Uno de los mayores dones que ha recibido el ser humano es su capacidad de fabular. Ya desde sus orígenes, se valió de ello para explicar su existencia y la de cuanto le rodeaba. Así, mitigó la sensación descorazonadora de esa gran soledad experimentada hacia lo que se mostraba como incomprensible. Surge lo sagrado, sobrenatural o supraterreno. El mundo puede ser elocuente a la vez que lacónico, dependiendo del punto de vista desde el que es observado. Si, por contra, el individuo imagina o fabula con la muerte, todo el panorama cambia, volviéndose más cruel aunque verosímil. Ya lo decía Unamuno a través de uno de sus juegos lingüísticos y filosóficos incluido en su libro clave Del sentimiento trágico de la vida (1912): “¿Soñar la muerte no es matar el sueño? ¿Vivir el sueño no es matar la vida?”. Aceptar este hecho supondrá a su vez acatar otra máxima del vasco: “Vivir es ir muriendo”.
El poeta, ensayista, crítico y también aforista Javier Olalde (Cangas del Narcea, 1944) nos trae, con su nuevo libro de poemas Constancia de lo idéntico (Huerga y Fierro, colección Graffiti), un mensaje claro: la ausencia de algo más allá de lo que vemos y sentimos desde nuestros límites vitales. Valiéndose de herramientas filosóficas y líricas, el asturiano nos brinda una serie de lecciones hechas poemas donde la existencia se presenta con el único fin de vivir, no habiendo misterio posible.
Previo a los cinco apartados con los que se conforma Constancia de lo idéntico, Olalde nos ofrece un fragmento surgido de su propia pluma, perteneciente al libro Extravagancia infinita (2019). En él queda resumido el espíritu del presente volumen que aquí analizamos: “Protagonizamos el eterno retorno de lo mismo dado que somos gente semejante en tiempos sucesivos. Aunque tendemos a olvidarlo por nuestro común solipsismo de individuos que imaginan que el mundo existe primordialmente porque existen ellos”. Ese pensamiento mágico surgido de nuestra imaginación sostiene con su arquitectura el sentido que podamos dar al hecho de estar en el mundo. Hay también algo de egocentrismo o vanidad en el hecho de creer tener una misión en el mundo distinta a la de los animales, vegetales o piedras.
El primero de los bloques del libro, Condición natural, alude a la esencia propia que lleva al ser humano a tropezar con la misma piedra en su pensamiento desde que existe como especie. Eternidad en curso remite a ese elemento afín a las distintas personas inquietas o críticas —excesivamente racionalistas— que han pasado por el mundo: la necesidad de preguntarse “por qué existe algo y no nada”. No terminando de aceptar “que este ser sea el único propósito”, que no haya “más fin ni propuesta que esta eventual tarea de vivirse”, se sigue persistiendo en el error, como “simios inteligentes y arrogantes / en marcha” que somos. Naturaleza viva define de forma sencilla y sugerente aquellos elementos que conforman el mundo latente —a diferencia de los constituyentes de esa otra “naturaleza muerta” pictórica—. Oficio refiere a la misión vital que desarrolla todo animal salvo el denominado como “racional” que “hace preguntas, / trata, opina, / confía o descree, asume y se acostumbra / a ejercitar su oficio de vivo transitorio, / igual que la marsopa y el murciélago, / lo mismo que el castor y la oropéndola”. Desconcertado transmite la desazón que siente el individuo al sentirse “protagonista de sí mismo / y uno más” durante su vida. Nubes y hombre demuestra en dos poemas que no es tanta la diferencia entre el hidrometeoro y el ser humano en su condición “transitoria” e insignificante. En Seres temporales se lleva ese carácter efímero a “la sustancia huidiza de los días”. Días macilentos evidencia cómo el ser humano hace suyos esos “días macilentos” donde “nada ocurre”, volviéndolos falsamente especiales. Y no hubo nada nos devuelve a los pensamientos circulares sobre la existencia, repetidos e interrumpidos constantemente. Cauto celebras responde a los mínimos instantes de felicidad en que el individuo cree vencer sobre la muerte, sabiendo en el fondo que existe algo inquietante fuera de su celebración: “leve, / salvo la opaca luz que antecede a la lluvia / y la mirada en la que ocurre / el fluctuar de las ramas”. En paz se efectúa, desde su final sorprendente, un contraste entre la sensación de placidez en determinados momentos de la vida y su símil tras el final de la misma: “complacido y benévolo / como si hubieras muerto y lo soñases”. Albedrío remite a la libertad del individuo para llevar a cabo aquello a lo que está destinado: morir (“Eres libre cumpliendo tu destino, / mas lo cumples”). El impala describe el destino de este antílope que, en su ingenua ignorancia, acompaña a un grupo de babuinos sin sospechar de su naturaleza depredadora, creyendo ese día como uno más en su irracionalidad y sin pensar en la muerte —a diferencia de lo que haría el ser humano—. Acabamiento apunta a la conciencia del individuo en edad ya madura sobre su inevitable mortalidad (“día a día vas siendo más el que eres”), a diferencia de su omisión durante dla juventud: “Entonces —piensas— era un ingenuo”. Suponerse un grano de arena más en un inmenso reloj de arena que va cayendo a lo largo de la Historia es sentir formar parte de un Linaje donde “después de ti / habitarán el mundo otros / que tal”. En Fragmento del pseudo-Baquílides se nos presenta la imposible huida de la muerte mediante la figura de una de las moiras, Láquesis —encargada de medir la duración y el destino de la vida de cada individuo—. En Impulso se describe la fuerza vital que habita en el hombre desde que es neandertal y que se define como esperanza.
El segundo de los apartados de este libro, Reincidencia, viene a insistir en esa forma de cometer los mismos errores al no aprender de ellos. El primer poema, Incorregible, indica que nada ha cambiado: “Habremos sido como los que fueron / y serán los que lleguen”. Somos “figuras, figurantes, siluetas transeúntes, casi figuraciones”. También En camino: “Una comitiva renovada, / una contienda de argumentos, un cardumen de historias reincidentes”. La misma guerra contiene el verso que da título al libro, imagen que es a su vez reflejo de esa historia de argumento perpetuo: “El repertorio se repite: / bienvenida, pubertad, matrimonio, / senectud, muerte”. Tratar de saltarse este proceso es como no admitir que el astro Rey “asoma siempre por el este” (“negarlo es impostura, / fuimos siempre los mismos bajo el sol”). A pesar de que cada individuo es distinto del anterior y del siguiente, no deja de ser El hombre nuevo “sucesivo”. Sin sobresaltos muestra el cumplimiento del ciclo vital en la Tierra con su cotidianidad carente de irregularidades. Futuro realizable analiza la curiosidad lógica de la juventud por ser proyecto todavía por hacer. Como el joven, el Niño también acaba traspasando “la puerta / para ser otro más en la deriva”. Todo transcurre, Al cabo, como siempre, “del ser hasta el no-ser / y viceversa: / la ruta imperturbable” (Ruta). Futuro continuo trae la incertidumbre del momento de la muerte: “Nadie sabe / si tú, si yo, si nunca, tal vez. // Mas luego ocurre / y vuelve todo a comenzar”. El mundo seguirá girando sin las personas ausentes, siendo la vida Una circunstancia reincidente.
La tercera parte del presente volumen, Compañeros de viaje, engloba en la misma comunidad a las distintas personas que han existido, existen y existirán, coincidentes en un mismo destino: cruzar la laguna Estigia. Albur nos recuerda desde una posición orteguiana que, “en algún lugar de las circunstancias”, se es “un yo, fortuito” —existiendo en un lugar y tiempo concreto y por azar—: “El dios juega a los dados”. La verdad no es la que creemos ostentar, pues constituye una de muchas que crean otros en su mente mientras “entretanto, impávida, la vida continúa su curso”. Desde su humor inteligente, en Cancelación adversativa hay una resistencia a suponer el “vivir” como “una circunstancia singular / y portentosa”. A propósito del Ulises de Homero, Ontología breve 2 remarca lo que el individuo lamenta: la muerte (“llegar a Ítaca”) frente a la “odisea” o el “viaje” —es decir, la vida—. “El ser demanda ser” afirma como colofón, rechazando la futura inexistencia. Dudosa pretensión crítica el refugio en el recuerdo ante “la imposible reposición”. De su reconstrucción o invención también se habla en Esquirlas repentinas o en Trampantojo: “Le acompaña […] el recuerdo indeleble de lo que no fue nunca”. En Enigma, el poeta se multiplica en los demás por la historia idéntica que comparte con ellos: “Tal vez soy, después de todo, una copia improbable, / incluso un plagio”. De la condición huérfana del individuo ante el mundo habla Bucle con “los solos”; “de lo otro, del otro” trata Ajenidad (“no será nunca amigo ni adversario”). Ellos están allí en una existencia que no se repetirá, a pesar de la incomunicación que les define, como en Compañeros de viaje: “Somos compañeros de viaje / y nunca más”. En Inexistencia se plantea la eterna resistencia ante el temor al fin de todo tras la vida terrena: “No has de existir en parte alguna, / tú nunca has de morir / porque no habrás nacido para tu desgracia / ni para tu suerte. // ¿Por qué habrías de nacer?”. También en No sabes se plantea —poema de Wallace Stevens mediante— la tristeza “repentina y pródiga” generada por esa sensación de soledad ante el inevitable final. Llegará un momento en que solo seremos pasado o “secuencias desvaídas”, como en Metamorfosis. Aún así se puede ser feliz, consciente de ser un mortal “emparedado entre dos nadas” (Emparedado).
La penúltima parte del poemario, Moradas íntimas, remite a esos mundos interiores que desaparecerán con nosotros y a los que se recurre desde la nostalgia, como nos describe el primer poema desglosado en dos partes, Memoria esquiva. En La arrebatada historia, se subraya aquello que va marcando la existencia y conformando el recuerdo propio y ajeno para acabar desapareciendo de la memoria de los que lo vivieron cuando ya no estén. Sucede lo mismo con Tiempo de rosas. Entremedias apunta a la débil naturaleza de ese momento atesorado, como “retal de recuerdo destejido”. Epílogo remite al carácter caduco del amor, que también puede volverse cadáver simbólico. Ese Eros efímero se vuelve evidente desde Promesa con el arquetípico don Juan: “En el amor de cada día / pongo un sentimiento de eternidad sincero”. Fatalidad recuerda cómo el final abrupto puede llegar cuando menos se piensa.
Cierra el poemario la parte titulada En los confines, título que a su vez refiere a la última etapa de la vida y que da nombre al primer poema. En éste, el poeta describe las sensaciones que experimenta quien se encuentra al final del viaje, quitando peso a “la aflicción o el enojo” por superfluos. Hasta la reflexión más existencialista se desvanece pronto: “‘Todo se desmorona’, piensa un instante, soñoliento, / y vuelve a adormecerse”. Longevo retoma el tema, señalando de este momento vital “la melancolía de haber sido”, el hallarse “habitado por muertos”. En los cuatro momentos de Tiempo para escolares se recalca primero al contraste entre la no existencia del “tiempo del universo” para los infantes —al creerse inmortales o infinitos— y la inexistencia del “universo y el tiempo” en la vejez —al intuir cómo la vida pronto acabará, careciendo todo de sentido—. También se menta la constante presencia del presente a lo largo de la vida (“el tiempo es un ahora en curso, / un ahora continuo”). En un “ahora” futuro “acabaremos consumiéndonos”, debiendo pasar el testigo o “la antorcha”. Tras las apariencias o “el humo” se esconde ese “color transparente / del espacio vacío” en el que nos sabemos. En aquel tiempo remarca el tiempo en que el protagonista “todavía” estaba “vivo” y se detenía en la orilla del camino, reflexionando antes de retomar fuerzas “al azar del camino y la esperanza”. Cita y estrambote aúna unas palabras de André Guide (“Acaso todo esto no es más que un sueño del que despertaremos”) para concluir con un “Para morir”. En Cita y estrambote 2 se emplea idéntico procedimiento, en este caso con cita de José Ángel Valente (“O por toda memoria [..] / Nada. / De ser posible, nada”) para rematar: “Será nada”. No escampa avisa de una cruel verdad: aunque queramos ocultar el paso del tiempo ocultando espejos o no celebrando cumpleaños, “el tiempo continúa afilando su cuchillo / sin conmoverse”. Extravío presenta la paradoja de quien se sumerge tanto en sí mismo que acaba perdiéndose, olvidando “cómo regresar”. Estereotipo trata del abandono de “afán y pertenencias” o “futuros impropios” en la vejez para abismarse “en pasados extintos”. Era todo resume el pasado de una vida como el haber sido “tantos y tanto hasta no ser / sino tiempo ocurrido bajo cielos cambiantes / mientras era posible / sin más razón que ser”. Tránsito súbito refleja la crueldad de la llegada de la muerte, no siendo consciente la víctima muchas veces. Compendio describe en dos partes la vida como “nadar en la corriente del río y, luego, hundirse”; a pesar de su dureza, se describe aquello como “hermoso o meramente practicable”. Finalmente se llega, con “toda esa gente” a “nunca más” en Cumplida transparencia. Es como el título final sobre fondo negro de una película, tras la Última secuencia en que el protagonista resbala “cuesta abajo / sin que nadie ni nada” pueda detenerle. Cordura nos recuerda el final del Quijote —equiparable al del resto de la humanidad— cuando comprende “al fin / que nunca tuvo esta oportunidad”. Colofón aconseja al final del trayecto evitar hacer “el último esfuerzo de mirar adelante”: “no verás nada”.
Constancia de lo idéntico supone un inteligente alegato contra las falsas fantasías humanas que animan a seguir viviendo, aun cuando choquen frontalmente con la realidad del mundo: un absoluto sinsentido dominado por el azar y el trámite a cumplir entre el nacer y el morir.