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CINE

Gemma Galgani: la apasionante puesta en escena del primer biopic de la primera santa del siglo XX

Gemma Galgani : la apasionante puesta en escena del primer biopic de la primera santa del siglo XX
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Javier Mateo Hidalgo
miércoles 28 de enero de 2026, 12:24h
Actualizado el: 28/01/2026 13:09h

En un mundo cada vez más tristemente carente de valores por deshumanizado, sorprende la valentía de determinados creadores para mostrar su firme compromiso con lo que nos ilumina como seres humanos. El madrileño Óscar Parra de Carrizosa (Madrid, 1974) estrena su biopic sobre la italiana Gemma Galgani (1878-1903), conocida como la "primera santa del siglo XX", siendo canonizada en 1940 por el papa Pío XII. Se trata de la primera película realizada sobre esta mística, hecha desde una honestidad transmitida a través de sus imágenes, diálogos y ambientación. Una historia tratada desde la sencillez y el rigor que, precisamente por ello, conmueve al espectador de forma directa. La bondad de su protagonista, procedente de una humilde familia y asolada por las enfermedades, le llevará a transitar por su propia experiencia mística desde una sempiterna sonrisa y haciendo gala de una humildad y capacidad de sacrificio hacia los demás sin parangón.

A lo largo de tres años de producción, tanto el director como el equipo de este film han buscado recrear con rigor y fidelidad el testimonio de esta figura histórica. Al guion, basado en los escritos y cartas reales de la santa, hay que unir una plástica de corte expresionista con la que se ha buscado representar el aura mística de esta biografía. A su vez, se ha buscado eludir efectos especiales innecesarios. Rodada en lugares tan diversos como Madrid, Cartagena, Toledo o Lucca —lugar donde falleció la italiana—, la trama alterna episodios concretos decisivos en la vida de Gemma Galgani —entre finales del s. XX e inicios del s. XX— con otros del presente en torno a unos personajes de ficción anónimos que acaban encontrando el sentido de su vida en la fe, entrando en contacto con la historia de esta santa. En el reparto destacan figuras emergentes —como la actriz protagonista Laura Lebó— junto con otros intérpretes ya reconocidos y prestigiosos —como Valentín Paredes o Pablo Pinedo—. Además, cuenta con la interpretación del a su vez coguionista del film —junto con el director—, José Luis Panero.

Con el fin de conocer más sobre el espíritu de este proyecto y sus entresijos, hemos entrevistado a sus principales participantes. Comenzamos con su director, Óscar Parra de Carrizosa, quien además de cineasta es médico, guionista, escritor, productor, director de fotografía e ingeniero informático. A él destinamos una serie de preguntas que contribuyan a arrojar luz sobre el origen de Gemma Galgani, su proceso de creación y la recepción que se espera de la misma.

Pregunta: Teniendo en cuenta los tiempos que corren, en los que una parte importante de la sociedad ha abandonado la parte espiritual que nos ha definido como especie racional desde tiempos inmemoriales —y por ello haya cierta desorientación en los propósitos vitales de tantas personas—, Gemma Galgani se convierte en un acto creativo valiente. ¿Cómo surgió la idea de dedicar un largometraje a una santa en un s. XXI tan convulso como éste?

Respuesta: Surge por una cuestión de contraste necesario. Vivimos en una era saturada de ruido externo y un vacío interior asfixiante. Gemma Galgani no es solo una figura de altar; es un símbolo de resistencia frente a la adversidad más cruda. En un siglo que idolatra lo efímero, proponer la historia de alguien que encuentra su propósito en la entrega absoluta es casi un acto de vanguardia. No es una película sobre el pasado, sino una reflexión sobre qué hacemos hoy con nuestro propio sufrimiento, algo que puedo palpar a diario en la consulta, y hacia dónde miramos cuando todo lo demás falla.

Pregunta: Uno de los elementos fundamentales en la originalidad del guion ha sido alternar historias en distintos espacios y cronologías: la Italia de finales del s. XIX y principios del s. XX en la que vivió Gemma Galgani y el Madrid del s. XXI donde asistimos a una historia que sucede entre los profesionales de un importante hospital. ¿Puede haber con ello una intención de llevar el mensaje espiritual a estos tiempos, remarcando su importancia sin importar la época en que nos encontramos, o haciéndolo ahora más necesario que nunca?

Respuesta: Absolutamente, Javier. El dolor no tiene fecha de caducidad ni entiende de avances tecnológicos. Al confrontar la Lucca de 1900 con la frialdad de un hospital madrileño actual, buscamos demostrar que las preguntas fundamentales del ser humano siguen siendo las mismas. Cambia la farmacopea, pero el vacío ante la incertidumbre o la búsqueda de sentido ante el sufrimiento es una constante universal. No quería rodar una "película de época" estanca, sino un diálogo trans-temporal que evidencie que la espiritualidad no es un anacronismo, sino una necesidad que hoy, quizá por tanto ruido, se hace más imperativa que nunca.

Pregunta: Pocos cineastas han alternado su profesión con otras tan específicas como la de médico, siendo éste tu caso. ¿De qué modo tu experiencia en este ámbito ha influido en la elaboración de la trama del largometraje acontecida en el Gregorio Marañón?

Respuesta: Mi formación me aporta una mirada despojada de artificios sobre la fragilidad humana. Conozco bien la atmósfera de esos pasillos, el peso del silencio ante un diagnóstico sombrío y la delgada línea que separa la técnica del misterio. Eso me permite dotar a las escenas del hospital de una "verdad" que el espectador percibe instintivamente. No busco el melodrama de hospital al uso; busco el realismo de la impotencia científica frente a lo inexplicable. La cámara aquí no juzga, solo observa cómo el ser humano, incluso rodeado de la mejor tecnología, sigue necesitando algo que la medicina no puede recetar.

Pregunta: El planteamiento formal del film nos puede recordar a propuestas clave del séptimo arte como las brindadas por Carl Theodor Dreyer —La pasión de Juana de Arco e incluso Ordet— o Robert Bresson desde la sencillez de sus propuestas y la espontaneidad interpretativa. ¿Qué referencias se han tenido en cuenta a la hora de llevar esta historia a la gran pantalla?

Respuesta: Dreyer es el referente absoluto cuando se intenta filmar lo invisible. En La pasión de Juana de Arco, el primer plano es un paisaje espiritual, y eso es lo que hemos perseguido en Gemma Galgani. Yo adoro los primeros planos porque me permiten explorar el alma. La Renée Falconetti de Dreyer y nuestra Laura Lebó, comparten, además del misticismo, el poder de soportar una lente de 85mm explorando cada milímetro de su rostro. He buscado una narrativa austera, casi minimalista, donde el silencio sea un personaje más. También hay ecos de la sobriedad de Bresson. Quería que la cámara fuera un testigo pudoroso de la intimidad de Gemma; una puesta en escena que no busca el espectáculo, sino la esencia. Si el espectador siente la densidad del aire en la habitación de Gemma, habremos logrado nuestro objetivo.

Pregunta: En declaraciones tuyas sobre la intencionalidad del film, has remarcado tu interés por destacar la fragilidad física de la protagonista frente a la fortaleza mental de la que hace gala. ¿Quisiste con ello subrayar su naturaleza humana, haciéndola cercana al público?

Respuesta: Por supuesto. La santidad, si se despoja de humanidad, carece de interés narrativo; se convierte en una hagiografía plana, en un icono estático ajeno a nuestra propia naturaleza; en otras palabras, un santo perfecto no me interesa en absoluto como cineasta, el cine de estampita tuvo su momento, pero hoy es otro. Lo que me cautivó de Gemma es la paradoja: una mujer físicamente devastada por la enfermedad, la soledad, la incomprensión y el agotamiento, pero sostenida por una arquitectura interior inquebrantable. He querido rodar su debilidad, sus dudas y su carne sufriente porque es ahí donde el espectador puede reconocerse. Gemma no es una figura de porcelana para ser contemplada en una vitrina; es una joven que lucha una batalla desigual en una habitación en penumbra. Esa victoria silenciosa del espíritu sobre una materia que se desmorona es la verdadera épica que buscaba retratar: una trascendencia que no ignora el dolor, sino que lo atraviesa y lo dota de significado.

Pregunta: Dentro del reparto de la película encontramos a intérpretes señeros de la escena española como Valentín Paredes o Pablo Pinedo junto con otros rostros desconocidos o que se encuentran dando sus primeros pasos en el mundo de la interpretación. ¿Hay una intención de dotar de mayor realismo o enriquecimiento a la historia desde las voces que la transmiten mediante este casting tan heterogéneo?

Respuesta: El casting es, ante todo, una arquitectura de contrastes deliberada. Contar con la solvencia y el oficio de nombres como Valentín Paredes o Pablo Pinedo nos permite dotar a ciertos personajes de una autoridad y un peso específico que solo la veteranía puede otorgar. Sin embargo, el realismo de esta historia se nutre fundamentalmente de las caras desconocidas. Para mí era primordial contar con rostros que no estuvieran "viciados" por la sobreexposición mediática o por registros previos que el espectador pudiera proyectar sobre ellos. Esos rostros nuevos aportan una verdad casi documental; permiten que el público no vea a un actor ejecutando un papel, sino a un ser humano habitando un conflicto en tiempo real. Esa dialéctica entre la técnica de los veteranos y la pureza de los nuevos es lo que otorga a la película su dimensión más orgánica.

Pregunta: Otro de los elementos fundamentales a la hora de narrar esta historia proviene de esa búsqueda de la intimidad para tratar el día a día de la protagonista. La sencillez con la que son tratadas determinadas escenas se contrapone a los momentos milagrosos como el surgimiento de las llagas en Gemma o las apariciones sagradas. ¿Cómo surgió esta intención plástica tan original como arriesgada?

Respuesta: Surge del convencimiento de que lo extraordinario sólo es estéticamente válido si nace de lo cotidiano. Si ruedas un milagro con artificios o pirotecnia visual, lo conviertes en un truco de feria y rompes el pacto con el espectador. Mi intención fue tratar los estigmas o las visiones con la misma textura plástica que un desayuno o el silencio de una habitación en penumbra. Quería que lo sagrado fuera algo táctil, casi doméstico. Al despojar el milagro de ornamentos, el misterio se vuelve mucho más inquietante y real. La sencillez no es una renuncia, es una elección narrativa para no traicionar la mística de Gemma, que ocurría precisamente ahí: en la intimidad de lo ordinario.

Pregunta: Al desarrollo de esta historia tan única contribuye de forma crucial la banda sonora compuesta por el español Raúl Grillo —candidato en dos ocasiones al Premio Goya a la Mejor Música Original— y el guitarrista surcoreano Min Ung. ¿Cómo fue el proceso creativo con estos músicos para buscar el diálogo entre música e imagen?

Respuesta: El proceso con Raúl Grillo fue de una sencillez asombrosa, casi orgánica. Raúl es un compositor tan espectacular que mi intervención fue mínima; me limité a ponerle la película y dejar que las imágenes hablaran con él. Tiene una intuición narrativa fuera de lo común: entiende de inmediato dónde debe respirar el plano y dónde debe callar sin necesidad de que yo le dicte el camino. Sabe perfectamente que la música debe ser un cimiento invisible, no un adorno que dirija la emoción del espectador de forma artificial. A este trabajo se sumó la guitarra de Min Ung, que aporta una fragilidad cristalina, una suerte de hilo conductor que representa la soledad mística de la protagonista. Entre ambos han creado un diálogo donde la música habita los silencios en lugar de taparlos. No buscamos subrayar el drama, sino acompañar al espectador en esa introspección que propone la imagen, dejando que la partitura fluya con la misma honestidad con la que fue concebida la película.

Pregunta: ¿Cómo esperas que el film sea recibido por el público? ¿Consideras que Gemma Galgani está destinada a un espectador concreto o incluye a los no creyentes o agnósticos?

Respuesta: Soy consciente de que Gemma Galgani es, ante todo, cine para su público; una obra pensada para ese espectador que busca una narrativa con peso espiritual y una reflexión sobre la trascendencia. Sin embargo, que la película tenga un destinatario claro no significa, en absoluto, que se limite exclusivamente a él. Espero que se reciba como una propuesta sobre la resistencia humana y la voluntad frente al desmoronamiento físico. El espectador agnóstico encontrará en ella un estudio estético y psicológico sobre la resiliencia y la psique ante el dolor, mientras que el creyente hallará una visión de la fe despojada de iconografía vacía. En definitiva, es una invitación a observar qué es lo que queda de nosotros cuando nos quitan todo lo demás. Es una historia de amor extremo que, por su propia naturaleza, acaba interpelando a cualquier persona, independientemente de sus coordenadas espirituales.

Figura fundamental para la realización de Gemma Galgani ha sido el papel encarnado por la protagonista, la actriz Laura Lebó. Intérprete habitual en proyectos de este cineasta como El Evangelio de la servilleta (2025), Once campanadas o Las promesas que enterramos (2025), lleva a cabo todo un reto: ponerse en la piel de esta santa referencial. Hablamos con ella para conocer cómo ha sido esta experiencia fundamental dentro de su carrera.

Pregunta: Tu presencia como actriz en los proyectos cinematográficos desarrollados por Óscar Parra de Carrizosa te ha convertido en una actriz inseparable de su filmografía. ¿Qué supuso para ti que este cineasta te ofreciera el papel de Galgani?

Respuesta: Fue, ante todo, un ejercicio de confianza mutua que me conmovió profundamente. Después de haber trabajado con Óscar en proyectos tan intensos como El Evangelio de la servilleta o Las promesas que enterramos, siento que hemos desarrollado un lenguaje propio; sin embargo, que me confiara a Gemma fue distinto. No era "un papel más", era una responsabilidad histórica y espiritual que me produjo un vértigo inicial inmenso. El mayor reto, sin duda, fue intentar comprender y traducir su misticismo. Al principio me sumergí en sus escritos, pero pronto descubrí que la sola lectura de sus diarios no era suficiente para captar la esencia de lo que ella vivía; las palabras se quedaban cortas ante la magnitud de su experiencia. Necesitaba una clave humana y espiritual que solo encontré gracias a la ayuda de los Padres Pasionistas, especialmente del Padre José Luis, del Santuario de Santa Gema en Madrid. Recibir esta propuesta fue el regalo más exigente de mi carrera y la confirmación de que Óscar confiaba en mi capacidad para transitar por esos registros tan sutiles, donde el silencio y la mirada deben decir lo que las palabras no alcanzan a explicar.

Pregunta: Interpretar a esta figura tan señera del cristianismo seguramente supuso todo un reto para ti. ¿De qué modo interiorizarse el personaje y qué destacas de su puesta en escena?

Respuesta: La interiorización fue, ante todo, un proceso de "vaciado". No podía interpretar a Gemma desde mi yo del siglo XXI, llena de ruidos y prisas. Tuve que buscar su vulnerabilidad física, marcada por la tuberculosis y el dolor, para encontrar desde ahí su fortaleza espiritual. Como te decía, los diarios y la guía del Padre José Luis fueron el mapa, pero el territorio lo conquisté en el silencio. Pasé mucho tiempo a solas, tratando de entender cómo una joven de veinte años puede aceptar con tanta paz un destino tan cargado de sacrificio. Busqué a la Gemma que sonríe en medio de la fiebre, a la que dialoga con su Ángel Custodio como quien habla con un amigo. De la puesta en escena, lo que más me impactó fue la atmósfera de verdad que se respiraba. El trabajo de Laly Gómez y David Armero en la dirección de arte es prodigioso; no eran decorados, eran espacios que se sentían habitados por la historia. Entrar en la reconstrucción de su habitación te transportaba inmediatamente a la Lucca de finales del XIX. Pero si algo debo destacar es la luz. Óscar, al encargarse también de la fotografía, ha esculpido literalmente el sentimiento de la película. Hay una penumbra constante, un juego de claroscuros que subraya ese misticismo del que hablábamos. Y, por supuesto, no puedo olvidar el trabajo de Luna Chacón y Sofía Martínez en el maquillaje; las escenas de los estigmas fueron tratadas con una delicadeza y un realismo que me ayudaron muchísimo a conectar con el dolor físico de Gemma sin perder la luz de su mirada. Todo en el set estaba diseñado para que el misterio pudiera suceder ante la cámara.

Pregunta: En el rodaje coincidiste con intérpretes ya conocidos de proyectos anteriores. ¿Cómo fue esa cohesión entre vosotros para poner en escena un relato de época tan distinto a lo hecho anteriormente?

Respuesta: Esa cohesión fue, sin duda, nuestra mayor red de seguridad. Trabajar de nuevo con compañeros como Pablo Pinedo, José Luis Panero, Alberto Mazarro, Jesús Teatino o José Antonio Ortas es como volver a casa; ya tenemos un código compartido, una forma de entender el ritmo y las pausas que Óscar imprime a sus rodajes. No necesitamos "romper el hielo", y eso en una película tan exigente como esta es un regalo absoluto. Lo fascinante de Gemma Galgani es que, aunque somos "los de siempre", el contexto de finales del XIX nos obligó a redescubrirnos. Ver a Pablo transformado en Monseñor Giovanni Volpi con esa autoridad tan sobria, o a José Antonio como el Dr. Constantini, fue impactante. Esa confianza previa nos permitió construir relaciones muy profundas y veraces en pantalla; podíamos arriesgar emocionalmente porque sabíamos que el otro iba a estar ahí para sostener la réplica.

Pregunta: ¿Cómo esperas que el público reciba a Gemma Galgani y de qué modo crees que puede impactar tu interpretación en él?

Respuesta: Mi mayor deseo es que el público no vea en la pantalla a una "santa de porcelana", sino a una mujer de carne y hueso que amó y sufrió con una intensidad asombrosa. Espero que reciban esta película como un encuentro personal con Gemma; que puedan ver a la joven que, a pesar de las pruebas físicas, la enfermedad y las incomprensiones, nunca perdió la alegría ni la paz. Espero que mi interpretación pueda impactar en el espectador al mostrar que la santidad no es algo lejano o inalcanzable, sino una entrega cotidiana y valiente. Si logro que alguien se sienta conmovido por su fortaleza ante la adversidad o que, por un momento, se sienta interpelado por esa mirada mística que intentamos capturar, me daré por satisfecha. Me gustaría que el público saliera del cine con una sensación de luz y esperanza, entendiendo que, como decía Gemma, el amor es el que da sentido a todo el dolor. Al final, esta película es una invitación a mirar más allá de lo visible, y espero que mi trabajo sirva de puente para que el mensaje de su vida llegue directo al corazón de quienes hoy necesitan consuelo.

Otra de las figuras importantes en la gestación de esta película es José Luis Panero, quien además de periodista y ensayista ha colaborado junto con el director en la escritura del guión y ha realizado un importante papel en la historia. Hablamos con él sobre su implicación en este proyecto.

Pregunta: Un factor decisivo a la hora de ser rigurosos con la historia de Gemma Galgani fue la inclusión en el guion de los textos escritos originalmente por ella. ¿Cómo de compleja fue la adaptación de este material?

Respuesta: En primer lugar, estoy profundamente agradecido a Óscar Parra de Carrizosa por haberme permitido formar parte de esta historia desde el ámbito de la creación literaria. Se trata de un largometraje con unas características muy concretas que exige un respeto especial hacia la figura de Gemma Galgani, lo cual conlleva una responsabilidad enorme. Que Óscar depositara esa confianza en mí me llenó de alegría y de un sentimiento de gratitud infinito. La adaptación de los escritos de la mística italiana fue una labor de gran exigencia técnica y de fidelidad absoluta al material que manejamos. La obra de Gemma Galgani posee una fuerza espiritual y una carga humana muy intensa, y no siempre resulta sencillo trasladarla de forma literal al lenguaje cinematográfico. El verdadero desafío estuvo en respetar su voz -sin simplificarla ni domesticarla- y, al mismo tiempo, lograr que encajara de manera fluida dentro de la lógica del relato audiovisual. Más que una traslación en sentido literal, fue un intercambio constante con sus palabras; fue necesario entender desde dónde estaban escritas o cuáles eran las claves de sus silencios para decidir cuándo debían aparecer casi intactas y cuándo necesitaban estar apoyadas por otros elementos que diesen consistencia al drama. Además, no partíamos de cero. En 2023 rodamos Un viaje de 13.000 días, una experiencia de escritura compartida con Alberto Mazarro y Óscar. Entre los tres dimos forma a una historia que ya recogía la esencia del cine del director: un mensaje pedagógico y necesario, narrado de forma atractiva, pero nunca moralizante. A todo ello contribuyó el respaldo de un elenco de grandes amigos y compañeros. Por último, mi experiencia previa en proyectos audiovisuales como En el principio era el logos. Razón y misterio en el cine me permitió unir el entorno universitario con el séptimo arte. Allí aprendí a tratar temas complejos con rigor, asegurándome de que la historia siempre llegue al público. Ese trasfondo analítico es el que ha dado solidez a esta adaptación.

Pregunta: ¿Cómo ha sido tu experiencia colaborando como guionista con el director en este proyecto?

Respuesta: Con Óscar he encontrado un aliado creativo con quien comparto una mirada común. Ese compromiso con la historia de Gemma Galgani nos permitió cuestionar y pulir cada secuencia hasta encontrar el equilibrio perfecto entre nuestra visión personal y lo que la obra necesitaba. A su vez, ese planteamiento exigía un trabajo de documentación muy estricto. Una de las mayores dificultades fue cohesionar los distintos elementos de la trama, especialmente en la confluencia de historias y de tiempos, para garantizar que cada pieza ocupara su lugar exacto. En este sentido, el trabajo de los actores resultó decisivo, puesto que consiguieron que cada frase sonara auténtica, logrando que la historia se sintiera viva y cercana, incluso cuando debían pronunciar pasajes literales de los escritos de Gemma; unos diálogos complejos que los actores supieron hacer suyos, evitando que el texto sonara rígido o artificial. Gracias a ellos, el texto cobró vida en pantalla. Como guionista, es un proceso enriquecedor porque te obliga a abandonar la seguridad del papel para pensar en cómo va a funcionar la historia una vez frente al espectador.

Pregunta: La película destaca por los numerosos personajes que pueblan las diferentes tramas. ¿El hecho de trabajar con tantos nombres ha añadido mayor complejidad al proceso de escritura de la historia?

Respuesta: Es cierto que un elenco tan amplio complica el rodaje, pero también lo hace más interesante. Más allá de los protagonistas del universo de Gemma Galgani, el reto fue integrar perfiles secundarios que dieran coherencia a pasajes clave para que la trama funcionara como un todo. Esto nos obligó a reescribir continuamente, ajustando escenas sobre la marcha según evolucionaba la historia. Más que gestionar el número de actores, la verdadera dificultad fue definir qué aportaba cada uno y cuándo debía intervenir; queríamos que cada presencia tuviera un peso real y así evitar que los personajes acabaran amontonados en la película.

Pregunta: En un momento dado de la cinta, aparece como guiño uno de tus últimos ensayos publicados por ti, El mal y la violencia en el cine de Hitchcock (Ondina Ediciones, 2024). ¿Qué similitudes encuentras entre tu labor como escritor de divulgación y tu trabajo como guionista?

Respuesta: Aunque se trata de disciplinas distintas, existe una raíz común fundamental. Tanto el ensayo como el guion nacen de una misma vocación que llevo desarrollando años a través del periodismo. Es precisamente en el ejercicio periodístico y en la escritura donde más y mejor me he formado y es ahí donde siento que puedo dar lo mejor de mí. Está claro que un estudio sobre Hitchcock no tiene nada que ver, en las formas, con escribir una ficción. En el ensayo te dedicas a analizar y a explicar las cosas tal cual, mientras que en un guion vas más por la sugerencia y por lo que los personajes hacen, no solo por lo que dicen. Pero, al final, mi faceta como periodista y esa curiosidad por entender cómo funciona una historia se acaban colando en lo que escribo. Eso me ha venido de lujo para tratar a Gemma Galgani porque combina la mirada crítica que me dio la universidad con el oficio -aprendido en la trinchera diaria- de contar noticias. Lo del libro no fue autopromoción, tenía un sentido dentro de la trama. A veces conviene soltar estos pequeños detalles para que el espectador sienta que hay un mundo más grande detrás de lo que está viendo. Son guiños que dan textura a la película y que, para el que los pille, aportan un valor añadido.

Pregunta: Con Óscar Parra de Carrizosa ya colaboraste en los cortometrajes La Historia 253536, Un viaje de 13.000 días, El evangelio de la servilleta, Las promesas que enterramos u Once campanadas. ¿Cómo definirías tu rol como intérprete a las órdenes de este director?

Respuesta: Me siento muy afortunado por la oportunidad que Óscar me ha dado de poder desarrollarme en el cine, también como actor, y de haber dado vida a perfiles tan diversos. En El evangelio de la servilleta, de 2025, encarné a un sacerdote, el padre Manolo al que vimos por primera vez en 2024 en Esa noche en Belén; en Las promesas que enterramos, de 2025, interpreté a Luis José, un personaje que Óscar y yo ideamos, y que apareció por primera vez en Un viaje de 13.000 días, en 2023, y que ha calado mucho entre el público; y en Once campanadas, de 2025, un respetuoso homenaje al cine de terror, asumí un registro totalmente distinto cuando me metí en el papel de Juanjo. Cada uno de ellos me ha permitido evolucionar. Un actor nunca deja de aprender y debe estar abierto a nuevos desafíos. Además, con Óscar todo fluye como una buena conversación de café. Sabe qué decir y cuándo apretar un poco para que descubras matices nuevos, incluso en escenas que crees ya resueltas. Esa mezcla de exigencia y complicidad convierte cada proyecto en una oportunidad real de crecer como profesional. Aunque mi trayectoria como actor de teatro suma más de treinta años, mi presencia en el cine se ha concentrado sobre todo con Óscar desde 2022, cuando rodé con él La Historia 253536. Me considero, en cierto modo, un forastero en este medio, pero siempre me he sentido muy arropado por el equipo y respaldado por un director que sabe poner el foco en lugares inesperados. Esa dinámica hace que nuestras colaboraciones estén bien integradas, sean distintas entre sí y merezcan, creo, toda la atención.

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