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ORIENT EXPRESS

Los crímenes del comunismo y el nazismo

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 24 de agosto de 2025, 19:38h
Actualizado el: 25/08/2025 08:27h

El 23 de agosto es el Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo. Se trata de una fecha que, en España, suele pasar algo desapercibida, pero que en los países que sufrieron la ocupación nazi y soviética -Polonia, Estonia, Letonia, Lituania- reviste una especial significación. Para ellos, la noche oscura que comenzó en 1939 se prolongó hasta la caída de la Unión Soviética. Ese mismo día, en 1939, se firmó en un silencioso despacho de Moscú el acuerdo que sellaría el terrible destino de aquellos países: el Tratado de no Agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

En honor a la verdad, hay que decir que la URSS no fue la primera en alcanzar acuerdos con Hitler, sino la última. Para entonces ya se habían consumado la anexión de Austria (marzo de 1938), la traición a Checoslovaquia en los acuerdos de Múnich (septiembre de 1939) y la ocupación de Klaipeda en marzo de 1939. Para Moscú resultó evidente la debilidad del Reino Unido y Francia ante las pretensiones de Hitler. En lugar de contenerlo, habían preferido apaciguarlo. Los británicos ya lo intentaron con el Acuerdo Naval Anglo-alemán de 1935, que permitió al Reich fortalecer su armada y dotarse de submarinos. Los británicos y franceses, por cierto, tampoco habían contenido las aspiraciones italianas en el Mediterráneo y África. La firma del Pacto de Acero entre Alemania e Italia (1939) garantizó a Roma y Berlín la ayuda mutua en caso de guerra.

La URSS se había ido quedando sola en sus intentos de detener el ascenso de Hitler. La firma del Pacto Antikomintern con Japón (1936) e Italia (1937) amenazaba a la URSS en sus fronteras orientales y occidentales. La oferta soviética de apoyo militar a Checoslovaquia durante la crisis de los Sudetes (1938) había caído en saco roto porque estaba sometida a condiciones como el apoyo previo francés y la autorización del paso de tropas soviéticas a Checoslovaquia por Polonia y Rumanía. Nadie se fiaba de Stalin. Ni el propio Edvard Beneš (1884-1948), presidente de Checoslovaquia, confiaba en la URSS.

A lo largo de 1939, Berlín fue enviando distintas señales a Moscú que revelaban cierto interés en normalizar relaciones. En mayo de 1939, Von Ribbentrop (1893-1946), ministro de Asuntos Exteriores del Reich, cursó instrucciones al embajador alemán en Moscú, Friedrich Werner von der Schulenburg, para explorar una mejora de las relaciones bilaterales. En la URSS, el ministro de Asuntos Exteriores Maxim Litvinov (1876-1951) -partidario de una línea dura contra Alemania- fue sustituido por el más pragmático Vyacheslav Molotov (1890-1986). Tan pragmático era que seguía buscando un entendimiento con el Reino Unido y Francia al tiempo que se iban acercando al Reich. Apresurado por los planes para invadir Polonia, Ribbentrop formalizó en agosto de 1939 una propuesta de pacto de no agresión. Ese acuerdo incluiría un protocolo secreto en el que Alemania y la URSS se repartirían Polonia, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania al tiempo que se reconocía la influencia soviética en Besarabia.

Así se repartieron Alemania y la URSS parte de Europa. Gracias a este tratado, los partidos comunistas, obedientes a Moscú, se abstendrían de acciones de resistencia contra Alemania hasta la invasión de la URSS en 1941. Los primeros en enfrentarse a los nazis en Europa, entre 1939 y 1941, no fueron las células comunistas, sino los ejércitos nacionales y las organizaciones de resistencia patrióticas. En Polonia, Estonia, Letonia y Lituania, las resistencias nacionales lucharon durante la guerra e incluso después de ella. Los Hermanos del Bosque combatieron hasta entrada la década de los 50 contra los efectivos del NKVD y el KGB confiando en que, quizá, alguna vez Occidente intervendría.

He aquí un motivo para la reflexión en una conmemoración como la de ayer: qué hizo Occidente ante el ascenso de Stalin y de Hitler, qué hizo ante sus crímenes y cómo se ha recordado a sus víctimas. La URSS quedó en el bando de los vencedores y su colaboración con la Alemania nazi entre 1939 y 1941 se arrinconó como un episodio incómodo. La matanza de Katyn (abril-mayo de 1940), las deportaciones de polacos, estonios, letones y lituanos, los encarcelamientos y los envíos a campos de trabajo, la persecución de los patriotas y, en general, los horrores de la primera ocupación soviética entre 1939 y 1941 quedaron sumidos en el olvido mientras se perpetraban, a partir de 1944 y 1945, más persecuciones, más deportaciones, más encarcelamientos y asesinatos en las zonas ocupadas de nuevo por la URSS. Aquellos crímenes cometidos por los comunistas iban quedando ensordecidos bajo toneladas de propaganda y silencios de una intelectualidad europea fascinada por el «experimento soviético». En los años de la posguerra, ser comunista estaba de moda. Jean-Paul Sartre (1905-1980) podría ejemplificar esa actitud ya que no dejó su fascinación por el comunismo soviético hasta la Revolución Húngara de 1956 y la invasión del país por las tropas soviéticas. Otros tardaron más y les hizo falta una invasión como la de Checoslovaquia (1968). A otros no les bastó ni siquiera eso y a algunos la fascinación comunista les dura hasta hoy.

La Resolución del Parlamento Europeo de 2 de abril de 2009 sobre la conciencia europea y el totalitarismo declaró que «las deportaciones, los asesinatos y la esclavización de masa perpetrados en el contexto de los actos de agresión del estalinismo y el nazismo entran en la categoría de crímenes de guerra y contra la humanidad». Esa resolución propuso que el 23 de agosto fuese «Día Europeo Conmemorativo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo para preservar la memoria de las víctimas de las deportaciones y las exterminaciones de masa, enraizando al mismo tiempo más firmemente la democracia y reforzando la paz y la estabilidad en nuestro continente».

Diez años más tarde, la Resolución del Parlamento Europeo sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa declaró que «los regímenes nazi y comunista cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad en el siglo XX a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad; recuerda, asimismo, los atroces crímenes del Holocausto perpetrado por el régimen nazi; condena en los términos más enérgicos los actos de agresión, los crímenes contra la humanidad y las violaciones masivas de los derechos humanos perpetrados por los regímenes comunista, nazi y otros regímenes totalitarios».

En España, donde los comunistas fueron decisivos en la persecución religiosa que sufrió la Iglesia entre 1933 y 1939, el tema de los crímenes del comunismo genera incomodidad. La Transición tuvo uno de sus momentos centrales en la legalización del Partido Comunista y el blanqueamiento de Santiago Carrillo, Dolores Ibarruri y otros tantos comunistas vivos y muertos (algunos de ellos, por cierto, a manos de sus propios camaradas). Se fueron retirando las cruces de caídos. Los memoriales se fueron abandonando. Las leyes de memoria impulsadas por el PSOE no encontraron resistencia en los gobiernos del PP. La reescritura de la historia y la imposición de los olvidos ha llevado a que hoy, en España, los crímenes del comunismo en nuestro país y en el resto de Europa estén ocultos bajo un manto de silencio.

Un totalitarismo no hace bueno al otro. Ambos beben de las mismas fuentes siniestras y ambos representan la traición a todo lo que nuestra civilización representa empezando por la dignidad intrínseca de todo ser humano. En el prólogo de su «Introducción al cristianismo» (Sígueme, 2013), Joseph Ratzinger (1927-2022) reflexiona sobre el pensamiento de Marx y dice que «la "realidad", de la que había ahora que ocuparse, era exclusivamente la realidad material de los hechos históricos, a la cual había que analizar y transformar hacia las metas correctas con los medios adecuados para ello, entre los que ineludiblemente estaba la violencia».

La lucha de los pueblos que sufrieron las dos ocupaciones- los polacos, los estonios, los letones, los lituanos- y los que sufrieron décadas de dominio soviético nos brindan un ejemplo de dignidad y memoria.

Hoy esta columna rinde homenaje a esa lucha y recuerda los crímenes del comunismo y el nazismo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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