentidos y a su forma de avivarse ante una manzana, tan aparentemente sencilla en su apariencia pero capaz de contener incontables sugerencias. Lo que en el barro gira nos recuerda de nuevo al Antiguo Testamento, donde la imagen del alfarero y el barro supone una poderosa metáfora sobre la relación de Dios como creador y del ser humano como criatura. El poeta busca definirse “en la sed, en el antes y el después / que existe en la tinaja”. Y añade: “¡Qué forma más exacta de saberse!” Phi, el número áureo penetra en el misterio de la Naturaleza, traducido a geometría y fórmula matemática: “Un número define lo perfecto / y nos ofrece en lo íntimo el arrullo / que dignifica el astro y la pupila”. Esa “espiral” que representa la divina proporción está presente en los elementos naturales, así como en las creaciones humanas que los imitan: “ocurre en las abejas o en lo exacto / del cielo y de la orquídea / y que tiene que ver / con el cómo sonríe la Gioconda, / con todo caracol y su escalera”. Continúa la relación de lo natural con lo medible por el ser humano a fin de comprenderlo en Centro de gravedad. A través de este título, el poeta alude a los equilibrios lingüísticos: “juego con la lengua / a declinar los miedos y las nubes. // Un punto imaginario me sostiene / en donde toda fuerza incide y se aniquila”. El lenguaje puede dar lugar a realidades esperanzadoras para la libertad humana o, por el contrario, mantener al individuo en su inmovilidad. Al autor le “entristece” la seguridad que equivale a servidumbre y añora el “vértigo o las ganas / de reclamar un ramo de promesas”. Si este poema está dedicado a la hermana del autor, Ibertrén se brinda al padre, asociándose metafóricamente la ilusión de la infancia “que ve llegar el tren desde lo oscuro” con la idea de la vida como viaje hacia un futuro mistérico y apasionante. Las “manos” del padre suponen “la luz” que el poeta no olvida, aquellas que le trajeron “aquella caja roja de Ibertrén / con el faro brillante de la locomotora”.

El segundo capítulo, Lucy no conocía la gravedad, tampoco que era un homínido, va acompañada de la frase de Newton: “Un hombre puede imaginar cosas que son falsas, pero sólo puede entender cosas que son verdad”. Las palabras del célebre físico se asocian con la figura de la popular Lucy en relación con los constructos humanos, artificiosos pero necesarios para poner nombres a las cosas y aprehenderlas. Cinco centímetros por segundo recupera la gravedad newtoniana para referir a la caída de la flor del cerezo, donde se detiene el ruido y cuya medida en velocidad es la que anuncia el título. La hermosura de lo que sucede ante nuestros ojos, cada mínima cosa, parece susceptible de ser cuantificada o convertida en número. De nuevo, poco importa lo creado por el ser humano cuando sólo basta la belleza. La gravedad en la caída de una flor se anula en Como los peces. Los protagonistas marinos de este poema, así como su medio acuático, ejemplifican una nueva fórmula: “entre dos elementos / de igual o parecida densidad / las fuerzas se compensan y no desaparecen”. Así mismo, el poeta incluye: “También se comenta algo / de su mala memoria, / que sus recuerdos viven / unos treinta segundos”. Tal vez este apunte encaje mejor dentro de este otro medio poético, como también que naden “ajenos a su peso”. La ausencia de conciencia o la conciencia que se muestra inconsciente hacia el peso o al oxígeno (“poco saben del aire, de su norma”). El poeta desconoce “qué pensarán los peces” sobre él, “sobre la fuerza de la gravedad, / sobre el destino, cómo afecta el tiempo” o qué conoce sobre “su memoria”. Una nueva medición se aporta: “Cada varios segundos se aproximan / (unos treinta calculo). / Nos miramos a los ojos fijamente”. Y añade, en un último verso suelto que conmociona al lector y dota de sentido al propio poema y su título: “Existe algo en la asfixia que nos une”. Parménides y su río acuden a nuestra memoria leyendo Agujeros negros. Una mujer se observa en el espejo del lavabo para ser consciente del paso del tiempo: “Nunca se es ya lo mismo, / bien lo sabes”. Simbólicamente, el desagüe del lavabo bajo el espejo parece absorber lo que ya nunca volverá a uno mismo, aquello de lo que te va despojando la vida, mientras “los restos se acumulan en tu espalda / de forma irremediable”. Ese sumidero hará a la protagonista del poema reflexionar sobre los elementos que dan título al poema, mostrando su incomprensión hacia lo que representan: “Recapacitas sobre los agujeros negros / y no entiendes muy bien / el cómo se moldean el tiempo ni el espacio, / el cuándo toda luz es atrapada”. Su pensamiento hace sentir la angustia de la propia descomposición vital, constante e inevitable. Como diría Unamuno, “vivir muriendo”. Señales describe el progreso simbólico del poeta hacia su propio desahucio. Sus prendas irán saliendo progresivamente de su casa, hasta que él mismo se vea reflejado en “la mujer que dormita en el banco”, concluyendo: “Nunca fue tan sincera la intemperie / tratando de mostrarme”.

El siguiente capítulo, Se sabe que Lucy no tuvo hijos, ilumina su sentido con una frase sobrecogedora de Darwin que nos recuerda a la locución latina “Homo homini lupus”: “Nos detuvimos en la busca de monstruos debajo de la cama cuando nos dimos cuenta de que estaban dentro de nosotros”. En Sobras evolutivas se retoma lo iniciado dos poemas antes: “Coexiste un nosotros que se extingue / en cada corte de uñas”. El poeta se pregunta no sólo por la progresiva desaparición del propio individuo sino de las herencias que le han traído hasta el presente: “¿Qué valor se conserva en las muelas del juicio / o qué queda del ojo del reptil / bajo la configuración del coxis?” Un jardín distópico refiere a un metafórico y onírico paisaje bajo “un cielo vencido por el plomo”. En él, todo parece indicar la caducidad del ser humano como especie: “El hombre que anochece, / con su alcuza y su frasco de Sidol, / cuelga su dignidad sobre las ramas / y ata ofrendas, como hojas”. Ante la esperanza postrera en forma de “última semilla” que “germina en verde”, medita este hombre decadente “si pisarla o protegerla, / qué forma elige de esquivar la culpa”. En su ignorancia y prepotencia, sonríe creyendo que domina un universo que seguramente acabe con él. Cosas describe la importancia de aquellos objetos que nos rodean en la definición de nosotros mismos. El árbol y la sangre va dedicado a la madre del poeta y en él se describe la insignificancia del individuo frente a la planta genealógica que lo fecunda y ante el mundo: “Siempre fue similar. No saber nada: / estirpe, ramas […]. // Soy sólo consecuencia, / acaso solamente otra manzana, / un brote de hombre muerto”.

Con su título, Lucy aún sigue cayendo, la última parte de este poemario remite a la historia de derrotas que el individuo sigue experimentando. Como expresan las irónicas palabras de Terry Pratchet, “la gravedad es una costumbre difícil de olvidar”. La gota de agua equipara el “sonido del reloj preciso” del elemento protagonista cayendo con “las horas por vivir”. Un “resistente tiempo / que nos aplasta y dice, gota a gota, / lo extinto de los mares”. De esparto y hueso evoca ese “antes de que la vida sepa a poco”, el tiempo inmediatamente anterior a nuestra derrota como especie. Será entonces cuando “dejaremos en buen lugar lo imprescindible, / que alguien se encargue del olvido. / En otra habitación, lo desechable, / atado por manojos”. Pediremos, entre otras cosas, “que la soga que cuelga de la viga / no apriete más su nudo”. Vértigo vuelve a situarnos como un punto en mitad del “paisaje” (“tan pequeño te sientes”), destacando la impresión que produce en quien así se siente. Vanitas vanitatis trae a colación las preguntas sobre la muerte, su sentido y la continuación del existir a través del alma. Y lo hace a través de unos personajes petulantes que se cuestionan todo ello cerca de un crematorio. Todos se estremecen ante cada calada de un anciano a un cigarrillo, su “incandescencia”, la “ceniza que en el suelo yace” y el “beso del humo que señala y desaparece”. El último poema retoma la imagen del árbol primigenio —el de Adán y Eva o el genealógico— y lo une de nuevo al de la “ciencia”, no del conocimiento y de la serpiente bíblicos sino gravitacional: El manzano de Newton. Aquí, el zarandeo del árbol para que se desprenda su fruto representa el aprovechamiento de la vida. La caída de la manzana como surgimiento de una idea poderosa que dé sentido a la existencia, como le ocurrió al científico inglés (“ayudar a que caiga la manzana / sobre nuestra cabeza y saber esperar / que se nos ocurra algo interesante”). Empaparse de todo lo que sea positivo para nosotros y que brinda el mundo (“embadurnar las manos con todo lo que exista”), no amilanarse ante las dificultades (“dialogar con el hambre del gusano”) y ofrecer ante la incertidumbre alegría de vivir (“Saciar la podredumbre de alboroto, / poblar con ilusión cada deriva”) haciendo llevadero lo que podría ser pesaroso (“que toda la gravedad peque de pluma”). Como si fuésemos astronautas, finalmente acabamos rompiendo con las reglas físicas flotando en el espacio. De la misma forma, Lucy convertida en Eva renunciará a “buscar una manzana” para elegir en su lugar “una flor para el pelo”. Con estos dos versos solitarios culmina esta andadura poética y nuestro viaje como lectores, habiendo también “evolucionado” positivamente en nuestro aprendizaje.

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