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ANTROPOLOGÍA

Así era la especie que 'convivió' con Lucy hace 3,4 millones de años

El pie de Burtele (izquierda) y el pie incrustado en el contorno de un pie de gorila.
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El pie de Burtele (izquierda) y el pie incrustado en el contorno de un pie de gorila. (Foto: Yohannes Haile-Selassie, Universidad Estatal de Arizona)
miércoles 26 de noviembre de 2025, 17:34h
Actualizado el: 26 de noviembre de 2025, 17:45h

Un conjunto de huesos del pie descubierto en 2009 en el valle del Rift de Afar (Etiopía) ha permitido, tras más de una década de investigación, confirmar que pertenecen a una especie humana distinta a la de Lucy (Australopithecus afarensis). El hallazgo refuerza la idea de que hace 3,4 millones de años coexistían en la misma región al menos dos especies de homininos.

El fósil, conocido como Burtele Nature Foot, fue encontrado por un equipo dirigido por el paleoantropólogo Yohannes Haile-Selassie, de la Universidad Estatal de Arizona, y descrito por primera vez en 2012. Desde entonces, los investigadores sospechaban que no pertenecía a A. afarensis, pero evitaron asignarlo a una especie concreta hasta disponer de restos del cráneo, la mandíbula o la dentición asociados de forma inequívoca.

En 2015 se describió una nueva especie, Australopithecus deyiremeda, a partir de fósiles hallados en la misma zona, aunque el pie quedó entonces fuera de la clasificación. Diez años de trabajo adicional han permitido recuperar nuevos restos —incluyendo 25 dientes y la mandíbula de un individuo juvenil— que los científicos han podido vincular con seguridad tanto al pie como a A. deyiremeda.

Un pie más primitivo que el de Lucy

El pie de Burtele presenta características sorprendentes. A diferencia de Lucy y su especie, plenamente bípedas, A. deyiremeda conservaba un dedo gordo oponible, útil para trepar, pero caminaba erguido cuando estaba en el suelo. Los investigadores creen que, al desplazarse, impulsaba más su zancada con el segundo dedo que con el primero, un modo de bipedismo distinto al humano moderno. Estos rasgos, explican los expertos, muestran que no existió una sola forma de caminar erguido en los orígenes del linaje humano, sino varias soluciones evolutivas coexistiendo en el tiempo.

Dietas diferentes: pistas en el esmalte dental

Para reconstruir la alimentación de la especie, la geóloga Naomi Levin, de la Universidad de Míchigan, analizó mediante isótopos estables ocho dientes procedentes de los yacimientos de Burtele. Los resultados revelan que A. deyiremeda consumía mayoritariamente recursos vegetales de tipo C3 —procedentes de árboles y arbustos—, a diferencia de A. afarensis, que ya integraba en su dieta plantas C4, como gramíneas y juncos tropicales.

El dato acerca aún más su comportamiento alimentario a especies más antiguas, como Ardipithecus ramidus o Australopithecus anamensis.

Crecimiento infantil y ambiente

El equipo también halló la mandíbula de un hominino infantil, con dientes de leche completos y los dientes definitivos en formación. Gracias a tomografías computarizadas, los investigadores estimaron que el individuo tenía unos 4,5 años al morir. El patrón de desarrollo dental muestra similitudes con otros australopitecos, lo que sugiere ritmos de crecimiento comparables entre especies.

El trabajo geológico realizado en Woranso-Mille permitió establecer la edad exacta de los sedimentos y asegurar la asociación entre los diferentes restos fósiles y su entorno paleoambiental.

Dos especies, un mismo territorio

Woranso-Mille es el único yacimiento conocido donde se ha demostrado claramente la coexistencia espacial y temporal de dos especies de homininos. Esto abre nuevas preguntas sobre cómo compartían recursos y ecosistemas sin que una desplazara a la otra.

Para Haile-Selassie, comprender estas dinámicas no solo responde a la curiosidad por los orígenes humanos: también ayuda a interpretar cómo los cambios ambientales —incluidos los climáticos— influyeron en la evolución, y qué lecciones pueden ofrecer hoy.

“Si no entendemos nuestro pasado, tampoco entenderemos del todo nuestro presente ni nuestro futuro”, explica. “Los cambios climáticos que afectaron a Lucy y a A. deyiremeda se repiten hoy. Lo que aprendamos de entonces puede ayudarnos a mitigar sus efectos ahora”.

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